INTRODUCCIÓN

Introducción:

Dentro de los Sami, una raza milenaria se ha mantenido en secreto. Los lobos basados en la naturaleza y el honor han logrado la supervivencia lejos del ojo humano.

La reserva es su hogar y transitaré en ella para conocer cada secreto. Es un gusto que ustedes me acompañen. Estoy segura que reirán y se emocionarán.

Por mi parte cada línea, cada párrafo sobre ellos, me ha llevado a un mundo de misterio y fascinación.

Lo siento no puedo prescindir de ellos. Ellos… también me han atrapado.

domingo, 29 de septiembre de 2019

¡Hola chicos! Dejo el capi 20 esperando que les guste. Sé que esperan por varios hechos que ocurran pero el lobo blanco dijo a Gloria que debíamos esperar. Un beso grande y gracias por acompañarme.


Capítulo 20.
Tres días.

Carl.

En los portones de esa casona de maravilloso jardín, toque timbre tres veces. Mi madre siempre decía que no había que ser insistente, que era signo de mala educación. No tenía ganas de seguir ningún consejo de ella. Ni hoy, ni mañana, ni nunca.

Había escapado de la cabaña de Tim por la parte trasera que da al bosque. De allí corrí por la ruta hasta que el camino se bifurcaba en dos. Avancé bajo un cielo plomizo que amenazaba mal tiempo. Después de varios minutos me había detenido para cerciorarme que nadie me seguía. Había logrado burlar a Tim con la excusa de darme un baño. Él conversaba con Drank en la cocina sobre el nuevo Jardín de Infantes. Aproveché y escapé… Sé que si hubiera sabido no hubiera querido que fuera. Hubiera tratado de convencerme o de acompañarme. Necesitaba ir solo y verificar si Camile decía la verdad. Tres días habían pasado desde que ella había escupido su burla hacia mí. No podía esperar más. La mente me carcomía pensando si mi prima solo había intentado arruinar mi existencia o Ernestina se había olvidado de nuestro amor.

Aguardé impaciente tras las altas rejas que separaban esa construcción tan bella. Jardín perfectamente cuidado de césped recortado y muchas flores, muchas… Las ventanas de las tres plantas vestían blancas cortinas. Puerta de doble hoja, seguramente de roble… De allí salió un mayordomo. Respiré profundo para que mi voz saliera firme y no tartamudeara.

Él se acercó con rictus serio y formal.

—¿Caballero?
—Buscó a Ernestina Haugen. ¿Vive aquí?
—¿De parte de quién?
—Mi nombre es Carl. Soy… soy un amigo.
—La señora salió con su esposo. Le dejaré el recado.
—¿Su esposo?
—Eso dije.
—La esperaré aquí.
—Salieron de viaje. Por favor, retírese. Le haré llegar el recado.
—La esperaré aquí –insistí.

Mi corazón comenzaba a latir sin control. Había mencionado “esposo”. Camile no había mentido.

—Si no se retira de aquí llamaré a la policía.
—¡No he hecho nada ilegal! ¡No salté los portones ni soy un ladrón! ¡Quiero hablar con ella!

De pronto las cortinas de una de las ventanas se movieron.

—¡Ernestina! –grité.
—¡Retírese!
—¡Ernestina!

El mayordomo cogió un móvil de su chaqueta pero antes de que pudiera hacer alguna llamada, ella salió por la puerta principal.

Estaba bella como siempre aunque… cambiada… Sí… Lucía un peinado muy sofisticado y un vestido negro ajustado al cuerpo… ¿Mi bebé? No podía haber nacido, ¿o sí?

Llegó hasta la reja y simuló una sonrisa al empleado.

—Está bien, Félix. Yo me encargo.

Él se retiró no sin antes inclinar su cabeza a modo de respeto.

—¿Qué quieres Carl? ¿Arruinarme?
—¿Yo? –tragué saliva.
—¡Sí tú! ¿No has hecho tu vida? ¿O vienes a mendigar amor?
—No… Yo… No vine a mendigar amor… ¿Mi bebé?
—¿Qué bebé?
—Has corrido la voz que estabas embarazada. Que esperabas un hijo mío.
—Ah… Hablas de ese embarazo no deseado.
—¡Sí lo deseaba!
—Pues, yo no. Aborté.

Me acerqué a la reja para mirarla a los ojos fijamente.

—¿Por qué? Era mi hijo también.
—Porque nadie iba a aceptarme con un bastardo de otro macho. Así que decidí velar por mi futuro.

Recorrí la fachada de la casona y después volví a mirarla.

