Antes de despedirme tengo una "Fe de erratas". El capítulo anterior mencioné el Palacio de Invierno. Fue un error, es el Palacio de Verano.
Sepan disculpar.
Ahora sí, el capi todo de ustedes. Miles de besos y feliz semana.
Capítulo 28.
Hilo conductor.
Anouk.
Pasee
entre las pequeñas mesas de colores vivos. Serían doce niños lobo que se
entretenían en dibujar y pintar con entusiasmo. Me sentía feliz, muy feliz. Mi
propia aula, mis propios alumnos. Nunca hubiera imaginado que acabaría en una
escuela—guardería en una reserva de lobos. En general parecían obedientes
aunque un poco inquietos, pero que niño de tres a cinco años no era así.
Aún
no sabía los nombres pero estaba segura que los aprendería. Y los llamaría uno
por uno y ellos terminarían por quererme.
Fui
acercándome con disimulo y estudié los diferentes dibujos. La mayoría estaban
concentrados en su obra de crayones pero dos de ellos alzaron la vista y
sonrieron.
—¡Mire
maestra! Hice un dragón.
—¡Yo
hice una casa muy grande y linda!
Me
incliné para verlos mejor.
—Oh,
¡qué lindos!
—El
mío es más lindo que el de Caty.
—¡No!
¡Mentiraaa!
—De
ninguna manera, los dos son muy lindos –refuté.
—Pero
mi dragón lanza fuego y puede quemar la casa de Caty.
Cielos…
—No,
porque el dragón que dibujaste es bueno y esas cosas no hace.
—¿Cómo
sabe maestra que mi dragón es bueno?
—Porque…
Porque… Porque le has hecho unas rayas amarillas en las crestas y los dragones
que tienen crestas amarillas son buenos.
El
niño miró su dibujo decepcionado.
—Además
–agregué—, si el dragón quema la casa de Caty, la casa caerá sobre el dragón y
lo matará.
El
niño abrió la boca asustado.
—Entonces
no es malo y no le va a quemar la casa.
—Me
parece bien –sonreí.
—¡Maestra,
quiero ir al baño! –lloriqueó una niña.
—Bueno,
ven –extendí la mano y la niña corrió junto a mí.
La
guié hasta el baño y la esperé en la puerta.
—¿Sabes
ir sola?
—Sí,
maestra ya tengo cuatro años.
—Oh,
claro…
Recostada
en la pared podía observar al resto de los niños en el aula. Sabía que a tan
corta edad era peligroso quitarles la vista de encima. Los niños daban trabajo
aunque muchas satisfacciones. Pensé en mi madre… Cinco hijos… Creo que los que
más dimos dolores de cabeza fuimos Dimitri, Svetlana y yo. Sí… Los niños
vampiros también merodean cerca de las hornallas de cocina, intentan trepar
muros altos, y suelen desobedecer. Tal cual como los humanos.
Recordé
partes de mi infancia… Quizás fue la más solitaria porque mis hermanos me
llevaban muchos años. Mamá me tuvo en el año 1940. Cuando Iván, el mayor, había
cumplido veinte años, y Svetlana la más pequeña, los diez.
Me
dieron los gustos, me cumplieron cada capricho, siempre y cuando no hiciera
daño a los demás. Pienso que el gran afectado fue el bolsillo de mi padre. Es
difícil abandonar la buena vida, los lujos, las comodidades, para cualquiera.
Eso me repetía Iván hasta el cansancio. Tenía razón, lo que él no entendía es
que el objetivo de tu vida es lo que modifica lo difícil. No hay mucha opción
si tu felicidad anida en lo austero, en lo simple, en el amor de tu vida.
Amor…
Ese es el motor para que ya nada importe. Para que el dinero no tenga razón de
tenencia si no sirve compartirlo con el otro. Eso fue lo que le dije a papá la
noche anterior, en la boda de Dimitri.
“Ya
no viviré en Moscú. Partiré en unos minutos a Kirkenes.”
Recuerdo
su rostro apenado y su frase entrecortada.
“Tu
madre cree que no volverás. Quizás alguna vez de visita.”
Sonreí
con tristeza y contesté.
“Las
madres nunca se equivocan, quizás… alguna vez de visita.”
—Maestra,
estoy aquí –la niña tironeó mi blusa.
—Oh,
cierto. Ven, tienes que terminar tu dibujo así se lo regalarás a tus padres.
—Ya
lo terminé, se lo regalaré a mi hermana. Mis padres se fueron al cielo con la
gran helada.
Detuve
mi andar y la miré. Ella lucía un rostro de aceptación incapaz de sostener
cualquier adulto en su situación. Los niños tenían ese don. La superación ante
grandes escollos y sucesos horribles. Pienso que es porque aún creen en la
magia. Esa que los adultos van olvidando con los años.
Observé
por los grandes ventanales algunos padres que se acercaban. Ya era la hora de
que los niños regresaran a sus hogares. No necesité mirar mi Rolex en mi
muñeca. El sol había descendido hasta las ramas más bajas de los cipreses.
Serían casi las cinco de la tarde.
Me
dirigí a los pequeños con una orden.
—Niños,
guarden su vasito y servilleta en la mochila. Los crayones y la carpeta en el
cajón de su mesita. Pueden llevar su dibujo para mostrar en casa. Mañana nos
volveremos a ver.
Ayudé
a varios pequeños que por su corta edad aún les costaba el dominio de la
mochila. Sobre todo a Andrew, que había nacido sin su brazo izquierdo por un
defecto congénito.
Cuando
estuvieron listos, hice que formaran una fila frente a la puerta así saldrían
ordenados. Algunos chicos se los veía ansiosos por regresar con sus padres,
otros reían y hablaban entretenidos entre ellos. Quizás los que no contaban con
hermanos o con amigos sentía la nueva experiencia de socializar.
Al
abrir la puerta, los padres se agolparon con premura. Sí, tenía que haber
ordenado una fila para ellos también. Por orden cogí a cada niño de la mano y
le di un beso en la mejilla, leyendo el nombre bordado en el pintorcito azul.
—Hasta
mañana, Chili. Hasta mañana Bernabé. Hasta mañana Luca…
Y
así sucesivamente hasta despedirme del último niño.
Las
voces de padres y pequeños fueron disminuyendo, alejándose por el sendero hacia
las cabañas. Frente a mí, el bosque y sus sonidos vespertinos. Cerré la puerta
y giré hacia el aula. Me dispuse a ordenar las sillas y recoger algún que otro
crayón perdido por el suelo.
Una
congoja comenzó a invadir mi corazón. El silencio después de tanto bullicio es
más silencio. Es más impactante. Al menos para mí lo fue.
Otra
vez la noche en el Palacio de Verano volvió a mi memoria.
Los
aplausos para Dimitri y Anoushka. Los humanos de alta sociedad que habían
cosechado mis padres a lo largo de los años. El vals con mi padre, con Anthony,
y mis hermanos. El cotilleo con mamá y Svetlana. La mirada comprensiva de
Natasha sobre mí.
Después
de despedirme de mi familia, cuestión que con mamá fue muy difícil ya que tenía
miles de recomendaciones para mí, felicité a los enamorados. Mis pasos
avanzaron por el gran salón dorado. Mi padre me siguió con cierta preocupación.