—Sí, ya lo veo.
—Te pediría que te fueras si es que tienes un poco de dignidad. Aunque según te recuerdo, siempre careciste de ella. No quiero imaginarme que lo dicho por Camile fue verdad. Que intestaste ahorcarte en el bosque cuando me fui.
—Sí… Fue verdad.
—¡Qué patético eres!
—No soy el mismo. Aprendí a valorar lo importante en la vida.
—Yo también –sonrió con burla.
—No, estás equivocada como yo lo estaba. El dinero no te hará la felicidad.

Una carcajada salió de su boca para luego mirarme con desprecio.

—¿Qué te ha pasado? ¿Perdiste la razón?
—No, abrí los ojos. Por favor, Ernestina… regresa a la reserva. Comenzaremos una nueva vida. Lo prometo. No cuento con el dinero de antes pero trabajo con Tim y podríamos darnos algunos gustos.
—¡Tú estás loco! ¿Sabes todo lo que costó llegar aquí?

Me retiré unos pasos y la observé… La angustia ganaba mi corazón. No tenía frente a mí a la Ernestina de siempre, quizás… nunca había tenido a mi lado a quien decía ser.

—No creo que te haya costado como a cualquier hembra. Al menos te fuiste con una suma de dinero, ¿verdad?
—¡Sí! ¡Y qué!

Avancé y me aferré a la reja.

—Ernestina, ¿me amaste alguna vez? ¿O solo deseabas ocupar un lugar con los Rotemberg?
—Quiero que te vayas, mi esposo llegará en cualquier momento. Llamaré a la policía.

El anillo costoso brilló en su dedo índice.

—¡Vete de una buena vez! Continúa elaborando quesos de cabra en esa maldita reserva.
—Tú también eres parte de ella. Eres una loba. ¿Cómo haces para que tu esposo no se dé cuenta de tu especie?
—¡Qué rayos te importa! ¡Vete de aquí!

Un coche dobló la esquina y avanzaba pegado a la acera.

—Mierda… —susurró.

El lujoso Mercedes Benz subió la explanada y se detuvo. De inmediato bajó un señor de uniforme y abrió la puerta trasera. Me aferré más a la reja sin saber qué hacer. No deseaba pasar otra vez por un idiota y ser echado como un perro. ¿Pero qué diría?

De la parte trasera salió un hombre mayor ayudado por el chofer. Tendría unos… setenta años o más… Abrí mi boca y arquee la ceja… Él se acercó apoyado en un bastón lustroso.

Ernestina se apresuró a abrir el portón.

—Querido, aquí el señor vino a pedir trabajo. Pero ya le dije –sonrió fingiendo pena—, no tenemos un puesto para él.

El anciano me miró compadeciéndose.

—Lo siento caballero. Sepa disculpar. No tenemos necesidad de otro empleado.

No contesté. Creo que aún estaba en shock. Ella se alejó más de la reja pero antes murmuró.

—Suelta las rejas, no des lástima aunque es tu especialidad. Pareces un preso pidiendo por libertad.

La miré con los ojos húmedos, pero me repuse. No debía suplicar ni llorar.

Solté la reja y sonreí aunque no tenía ganas.

—Te equivocas. La que está presa eres tú.

Y me alejé…

Caminé con pasos rápidos y un poco inestable. Mi cabeza parecía estallar. Una y otra vez la imagen de ella entre mis brazos, después ella junto a la reja escupiendo todo ese mal trato. ¿Otra vez no tenía nada? Era como volver al principio cuando me sentía desolado y triste. Estuve a tiempo de cruzar la calle con el semáforo en rojo pero una señora me detuvo del brazo.

—¡Aguarde! Es una avenida.

Me quedé inmóvil, con las puntas de mis botas sobresaliendo la acera como si fuera un precipicio. La vista clavada en el vacio… Sin embargo no había vacio sino el asfalto donde al cambiar la luz podría pisar con seguridad. No caería, esta vez no. Cometer el error de tirar todo por la borda y desear no vivir era algo que no podía permitir. Me había costado esfuerzo a pesar que conté con ayuda. Había sido un logro de mi parte comenzar a valorar lo que realmente tenía importancia. Levantarme temprano, trabajar y ganarme la vida con esfuerzo. Parecía que cada moneda que obtenía tenía mucho más valor. Tim y Bernardo tenían razón.

La luz verde me dio paso. La respiración volvía poco a poco a la normalidad pero un sabor a hiel restaba en mi garganta. Titubee si cruzar la calle o regresar a la casona. Hacerle un escándalo y desenmascar a esa cretina... No valía la pena… ¿Qué ganaba yo? Si mi hijo no nacería jamás.