Fue por eso que me detuve y tuvimos esa charla. Necesitaba tranquilizarlo que
estaría bien, aunque me encontraría muy lejos de mi hogar y por un largo
tiempo. A lo mejor lo que más le preocupaba era que no me encontraría bajo la
mirada atenta de los Craig. Es que era mucho mejor quedarme algunos días de la
semana en el Jardín de Infantes, así no tendría que atravesar el bosque cada
día al atardecer. Traté en lo posible que no se desvelara pensando en mí.
Aunque para los padres en su situación quizás era muy difícil.
—Anouk,
si necesitas algo… ya sabes, me avisas por el móvil… ¿Hay señal?
Reí.
—Sí
papá, hay señal en la reserva.
—Ah,
igual los Craig no están tan lejos, ¿o sí?
—No
papá, no es tan lejos.
—Bueno…
Creo que ya es hora de que partas, no quiero que pierdas el avión –observó mi
pequeño bolso de mano—. ¿No te olvidas de nada? De todas formas no te preocupes
si eso ocurre te guardaremos tus cosas. Tu habitación quedará intacta y…
—Papá
–mi mano encerró su mano—. No me faltará nada. Recuerda que hace tiempo vivo
con los Craig.
—Lo
sé, lo sé… Okay –sonrió y sus ojos brillaron bajo las luces de la gran lámpara
señorial.
Lo
abracé fuerte y él me imitó. Acarició mi espalda y me apartó para mirarme a la
cara.
—Te
extrañaremos. Prométeme solo una cosa.
—Dime
–dije con los ojos húmedos.
—Sé
feliz.
—Lo
intentaré. Hasta pronto.
—Hasta
pronto, hija.
Comencé
a bajar la escalinata del bello palacio hacia los jardines. La cola de mi
vestido imperial lamía los sócalos lentamente. Prendí en el cuello el único
botón de mi capa y descendí uno a uno los escalones de mármol. Eché un vistazo
al bosque que rodeaba más allá de los canteros floridos. Pensé que si Anastasia
hubiera escapado del palacio por un amor, quizás hubiera vivido. Yo no tenía
bolcheviques que quisieran asesinarme, solo quería encontrar mi felicidad. Pero
de alguna forma quedarse sin el verdadero amor de tu vida, es morir un poco
cada día.
Volví
la vista al final de la escalera, entonces lo vi… Ivan de pie, erguido, con sus
ojos púrpura en mí. Sonreí y continué mi elegante descenso. Al faltar tres
peldaños me detuve y lo miré. Extendió su mano y me apoyé en ella hasta pisar
el canto rodado del sendero.
No
dijo nada, es que no hacía falta. El disgusto y la tristeza se reflejaba por si
sola en su mirada. Me extrañaría, mucho. ¿Sentiría que me perdería? Tal vez…
—Hasta
pronto –murmuré. Mientras los recuerdos de dos hermanos compinches se
desdibujaban en la memoria.
A
lo mejor, con el tiempo me entendería. A lo mejor…
Mi
mano se desprendió de la suya, lentamente. Y las yemas de los dedos acariciaron
la palma de aquel hermano mayor que siempre me había consentido y defendido,
aun cuando yo no tenía razón. Mis preguntas imperiosas y agotadoras que siempre
tenían su sabia respuesta. El dinero que me daba a escondida de mis padres
cuando me fui de Moscú. Las canciones que cantábamos reunidos en la sala junto
al árbol de Navidad. Las lecturas sobre historia en las noches invernales de
Rusia. Muchos recuerdos…
Volvería
a ver a mi familia, sin embargo había algo que no volvería a ser igual. Partía
hacia mi destino, a ejercer mi humilde pero grandiosa profesión, y a los brazos
del amor de mi vida. Un humano leñador.
Me
alejé sin volver la vista atrás. Porque por más que fuera hacia mi felicidad
prominente, miles de cosas me ataban a mí amada vida imperial. Y quizás me
hubiera arrepentido de ser tan valiente.
El
sendero sinuoso finalizaba en los altos portones. A los costados, el bosque de
abedules, típico de la vegetación rusa con su corteza blanca y casi cuarenta
metros de altura. Su follaje parecía un cabello rizado. Ellos también estaban
allí para despedirme.
Me
detuve ante la hilera zigzagueante de árboles y observé el pequeño bosque
iluminado por las farolas potentes… Avancé adentrándome entre la vegetación.
Era la hora de mi don dormido, ese que nunca me había interesado tanto probar.
¿Llegar en avión a Kirkenes? No… Eran muchas horas de vuelo…
Hacía
más de un mes había ensayando materializarme desde mi habitación en la mansión
hasta el jardín de los Craig. No lo había logrado. Pero hace una semana,
intenté hacerlo desde el mismo lugar cambiando el objetivo, la parte trasera
del Jardín de Infantes. Y lo había logrado. Entonces, el éxito del don lo
encerraba la fuerza por estar en aquel lugar elegido.
Avancé
entre abedules… paso a paso… Cerré los ojos y lo imaginé por varios segundos.
Cada molécula de mi cuerpo diluyéndose, separándose de mi cuerpo, para luego
unirse en aquel paisaje que comenzaba a amar tanto como a Drank.
Mientras
caminaba lento mis oídos escucharon los primeros sonidos diferentes. Mis ojos
se abrieron… El bosque me rodeó… Pero ya no eran abedules rusos… Los altos
cipreses y pinos puntiagudos se alzaban hacia el cielo. El sonido de los búhos
y los grillos a mi alrededor. Y el aullido de un lobo llamando a la manada.
—¡Hola
cariño!
Reaccioné
y volví al presente. Drank entró al aula con esa sonrisa que iluminaba hasta
los días de tormenta.
Sonreí
y guardé la caja de crayones que había olvidado un pequeño arriba de su mesa.
—¡Hola
Drank!
—¿Ya
se fueron los monstruos?
Reí.
—No
seas malo. Recuerda que también fuiste niño.
—Pero
yo fui un niño muy bueno.
—Mmm…
Eso habría que preguntárselo a tu padre.
—No,
mejor no –se acercó y me rodeó con sus brazos.
—¿Hay
algún beso para mí? Seguramente has repartido muchos en mejillas pegoteadas de
dulces golosinas.
—Sí
–reí. Di un beso en los labios—.
—¿Perdón?
¿He venido de tan lejos para que me dieras ese pobre beso? ¡Qué despiadada!
—No
has venido de tan lejos, tu cabaña queda un poco más de cien kilómetros –sonreí
divertida.
—Es
que se me ha hecho tan largo. Así que… aparte del beso apasionado que me debes,
vine a hacerte una propuesta.
—¿Indecente?
—Ehm…
Sí.
Mi
ancha sonrisa combinó con un ligero rubor en las mejillas.
—Escucho.
—Mmm…
Quisiera que aceptes mi invitación a quedarte en mi cabaña… esta noche.
—¿Estás
preguntándome si quiero acostarme contigo?
—Joder
con tu romanticismo –rio—. Pero sí, eso quiero decir. Sin compromiso obvio. Si
no aceptas lo entenderé y…
—Sí,
acepto.
—¿Dijiste
qué sí?
—Sí,
dije sí.
Tiró
la cabeza hacia atrás con una ancha sonrisa.
—¡Genial!
Pensé que iba a ser más difícil.
—¿Me
estás acusando de fácil? –bromee.
—Nooo,
en absoluto. Solo que para tener el honor de poseer a una princesa rusa…
—Ya
no soy una princesa rusa –acaricié su rostro.
Nos
miramos en silencio…
—Siempre
serás mi princesa rusa, aunque vivas con los Craig o en la reserva. Mi loca y
divertida princesa de familia imperial.
Inclinó
el rostro buscando mis labios. Antes de posar los suyos, murmuró.
—La
mágica princesa que me rescató del desamor.
Chelle.
Entré
a mi clase en medio de un bullicio ensordecedor. Me detuve y la mayoría de los
alumnos se percataron de mi existencia. Hubo exclamaciones de terror. Después
la clase quedó en silencio.
—Vamos,
que no es tan difícil.
—¿Y
si nos toma el examen la próxima semana?
Sonreí
y negué con la cabeza.
—La
próxima semana ya estaremos aprendiendo otros temas del programa. Sean
valientes y saquen un par de hojas.
—¿Un
par? ¿Hay qué escribir mucho?
—¡Profesor,
por favor! ¡Qué sea fácil y corto!
—Vamos
chicos, no preguntaré nada de lo que no hayamos visto. Ah, las mochilas y
bolsos en un rincón del aula. Lejos de ustedes. Solo las hojas en blanco y la
lapicera.
—¡Profesor,
no somos adolescentes!
—Por
eso mismo, son más astutos y creativos para copiarse. Vamos, no pierdan tiempo.
Comenzaré a dictar en dos minutos.
—¡Te
jodieron, Mark!
—Cállate,
imbécil. Estudié.
—Silencio…
Pasaré lista.
Los
alumnos en general eran bastante rebeldes, mi aula en particular, pero
evidentemente conocía cuando una orden no iría a variar por más súplicas y
pataleo. Así que poco a poco el silencio reinó y se acomodaron listos para
escribir las preguntas. Mientras pasaba lista mis ojos se dirigían a cada chico,
de esa forma en poco tiempo los conocería a todos por su cara y apellido. Hubo
dos ausentes. Monak y Fjellner…
Mentiría
si dijera que por un lado me alegré que ya no tuviera ese lobo problemático en
la clase, pero por otro… tuve lástima por él. Realmente sus notas habían sido
brillantes y ahora perdería el curso por no asistir al examen. Bueno, yo había
perdido muchas cosas en la vida. Él parecía muy joven, alrededor de veintitrés
o veinticuatro años. Así que tendría muchas oportunidades en el futuro.
Me
dispuse a pasear entre los angostos pasillos observando a los alumnos. No pude
evitar mirar hacia el par de asientos vacíos. Era una lástima no haberse
presentado. De pronto, mi vista de vampiro reconoció un movimiento sospechoso.
Uno de los chicos gesticulaba a otro con cierto grado de desesperación.
—Caballero,
¿puedo ayudarlo?
—Ah
ehm… No es que tenía una duda.
—Pues,
dígame. ¿Cuál es la duda? Quizás lo pueda ayudar.
—Sí…
ehm… ¿La respuesta de la pregunta cuatro?
Todos
rieron.
Sonreí
e incliné la cabeza mostrando duda.
—Creo
que no lo voy a poder ayudar. Y su compañera tampoco. Tenía que haber
estudiado.
—Estudié,
profe. Es que tengo mala memoria.
—Haga
un esfuerzo. Ese tema lo repasamos antes de ayer.
—Ufa…
Comencé
a transitar por el tercer pasillo y al llegar al fondo algo llamó la atención.
Me acerqué a contemplar la hoja escrita.
—Estimado…
¿cómo pudo escribir dos carillas y media en tan poco tiempo?
El
alumno me miró y un color granate tiño sus mejillas. Bajó la vista y titubeó.
—Las
traje de casa… Perdón.
Si
había silencio en la clase en ese minuto hubo mucho más. Hasta el vuelo de una
mosca hubiera escuchado.
—Tendría
que ponerle un “1” por la trampa. Pero… considerando que me dijo la verdad –le
quité las hojas—, le voy a dar otra oportunidad. Así que saque dos hojas y
vuelva a empezar. Responda lo que recuerde, al menos será digno.
—Gracias,
profesor.
La
hora transcurrió sin sobresaltos. Uno a uno fueron terminando el examen y
dejando las hojas sobre el pupitre. Tendría trabajo al llegar a la cabaña de
Charles. Mejor, conciliar el sueño últimamente era un problema.
La
chica rubia que siempre me miraba con embeleso fue la última en entregar.
Aprovechando el aula vacía volvió a las andadas.
—Profesor,
quiero que sepa que es un bombón y estoy locamente enamorada de usted. Por
supuesto no deseo que eso influya en mi examen.
Sonreí.
—Tranquila,
no influirá.
—En
mi hoja le dejé mi número de móvil. Si usted quiere…
—Le
agradezco infinitamente el honor que me hace. Sin embargo soy un hombre
comprometido con hijos –mentí.
—¿En
serio? –se decepcionó—. ¿Pero a qué edad se casó?
—Muy
joven.
—Es
joven.
—Pues,
más joven.
—Okay…
Bueno… si algún día se divorcia guarde mi número.
—Muchas
gracias lo tendré en cuenta. Hasta el lunes.
—Hasta
el lunes, bombonazo.
Salió,
cerró la puerta, y rodee los ojos. Cielos…
Ordené
las hojas sueltas y las puse en la carpeta celeste. Eché un vistazo al aula
vacía por si un chico había olvidado alguna pertenencia... Todo perfecto.
Avancé
hacía la puerta, la abrí y cerré dispuesto a coger el pasillo, pero lo olí y lo
vi… Era el lobo hablando con una chica. Tenía su clásica sudadera negra y la
capucha puesta. Al parecer estaba furioso consigo mismo y su compañera trataba
de calmarlo. Me pregunté porque rayos el lobo no había llegado más tarde,
entonces ya no lo habría cruzado.
En
un movimiento de su rostro, sus ojos ámbar me vieron. Quedó inmóvil y yo
también. No habrían pasado varios segundos que se despidió de la joven y caminó
hacia mí.
Joder…
—Profesor.
—Fjellner,
llegó tarde –lo interrumpí.
—Mi
vida es una mierda, mi moto se pinchó, no encontraba un mecánico cerca. Tuve
que arrastrarla tres manzanas. El tipo demoró una eternidad y me cobró como si
fuera una moto nueva.
—Lo
siento.
—No,
es que usted no tiene idea lo que es mi vida, todo me sale mal, ¡todo! La vida
es una mierda, el mundo está en mi contra y no me voy a amagar por abandonar el
curso porque la verdad, no vale la pena. ¡Nada vale la pena! Dígame lo que
quiera. Que soy irresponsable, que no me cree, que me largue de una vez y…
—¿Terminó,
Fjellner?
Enmudeció
y me miró fijo.
Di
un empujón a la puerta del aula y la abrí.
—Pase,
no pierda tiempo. Le doy media hora para hacer el examen. ¡Ni un minuto más!
Me
quedó mirando. Abrió la boca y volvió a cerrarla.
—¡Vamos,
Fjellner! Quisiera abandonar la Universidad antes del amanecer.
Sin
perder tiempo entró al aula y lo seguí. Cerré la puerta y saqué de la carpeta
negra los dos modelos de examen.
Él
abandonó la mochila en el piso y se acercó al pupitre.