El sonido del chirriar de una frenada me sobresaltó. Una furgoneta que conocía muy bien se detuvo junto a la acera a pocos metros. Tim y Drank salieron del vehículo dando un portazo.

Respiré profundo y alcé mis manos como rendición.

—Lo siento, lo siento. Sé que escapé y te engañé pero necesitaba hacerlo.

Drank se apoyó con una mano en el capot y me miró compasivo. Tim fue un poco más activo.

—Tú –me señaló con el índice—, no vuelvas a salir sin decirme dónde vas.
—Lo siento, de verdad. Entiende que no soy tu rehén. No te ofendas.
—Claro que no eres mi rehén pero eres un amigo.

Un amigo… Era su amigo… Sentí que también me hubiera preocupado si estaba en su lugar. Porque así debían ser los amigos.

—Vamos, sube. Quiero decirte que estoy muy frustrado. Se supone que soy un guardián de un alfa y tú… que te me escapas en las narices –protestó.
—Confiaste en mí, lo siento –murmuré—. Y no dudes que serás el mejor guardián de Gloria.

Suspiró con los brazos en jarro.

—Si lo deseas puedes contarnos como te fue. Aunque, podría apostar que no muy bien.

Negué con la cabeza y susurré.

—Fue horrible.

Los tres subimos a la furgoneta y en cuanto arrancó rumbo a la reserva el nudo de mi garganta se desató… Me largué a llorar. Sin embargo, no estaba frente a seres que se burlarían de mí o se regocijarían de los hechos. Así que no me importó… En absoluto.

Cuando logré calmarme eché un vistazo a la vera del camino. La fila de cipreses bordeaba la ruta y dos renos arrancaban las hierbas tiernas.

Tim se animó a preguntar.

—¿Camile dijo la verdad?

Sequé mis lágrimas y lo largué.

—Abortó a mi hijo y se casó con un anciano.

Tim movió dubitativo la cabeza.

—Quizás no lo veas ahora pero, es lo mejor.
—Creo –murmuré—. Creo que sí. Ella no es lo que creí… Y… ustedes… ¿cómo supieron la dirección?
—Drank se lo sonsacó a Camile. No me preguntes que hizo –miró de reojo a Drank.
—Bueno, recurrí a una amenaza –contestó.
—¿Tú amenazando a mi prima?
—Sí.
—Ardo de curiosidad.
—Pues… Sé que estuve mal pero era la única forma de dar contigo.
—La amenazaste con golpearla.
—¡No! Nunca haría eso. Yo… le dije que si no me decía donde vivía esa tal Ernestina les contaría a todos que rogó por estar en mi cama y que la rechacé.

Abrí mis ojos como platos.

—Cielos. ¿Eso es verdad? Se habrá obsesionado con tu negativa. Es peligrosa. Fuiste muy valiente.
—No me hagas sentir el peor del mundo. Valió la pena para Tim y para mí.

Sonreí.

—Para mí también. Gracias…

Ron.

El caos, así lo definiría desde que nos enteramos que Nicolay había desaparecido. Lo habíamos buscado desde la tarde de este julio que jamás olvidaríamos. Comenzamos la búsqueda mucho antes que Sebastien y Numa pisaran Kirkenes. Era obvio que en su estado el líder de los vampiros no había podido materializarse. Nos dividimos; Ekaterina, Boris y Brander en la ciudad preguntando a cada transeúnte si habían visto un niño rubio de siete años. Nadie había visto ni oído sobre él… Douglas y Marin partieron por la ruta que iba hacia la frontera con Rusia. Todo sonaba descabellado, la distancia era demasiado para un pequeño, sin embargo no debía quedar lugar sin indagar. Bianca se comunicó con Bernardo suplicando que pusiera todos sus lobos para buscarlo. No hubiera tenido necesidad de enfatizar lo importante de la búsqueda, él se puso a disposición y aseguró a su amiga que buscarían en cada centímetro de la reserva. Era extraño que Nicolay fuera a parar allí. Era pequeño, sin dones aún. Un niño común y corriente… perdido y solo. ¿Pero dónde estaba Nicolay? ¿Qué tan lejos habría podido ir?

La tensión aumentó cuando Lenya y Liz decidieron buscarlo por la costa. No era nada aliciente si el nieto de Adrien Craig hubiera escapado hacia el mar. Acantilados, rocas resbalosas, y olas furiosas anunciando una tormenta. Aunque Lenya la detuvo con su don. También era poco probable que se hubiera dirigido hacia las cumbres. Aun así, Scarlet buscó allí. Nada… Absolutamente ni un rastro… Y la noche comenzó a caer.