—Aquí
tiene “TEMA 1”.
Echó
un vistazo rápido a los dos modelos sobre la mesa. Era hábil y astuto.
—Creo
que me sé el tema 2, mucho mejor que el 1.
—¡Fjellner,
no abuse de mi buena predisposición! Coja el tema 1 y empiece a escribir.
—Okay…
Okay…
—¡Ah,
y su mochila lejos de usted!
—¡No
voy a copiarme!
Al
ver mi cara inalterable ante el pedido, resopló. Sacó unas hojas en blanco, la
lapicera, y lanzó la mochila hacia el rincón del aula.
Me
senté en la silla, miento, me dejé caer en la silla extenuado. Cogí algunos
exámenes y aproveché el tiempo para corregir.
De
vez en cuando echaba una mirada al joven lobo. Fjellner era inteligente y
probablemente no necesitaría ningún apunte pirata para responder las preguntas,
pero también era cierto que lo inteligente no quita lo tramposo así que no lo
descuidé.
A
decir verdad no dejó de escribir y aprovechó el tiempo muy bien, salvo en dos
ocasiones que se detuvo a pensar dudoso. Fijó el codo en su mesa. Sus espesas
pestañas cubrieron ese color de iris tan particular y apoyó el dedo índice
entre sus labios húmedos.
Bajé
la vista, no era una imagen que podía seguir observando. Beto tenía una
boca tentadora y sugerente. Sinceramente,
cualquier cosa que me recordara tener sexo sería una posición incómoda. Sobre
todo frente a un alumno y en la Universidad.
Dicen
que las vicisitudes en la vida tarde o temprano tienen fin. Al menos la media
hora se cumplió y Fjellner tuvo que entregar sus hojas.
—Okay,
el lunes traeré las notas. Espero le haya ido bien.
—Gracias.
No
lo miré a la cara cuando se acercó. Quizás porque no deseaba que ese iris
brilloso se hundiera en el púrpura mío. Me incomodaba desde lo profundo de mí
ser. Era de esperar de mi parte frente a un lobo. Aún no sabía cómo había
salido airoso hasta ahora. Ese temor que me acaparaba todo el cuerpo y me hacía
temblar de pies a cabeza. De hecho, él lo había descubierto el primer día.
—De
nada.
Recogí
las carpetas y salí del aula.
—¡Profesor!
–volvió a llamarme.
Giré
ya resignado a ver su rostro otra vez.
—Gracias…
Por la oportunidad.
Asentí
levemente y partí de allí rápidamente.
Anouk.
Entré
a la pequeña sala de Drank y quedé de pie cerca de la puerta. Él siguió de
largo hacia la cocina y lanzó la chaqueta en el sofá.
—Haré
café. Ponte cómoda.
Miré
mi atuendo… sandalias bajas en terracota, y un vestido mangas tres cuartos que
me cubría hasta las rodillas.
¿Ponerme
cómoda? Ya estaba cómoda. ¿O se refería a otra cosa?
Se
asomó por la puerta y sonrió.
—Anouk,
siéntate.
—Ah,
Okay, sí… Eso iba a hacer.
Apenas
desapareció en la cocina me senté apresurada. Observé mis piernas… sin vello…
¡Genial! ¿Mis pies? Uñas pintadas. Me había bañado esta mañana. ¿Esta mañana?
Demonios debía darme otro baño. ¿Dónde? ¿En su casa? No, bueno… sí…
—¡Drank!
—¿Sí,
cariño?
—Ehm…
¡Quisiera pedirte un favor!
Se
asomó con el filtro de café en sus manos.
—¿Podría
darme un baño?
—Claro
–sonrió—. ¿Quieres que te ayude a enjabonarte?
—Gracioso,
sé bañarme.
—Lo
sé –se cruzó de brazos sin dejar de sonreír—. Lo decía por si querías mi
compañía bajo la ducha.
—Ehm,
prefiero bañarme y luego, tú sabes…
—Okay,
entonces te dejo espacio. El baño es ese de allí –señaló divertido—. Hay
toallas en el armario.
—¡Oh
qué bien! Es bueno contar con toallas… sí…
—Espero
haber dejado el baño en condiciones cuando me duché.
—No
te preocupes, es agua sobre agua. Tranquilo.
—Vale,
comeré algo mientras te bañas y beberemos el café.
—Okay.
Me
dirigí al baño poco más que volando. Cerré la puerta y respiré profundo.
—Calma
Anouk, no es el fin del mundo –me dije a mí misma.
Tantee
el móvil en un bolsillo interno del vestido y decidí llamar a quien podría
salvarme en este crucial momento. A Rose.
Entonces, me arrepentí. Mejor enviaría un
whatsapp, de esa forma no escucharía Drank mi conversación.
Bajé
la tapa del inodoro y me senté. Escribí todo lo rápido que pude.
“Roseeeeee,
estoy con Drank, me quedaré a dormir y no sé qué hacer!!!!!” Emoticón de terror
más emoticón llorando.
Esperé
unos segundos y nada. Rose no tendría el móvil cerca porque la pantalla me
mostraba dos triste comas grises.
Voy
a morir… ¿Dónde se metió si vive con el móvil a cuestas? Joder jodeeeer.
—¿Todo
bien, amor? –sus voz tras la puerta me congeló la sangre.
—¡Sí,
Drank! ¡Adivina qué! ¡Encontré las canillas!
Mierda…
Me
levanté y abrí el grifo, al menos parecería que estaba dándome un baño con
actitud muy superada y relajada en vez de la realidad, caminando por las
paredes al borde de un ataque de nervios.
De
pronto, mi móvil sonó.
Nooo
puedeee seeer. Me cago en la gran puta, mierda, carajo, y todas las palabras
que había aprendido con los Craig.
—Rose
–hablé bajito.
“Acabo
de leerte. ¡Anouk! ¡Que bieeen, amiga! ¡Por fin se te dará!”
—Ssssh,
Rose, escucha.
“Habla
más fuerte, no te escucho bien.”
—No
pueeedo hablar fuerteeee. Estoy en el baño y Drank está afuera esperando.
“Ah…
Okay, okay… Tranquila, respira profundo, exhala, respira profundo…”
—¡Rose!
Si no le gusto moriré.
“No
seas tonta. Eres muy bella. Demasiado para un humilde humano. ¡Ay! Es tu culpa,
estoy contagiándome de ti. Borra lo dicho. Son tal para cual.
“Dame
con ella”
La
voz lejana me pareció reconocida.
“Anouk,
tranquila. Es algo muy importante para que lo arruines por tus nervios.”
—¿Natasha?
¿Qué haces en la mansión?
“Necesitaba
hablar con Sebastien. Eso no importa. Escucha, sé tú misma. Él te quiere así.”
—Es
que no sé qué hacer. Nunca me acosté con ningún macho.
“Todas
tuvimos nuestra primera vez. Cálmate. Piensa que eres afortunada. Seguramente
Drank siente lo mismo por ti.”
—Sí,
sí… tengo que calmarme. No mejor salgo y le digo que Sebastien me necesita
urgente y lo dejamos para otro día.
“¡Qué
no! Solo prolongarás el momento. No seas cobarde.”
—Está
bien… Está bien… Dile a Rose que la quiero y agradezco los consejos que me dio
siempre, y que dicho sea de paso olvide todos y cada uno en este instante. Pero
podré con esto, de verdad. Soy una Gólubev. Soy una Gólubev…
“Así
me gusta.”
—Las
dejo, ya tendría que estar bañada… Demonios. Adiós.
Corté
la llamada y suspiré. Okay… Anouk sé valiente.
Charles.
Abrí
la puerta sonriente e hice pasar a la inesperada visita.
—¡Natasha,
qué placer tenerte en mi hogar!
—Gracias,
Charles –sonrió.
—¿Cómo
encontraste la cabaña?
—Rose
me dio las coordenadas. En verdad –miró alrededor con discreción—, es muy
bella.
—Gracias,
querida. Margaret tiene impecable nuestro nido de amor. Tú sabes, a veces nos
sobra tanto tiempo. En la mansión pasaban muchas más cosas que aquí.
—¿En
serio? –sonrió de lado.
—Bueno,
a veces –reí—. Coge asiento, te serviré un coñac.
—Gracias.
¿Qué tal vas con los Sherpa? ¿Se adaptaron?
—Bastante
bien. A Khatry, le cuesta más sociabilizar. Sobre todo con las hembras.
—¿Kathry,
el guerrero Sherpa? ¿Es tímido?
—No
lo era. Después que Vilu lo usó y ultrajó…
—¡Maldita
perra! Perdón, si me escucha mamá pondría el grito en el cielo.
—No
te he preguntado el motivo del honor de tu visita. ¿Puedo ayudarte en algo?
–serví dos coñac.
—Vine
para hablar con Sebastien, sin embargo no estaba en la mansión. Rose me ha
dicho que viajaron a Oslo con Bianca.
—Se
han hecho una escapada de enamorados por un par de días. Puedo transmitirle lo
que quieras, si lo deseas.
—Por
supuesto. Es sobre la Isla del Oso –sus ojos se posaron en la mesa baja de
living y se atragantó con el sorbo de coñac—. Perdón… Esas fotos…
—Ah,
sí. Margaret las tenía guardadas. Las quitó de un baúl para mostrarle a Miyo.
—¿Puedo?
–hizo seña de cogerlas.
—Claro.
Son de Siberia. Sebastien las tomó en una oportunidad. Cuando comenzaba a
indagar entre humanos en Kirkenes.
Las
recorrió lentamente, en especial una.
—¿Quién
es este anciano?
—A
ver –me acerqué—. Él era Agni. Padre de Miyo y Thashy.
—Agni…
—Murió
por la hambruna. ¿Por qué te llama la atención?
—Este
anciano se aparece en mis sueños.
—¿De
verdad?
—Sí.
—¿Y
qué más?
—¡Natasha!
—¡Hola
Margaret! –abandonó la foto en la mesa y se puso de pie aun con el shock.
Mi
bella hembra entró a la sala seguida de las dos chicas y el guerrero. Pero él
quedó de pie semi escondido por la puerta entreabierta.
—Paseamos
un rato con los Sherpa para que vayan conociendo alrededor. Nos aventuramos a
la costa. Miyo, Thashy, ella es Natasha Gólubev.
—Hola
chicas –sonrió—, un honor conocerlas.
Thashy
se adelantó y extendió la mano.
—El
honor es mío, Natasha Gólubev.
—Holaaa,
soy Miyo –saltó hacia ella y le estampó un beso en la mejilla.
—Hola
–rio ante tanta simpatía.
—Y
él es Khatry. Ven querido acércate.
Sus
ojos fueron hacia el macho. Khatry se acercó lentamente con sus ojos rojo
punzó. No sonrió, parecía temeroso de conocerla. Con un movimiento leve casi
imperceptible cerró el abrigo a la altura de su cuello.
Natasha
extendió la mano y sonrió.
—Hola,
un gusto. Soy Natasha.
—Te
conozco –murmuró muy bajo—. Tu padre te llevó a Nepal cuando eras pequeña
–aceptó su mano cordialmente con algo de esfuerzo.
—No
recuerdo. Pero es factible conociendo a mamá. Seguramente no habrá querido que
subiera hasta el Himalaya si era pequeña.
—Sí,
eso fue lo que dijo Mijaíl –volvió a sonreír.
—Bueno,
que les parece si bebemos algo en la sala todos juntos –invitó Margaret.
—Por
supuesto, pónganse cómodos –ordené.
…………………………………………………………………………………………….
La
reunión improvisada fue haciéndose muy amena. Thashy contó a Natasha sobre su
hogar en Siberia. Miyo interrumpía feliz para agregar datos de su rincón del
mundo entrañable. Por supuesto agregando su experiencia reciente en la costa
con Margaret.
—¡Una
ola vino y mojó a Miyo! ¿Sabes que es una ola?
—Sí
–rio Natasha.
De
pronto descubrió las fotos y cogió la primera para mostrársela con alegría.
—Natasha,
este es papá. Mi papá.
—Ah
pues, lo he conocido. No en persona. Charles me ha contado que se trataba de
Agni.
—Papá
murió.
—Lamento
que ya no esté –se compadeció Natasha.
—No,
murió. Pero él está. ¿Verdad Thashy?
—Sí,
hermana.
—¿Cómo
es eso? –pregunté.
—Es
que Miyo asegura que lo vio mientras escapábamos con Huan Yen.
—¿Quin
es Huan Yen? –preguntó.
—Es
quien servía a Vilu Huilliche.
—Su
esclavo –aportó Margaret—. Gracias a él pudieron escapar.
—Y
gracias a papá.
—Sí
cariño, gracias a Agni.
—¡Cuántos
misterios! –Se asombró Natasha—. Esos que nunca explicará la ciencia.
—Así
es, querida.
Chelle
entró a la sala con sus carpetas bajo el brazo.
—Buenas
noches, Chelle. Ven, únete a nosotros. ¿Prefieres un coñac? –invité.
—Gracias
–observó alrededor y reparó en la visita.
—¿A
Natasha la conoces?
Natasha
se puso de pie y extendió la mano.
—Hola.
Visité Chile con mi padre hace más de veinte años. Y te he visto en la boda de
Sebastien. Te recuerdo.
—Hola,
sí. Hace mucho tiempo.
—Querido,
¿cómo te ha ido con los monstruos? –bromee.
—Bien,
les he tomado examen.
—¿Monstruos?
–se sorprendió Miyo.
Reímos.
Margaret
la cogió de las manos con ternura.
—Es
un chiste de Charles. Chelle enseña a chicos en una casa muy grande que se
llama Universidad.
—Uni…
verrr… si dá.
—¡Eso!
—Miyo
quiere ir a la casa grande y aprender.
—Ya
lo harás.
—¿Mañana?
—No,
mañana no. Es muy pronto.
—¿Después
de mañana?
—Bueno
–sonrió Margaret—, un poco más que después de mañana.
Kathry
se puso de pie y se excusó.
—Me
retiro, yo… tengo cosas que hacer… buenas noches.
—Buenas
noches –saludamos.
—Si
es por mí te puedes quedar –dijo Chelle apesadumbrado—. Tengo que corregir.
—No,
Huilliche. No es por ti. Es por mí.
Noté
a Natasha seguirlo con la vista. Diría que su brillo no era de libidinosa o
provocadora. Al contrario parecía intrigada. Sabía que no tardaría en
preguntarme en cuanto se diera la discreta oportunidad. El caso era, ¿querría
saber Natasha con lujo de detalles por lo que había pasado el guerrero en manos
de la malvada de Vilu? Quizás por un lado habría cuestiones innecesarias. Sin
embargo, eran la única respuesta del porqué de ese comportamiento temeroso y
huidizo, y no de un desplante hacia ella.
……………………………………………………………………………………………….
La
madrugada llegó. Las hembras se habían retirado a sus habitaciones. Natasha
regresó a Moscú no sin antes informarme sobre el pedido a Sebastien. Creía que
al líder de los vampiros le parecería muy buena idea. Sobre todo para resolver
tantas incógnitas de nuestra raza.
Al
cerciorarme que mi Margaret dormía como un ángel, salí al balcón terraza para
contemplar la última hora de ese cielo estrellado. Chelle estaba apoyado en la
baranda y su vista se perdía en la lejanía cuando lo sorprendí. El humo espeso
de su cigarro dibujaba espirales que se disolvían con la brisa.
—¿Todo
bien?
Giró
para verme y sonrió.
—Sí,
gracias. ¿Molesta si fumo?
—Oh
no… Al contrario, ¿sabes qué? Me gustaría probar ese tabaco que tanto te gusta.
¿Turco, no?
—Sí
–quitó rápidamente un puro y me lo ofreció.
—Muy
amable.
—Es
un poco fuerte si no estás acostumbrado.
—Veremos
–encendió mi puro y exhalé.
Cerré
los ojos y el gusto áspero abrazó mi garganta.
—¿Qué
tal?
—Bueno,
es un poco –tosí—, fuerte. Pero rico.
Poco
a poco me acostumbré al sabor exótico y hasta lo disfruté. Permanecimos en
silencio, fumando y observando el cielo. Hasta que se dio cuenta de algo. Era
un buen lector de almas.
Me
miró fijo.
—¿Estás
triste?
—¿Yo?
—Sí,
es que siempre eres muy charlatán.
Reí.
—Cierto…
Quizás es una noche nostálgica.
—¿En
qué piensas?
—Uf…
—Te
he contado sobre mí, nobleza obliga –sonrió.
—Okay,
tienes razón. Es que no tiene importancia.
—La
tiene desde el instante que te has puesto así. ¿Qué te aqueja, Charles?
—Recuerdos.
El
silencio se prolongó unos minutos más. Decidí romperlo porque necesitaba
alguien que me escuchara sin juzgar.
—Hoy…
En esta fecha… Hace muchos años… Odette fallecía.
—¿Odette?
—Mi
hija. Una adolescente encantadora.
—¿Qué
le ocurrió?
—Fiebre
amarilla.
—¿Una
vampiresa murió de fiebre amarilla?
—Era
hija de una humana, como lo fue Sebastien. Pero ella era muy jovencita. Aún no
gozaba de ninguna de nuestras virtudes.
—Lo
siento.
—Sí,
muy triste. Creo que intenté superarlo y viví con lo que me ofrecía la vida. No
me quejaba. Acompañé a Sebastien al dejar el hogar paterno. Cuidé de Douglas, y
los días parecían haber sanado las heridas. Pero un día llegó Bianca… Sin
quererlo me adueñé de ella. Me sentí su protector. Mucho más cuando la salvé de
la muerte y la convertí.
—Estoy
al tanto. ¿Bianca te dio la oportunidad de sentirte padre?
—Sí…
Y en meses me dará una nieta.
—¿Nieta?
¿Ya saben qué es?
—Sí.
Le hicieron una ecografía antes de viajar a Oslo. Sebastien está feliz con su
futura niña. Se llamará Odette.
—Buen
gesto el de Bianca. Entonces, ¿por qué estás triste?
—Odette
tiene su abuelo verdadero. El padre de Bianca. Se llama Eridan. Buen hombre
pero siento que nunca tendré ese lugar.
—¿Por
qué no? La salvaste. Le diste la vida.
—Eridan
nunca lo sabrá. Y ante él debo conserva las apariencias. Lo sé, lo sé –sonreí—.
Parezco un viejo estúpido y celoso.
—Nada
de eso. Entiendo que te sientas así. Igual Bianca te dará el lugar, estoy
seguro.
—Sí,
no lo dudo de parte de Sebastien y ella seré como un abuelo para Odette. Aunque
la realidad es que su único abuelo de sangre es Eridan.
—Verás
que tu nieta te preferirá. No creo que haya otro abuelo como tú.
—Eres
encantador, Chelle. Imagino que tus alumnos deben adorarte.
—Pongámosle
que sí, menos alguno que otro rebelde y maleducado.
—Ah
sí, el lobo. Olvídalo, ese no tendrá remedio –reímos.
Miró
el horizonte y suspiró.
—Ya
amanecerá.
—Tienes
razón, vamos. De lo contrario sin bloqueador nos achicharraremos.
Drank.
Cuando
entré a la cocina dispuesto hacer café me di cuenta que estaba a punto de tener
un ataque de pánico. Por supuesto en todo momento me hice el superado, cuestión
difícil si por producto de los nervios no encuentras ni el tarro de café que
siempre estuvo en el mismo lugar. Joder… Pensaba que iba a ser fácil acostarme
con Anouk… Nada más lejos.
Respiré
profundo tratando de que mi voz saliera segura. Anouk no debía darse cuenta que
era un perfecto imbécil seduciendo a mi pareja. Cielos…
Apenas
se metió en el baño y cerró la puerta volé a la cocina. No para hacer café
precisamente. Me dediqué a pasearme de lado a lado comiéndome las uñas.
—No
le voy a gustar… No le voy a gustar…
Me
detuve. Olí mi piel a jabón de manzana, respiré otra vez. Tantee mi incipiente
barba… Parecía suave y no pinchaba. Mierda… ¿Le gustaría que me hubiera
afeitado? No se lo había preguntado. Bueno, no quedaba bien mostrar tanta
inseguridad. ¿Y si le decía que me dolía el estómago y mejor lo dejábamos para
otra oportunidad? No… No, definitivamente.
Mierda,
había vencido a la muerte y ahora temblaba por tener sexo por primera vez con
una vampiresa… perfecta, sin rollos, sin grasa, esbelta y sin celulitis. Per—
fec— ta. Madre mía…
Yo,
un humano común y corriente. Ella, una diosa del Olimpo.
Atravesé
la sala y llegué hasta la puerta del baño.
—¿Todo
bien, amor?
—¡Sí,
Drank! ¡Adivina qué! ¡Encontré las canillas!
¡Qué
suerte que no tenía que entrar al baño porque estaba seguro que mis piernas no
hubieran podido dar un paso frente a ella y su desnudez.
Volví
a la cocina y traté de hacer café. Tamborileando los diez dedos contra la
encimera esperé impaciente que la máquina pitara. Cogí dos tazas, volqué el
líquido aromático dentro de ellas, okay… un poco en la encimera. Agregué azúcar
y me apresuré a llegar a la sala y acomodarme en el sofá.
Primero
me senté con las piernas abiertas en actitud relajada. Sin embargo al escuchar
el grifo cerrarse, de un salto cambié de posición y crucé una pierna sobre
otra. Estiré el brazo sobre el respaldo del sofá y respiré profundo otra vez.
La
puerta del baño se abrió y la escuché a mi espalda.
—Ya
me he duchado. Gracias por el baño.
Contesté
como distraído.
—¡Oh!
¡De nada! Hice café. Ven, le puse azúcar.
—Por
mí está bien.
Rodeó
el sofá con la toalla blanca envuelta en ese cuerpo que seguramente yo no
merecía. Sus piernas eran delgadas con la curva armoniosa en pantorrilla y
comienzo de los muslos. Su vientre plano, sus pechos bajo la tela se notaban
firmes sin ser exageradamente grandes.
Se
sentó a mi lado y cogió la taza. Yo la imité y bebí un sorbo.
—Muy
rico –murmuró.
—Gracias…
Ehm… ¿Quieres que encienda la tv?
—Buena
idea.
—Sí,
¿verdad? Podemos ver algo que te guste.
—Me
gusta verte a ti, Drank –susurró.
Giré
para mirarla a la cara y sonrió.
—Perdón,
te debo parecer un idiota. Es que estoy nervioso.
—Yo
también.
—¿En
serio?
—Ajá…
Reímos.
—Creí
que tu experiencia te otorgaría seguridad –comentó.
—No…
Cuando uno tiene en frente a alguien demasiado importante… la experiencia no
sirve.
—¿Soy
demasiado importante para ti?
—No
lo dudes.
—Me
siento mejor compartiendo el miedo por no gustarte.
—Ven
–sonreí—. Me puse de pie y le extendí la mano.
Sus
ojos púrpura brillaron y se aferró a mi mano. La guié hasta la habitación,
encendí la luz, y de pie junto a la cama la rodee entre mis brazos. Anouk se
pegó a mi cuerpo y recostó su cabeza en mi hombro.
Acaricié
su espalda húmeda mientras hundía mis labios en el cuello perfumado.
—Nada
va a salir mal –susurré—. Porque estamos enamorados.
Ella
se apartó y me sonrió. Después me echó un vistazo de arriba abajo.
—Creo
que estás… muy vestido para la ocasión.
Reí.
—Cierto,
tienes razón –respiré profundo y de un movimiento quité mi camiseta por encima
de la cabeza.
La
expresión de su iris al ver parte de mi cuerpo sin ropa, me elevó el ego a la
máxima potencia. Lo suficiente para continuar con los tenis, calcetines, y los
jeans.
Quedé
con los brazos a los costados sin saber qué hacer. Como esperando la sentencia
de un juez. Anouk paseó su mirada por mi pecho y la deslizó hacia abajo. Se
detuvo en mi entrepierna y volvió a sonreír.
—Bóxer
blanco, como en las revistas.
—¿Cómo…?
¿Qué revistas?
De
pronto caí.
—Oh
no, no soy como esos modelos –en un acto de astucia apagué la luz.
—Claro
qué no. Eres mucho mejor. Eres… hermoso.
Tragué
saliva. A través de la ventana, la luna nos regalaba la claridad ideal de los
amantes.
—¿Te
parezco hermoso? Porque tú eres… perfecta.
Se
acercó y sus manos se posaron en mi cintura. Los ojos se encontraron.
No
supe en qué momento nuestras bocas se buscaron y el beso fue solo el comienzo
de ese abrazo, de las caricias, y de esa mecha que enciende y te prepara para
el acto más maravilloso entre dos seres que se aman.
Caímos
en la cama enredados. Ya no importaba si me sentía poca cosa, si yo era pobre,
ella rica, o era feo para ella tan bella. Ya nada importaba. Solo la quería
para mí y solo para mí. Esta, y todos las noches de mi vida.
Quité
la odiosa toalla que la cubría y la abracé con todo mi cuerpo. Escuché ese
primer gemido que te hace sentir tan poderoso. Sin embargo tomé en cuenta que
sus tiempos no eran los míos. Era su primera vez en el sexo y no deseaba que se
asustara o se viera forzada a hacer algo que no le gustara. Acaricié su mejilla
y sus labios mientras le permitía recorrerme con sus manos. El tacto de sus
dedos al principio fríos, pareció entibiarse. ¿Cambiaba de temperatura? ¿Sería
la circulación de su sangre? ¿O se mimetizaba con mi calor? No era momento para
preguntárselo. Tampoco para alguna incógnita sobre su raza. Aunque confieso que
por unos segundos pensé si sus colmillos se clavarían en la yugular.
Pero
tienen razón los que más saben sobre el amor. Es el único sentimiento que
minimiza cualquier temor. No solo en las parejas, ocurre con los padres y sus
hijos. ¿Acaso aquella ardilla que me enfrentó una mañana en la puerta de su
madriguera, dio cuenta que yo era más poderoso? Quizás también sintió miedo,
pero no le importó.
Cuando
Anouk deslizó sus dedos por debajo del elástico de los bóxers, la ayudé en la
tarea de quitármelos. Sin embargo no busqué sus ojos. ¿Por vergüenza? Sí,
odiaba reconocerlo pero moría de vergüenza como si nunca hubiera estado desnudo
frente a una mujer. Ella cogió mi cara y me besó. Nuestras lenguas se
acariciaron a un ritmo lento, sin pausa. Entonces, esas mariposas que percibía
en el estómago se detuvieron, y el fuego que crecía en el bajo vientre se
disperso por cada célula endureciendo mi sexo.
Quedamos
de perfil, mirándonos en la penumbra. Si estaba asustada o quería huir, lo
disimuló muy bien. Quizás yo estaba tan sumido en gustarle que no lo noté. Lo
cierto, que el contacto de piel con piel nos fortaleció y fue una clara
invitación a seguir. Son los quejidos en sintonía formando un solo pentagrama.
Es la perfección de lo cóncavo y convexo, esos latidos que se mezclan y ya no
sabes distinguir cual pertenece a tu corazón o al de ella.
Hundí
mis labios en su cuello y dibujé un reguero de besos hasta la clavícula. Sentí
las yemas de sus dedos acariciar mis pezones. La tierna fricción encendió más
la llama y mi boca audaz no pidió permiso. ¿Por qué pedirlo? Ella era mía como
yo suyo. Mi mano encerró uno de sus pechos y lo guié a mi boca. Anouk se arqueó
abandonándose al placer y mis oídos escucharon aquella frase inesperada.
—Te
amo.
Por
segundos, solo segundos, tuve ganas de detener el tiempo y contestar.
“¿Estás
segura, mi amor? Porque yo si lo estoy. Me has armado en pedacitos. Soy tu obra
irrompible mientras me ames como yo a ti.”
—Yo
también te amo –jadee.
Cogí
su mano y la llevé despacio hasta mi sexo. Cerré los ojos disfrutando de
aquella caricia tímida pero persistente. No había rechazo en cada movimiento de
sus dedos abriendo senderos de fuego. La habitación se llenó de ruido a besos, de
gemidos y jadeos. Mis brazos, como cadenas, rodearon su cuerpo aprisionándola.
Sus piernas enlazaron la cintura atrayéndome. Y el instinto… hizo el resto.
¿Qué
si fui cuidadoso y precavido? Pues, no. Porque sencillamente ella no lo quiso
así. Su fuerza claramente superior a la mía y las puntas filosas de dos
colmillos, me convencieron que el que estaba en situación de inferioridad era
yo. Sin embargo no lo llamaría peligro. Porque quien te devuelve a la vida, en
el mismo instante no puede quitártela.
Anouk
se subió a horcajadas y buscó mis ojos. Tenía aferrada su cintura estrecha
aunque no impulsé ningún movimiento. Era suyo el dominio, del instante y de mi
vida.
—Cariño
—balbucee—, si quieres… si no te animas…lo dejamos y…
Sus
manos se aferraron a mis hombros como garras.
—Tú
estás loco –sonrió.
—Por
ti –murmuré.
Creí
que bajaría lentamente sobre mi sexo. Sin embargo debía saber que Anouk era
imprevisible. Como sus actos o frases espontáneas desde el primer día que la
conocí. ¿Por qué iría a medir consecuencias esta vez?
Confieso
que me asusté al ver sus ojos asombrados y el aire escapando de su boca.
—¿Estás
bien? ¿Estás bien? –repetí una y otra vez.
Quedó
inmóvil y cerró los ojos.
—Solo
si no sales de mí.
Sonreí
y tragué saliva. No era fácil mantenerse expectante conteniendo las ganas de
moverme dentro de ella. Así que lo sugerí.
—Si
quieres puedes moverte… Si quieres…
Los
ojos púrpura brillaron. Sus manos abandonaron los hombros y deslizó los dedos
por el contorno de mi rostro, de mi boca. Le siguió mi cuello y el pecho. Como
si me estudiara con fascinación. Cuando su mirada llegó a mi bajo vientre
pareció disfrutar de nuestros cuerpos unidos. Entonces, cogió un ritmo lento y
profundo. Sisee y me aferré a sus caderas.
—Así,
cariño. No te imaginas lo que he deseado este momento.
—No
más que yo, mi amor.
Pensé
todo el sufrimiento que había causado en ella en toda esa larga espera en la
estuve ciego. Ciego y terco. Aferrado a algo que nunca había sido mío.
Rodee
mi cuerpo hasta quedar sobre ella. Nos miramos jadeantes.
—Ahora,
déjame pagarte una milésima de lo has esperado por mí. De ese tiempo que te he
dejado amarme en soledad.
Me
moví sobre ella, entrando y saliendo de su cuerpo. Anouk me atrajo de la nuca y
los besos fueron preludio de un orgasmo arrollador. Nada de mi ser quedó fuera
de ese instante. La ebullición de la sangre, la contracción de cada músculo, el
despertar de cada terminación nerviosa. Sexo y amor… ¿cómo explicarlo?
Imposible para aquel que no haya podido vivirlo.
Uy que capítulo tan romántico adoro la pareja de Anouk y Drank Te mando un beso
ResponderEliminar¡Hola Citu! Muchas gracias por el comentario. Me alegro que te guste esta parejita. Te aseguro que te emocionará muchas veces. Un besazo grande y feliz semana para ti.
ResponderEliminarAnouk es muy buena maestra y Chelle tambien.Me ha gustado mucho el capitulo,has narrado muy bien lo que les pasa a Darank y a Anouk,los dos estaban muy nerviosos y con miedo pero se quieren y han hecho el amor y han vencido las inseguridades que tenian.El capitulo es muy bonito.Besos.
ResponderEliminar¡Hola Ramón! Muchas gracias por tu comentario. Me alegro mucho que te haya gustado. Las escenas de sexo son mucho mejor si son con amor. Aunque a veces por el tipo de relación no se da. Pero este caso, a mí también me ha gustado que estén juntos al fin.
EliminarTe mando un abrazo querido amigo y feliz semana para ti.
Hola, Lou... Bueno, creo que a Anouk le encantan los niños, y que va a ser feliz con sus pequeños alumnos
ResponderEliminarDe tres a cinco años... cuánta paciencia... yo no podría
Creí que Mike no iba a hacer el examen... pero Chelle es un gran profesor, y le ha permitido hacerlo a pesar de llegar tarde
Entiendo muy bien a Anouk... su primera vez, es normal que estuviera tan asustada y nerviosa... También Drank estaba asustado... Y es que no es sencillo mantener relaciones íntimas con quien te importa de verdad
Bianca espera una niña... Odette, en honor a la hija de Charles... Estoy segura que Charles será tan abuelo como Eridan... Y, bueno, como Sebastien ya tiene tres hijos, va a estar muy contento con la llegada de Odette
Creo a Miyo... creo que sí es verdad que vio a su padre, y que les ayudó a escapar
Agni se aparece en los sueños de Natasha... tal vez quiera comunicarle algo
Un capítulo excelente, Lou... Leerte es disfrutar
Besos
¡Hola Mela! Muchas gracias por tu comentario.Te aseguro que yo tampoco podría. Tres a cinco años son muy demandantes. Creo que el único que lo logró es mi nieto, ahora de seis años.
ResponderEliminarPensé si darle la oportunidad a Mike de hacer el examen, me pareció que sí y a Chelle también. La corazonada de ese profesor en ayudarlo a pesar que es bastante complicado pienso que es la acertada.
Te contaré algo. Escibir sobre la primera vez de Anouk no me ha sido fácil. Uno tiene que remontarse tiempo atrás para poder brindarle al lector lo más cercano posible a lo que siente. Espero haberlo logrado.
Uf... Odette... La princesa de Sebastien Craig y de sus abuelos. Bianca tendrá que esforzarse para educarla sin que sea demasiado consentida. Pero la saga no sé si llegará a tanto tiempo. Ten la seguridad que aunque sea les dejaré la idea de lo que será la pequeña heredera del líder de los vampiros.
Miyo ha visto a su padre aquella vez. Yo también le creo. Es que los seres que amamos jamás se irán definitivamente. En cuanto a Natasha... debo callar por ahora. Por lo poco que sé, ese corazón que deberá salvar está muy cerca.
Te mando un beso grande y que decirte, gracias por hacerme feliz. Yo soy la que disfrutos con los comentarios. Feliz semana para ti.
Holaaaaaa, ya lo creo que leer un capi tuyo es disfrutar!!!! Me encanta Chelle, es supergenial y supercomprensivo!!!! Preciosura de amor entre Drank y Anouk!!!!
ResponderEliminarCapítulazoooooo!!!!
Besoteeeeesssss!!!!
¡Holaaa! Muchas gracias corazón. Me alegro que hayas disfrutado. Un placer leer tu comentario siempre tan alegre.
EliminarMe encanta Anouk y Drank. Recién empiezan la convivencia veremos como les va.
En cuanto a Chelle y Mike, muchas emociones nos esperan.
Un beso enorme mi sol, y feliz semana para ti.
Anouk no olvidará su primera vez. Drank tampoco, aunque no haya sido su primera vez.
ResponderEliminarBso
¡Hola Ignacio! Miles de gracias por tu comentario. Es cierto ninguno olvidará la primera vez. Porque Drank, tienes razón, no era su primera vez, pero si fue muy especial.
EliminarUn beso grande y espero que tengas una feliz semana.
Que capítulo!!!!! Fue para ambos la primera vez, para drank también lo fue, en base a las sensaciones y el amor que siente por anouk. Me encanto! O como diría drank, fue per-fec-to!!
ResponderEliminar¡Holaa Johaa! Graciaaaas mi sol!! Sí fue perfecto, porque ambos sienten el mismo amor. Era hora para Drank volver a creer en el amor y para Anouk encontrarlo.
EliminarMe alegro que lo hayas disfrutado. Te quierooo mi reina y gracias por el comentario. un besazooo