Todos lo sabíamos, la oscuridad no nos ayudaría en este caso. Lo vi en la cara de Charles cuando observó el cielo. Ambos junto a Khatry regresábamos de rastrear las inmediaciones de la casona en las montañas. Margaret se había quedado con las hijas de Agni esperando ansiosa alguna novedad. Fue ella quien recibió a Sebastien y Numa desconsolados.

No podíamos entrar en desesperación pero lo cierto que cada minuto que pasaba sin saber de Nicolay era desesperanzador. Por suerte contábamos con los móviles para tener comunicación aunque por el momento no había buenas noticias. Sebastien hizo dos llamadas. La primera, a Bianca por si había novedades en el hospital. No había ingresado ningún niño herido. La segunda, a Petrov a pesar que Scarlet intentó alguna resistencia. Sin embargo, se trataba de su sobrino y no cabía ni el orgullo ni la venganza en este caso.

Sebastien volvió a las calles del centro, allí se reuniría con los errantes. Necesitaba saber pormenores, algún detalle que lo guiara hasta Nicolay. Numa lo buscaría en aquellos lugares de antro que conocía muy bien. Antes de partir, miró el cielo nocturno y murmuró. “Tenemos que hallarlo cuanto antes, no debe pasar la noche en la ciudad.” Esa frase en boca de quien sabía muy bien lo que afirmaba, nos aterró. Nosotros volvimos al bosque buscando hasta debajo de las piedras. Por senderos pedregosos y poco visibles, no solo por la noche sino por las malezas crecidas. Nada… A Nicolay se lo había tragado la tierra.

La indeseada medianoche llegó… sin noticias. Volvimos a la mansión por si el niño se había escondido en alguna parte y estaría donde menos pensábamos. Rose nos contó de la llegada de Vikingo y Petrov. Lo habían buscado patrullando sin descanso durante dos horas. Ellos le hicieron preguntas que ella no sabía responder así que se dirigieron nuevamente al centro de Kirkenes para hablar con los errantes.

Era madrugada cuando llegué a la plaza de Kirkenes. Muchos turistas deambulando. La época de verano provocaba más movimiento en las calles. Otra dificultad… A favor, el clima ausente de frío y nevadas, en contra… extraños recorriendo la ciudad. ¿Habría hablado con alguien Nicolay? Y si hubiera sido así, ¿ese alguien habría tenido buenas intenciones? De pronto, recordé a Vilu… Nadie sabía de su paradero en Chile. ¿Acaso podría encontrarse escondida en Kirkenes siguiendo los pasos de su hermano y los Sherpa esperando el momento de vengarse? ¿Y si aprovechaba la ocasión para hacerle daño a Nicolay como lo había hecho Agravar con Bianca? Al principio, no mencioné mis temores frente a Sebastien, no hubiera logrado nada solo ponerlo nervioso. Además era una locura y mucha coincidencia. Pero al transcurrir las horas y ni señales de su pequeño hijo… ¿Por qué no? Habría una muy remota posibilidad que la Huilliche nos hubiera vigilado cada paso esperando la oportunidad de atacar. ¿Qué mejor venganza que llevarse una joya de los Craig?

Sebastien.

Ignoraba que existía otra medida de tiempo diferente a las horas, minutos y segundos. Es el tiempo en tu cabeza que corre cuando deseas que no transcurra tan rápido. Es un reloj que avanza cuando buscas a un hijo con todo tu corazón y no lo encuentras. Cuando sabes que debes hallarlo porque fuera del entorno de sus seres queridos estará vulnerable, expuesto a muchos peligros.

A lo largo de mi vida, imaginé que en situaciones humanas siempre saldría airoso. Que lo malo para los mortales, no me alcanzaría al ser un vampiro poderoso. Muchas veces escuchaba noticieros y compadecía aquellos padres que perdían sus hijos por accidentes o secuestros, pero yo era Sebastien Craig y fuera de aquella horrible situación con Douglas y los lobos, no estaba en cánones normales que me ocurriría. A mí no…

Había preguntado por él a cada transeúnte, casi sin aliento. Había buscado con mi excepcional vista cuanto rincón de la ciudad podría encontrarse. Sin embargo, al paso de las horas, de pie en aquella inmensa plaza atestada de gente, la retina había grabado los rostros de personas que transitaban. Había retumbado en mi oído las bocinas de los coches, las voces de los vendedores ambulantes, hasta que con el avance del tiempo poco a poco todo pareció quedar en silencio… Y por primera vez en mi vida me pregunté… ¿Por qué a mí no?

¿Por qué no podía convertirme en cualquiera de esos padres humanos a los que se les termina la vida en instantes? Un hijo es parte de tu corazón. Si algo malo le ocurre tu podrás seguir o no existiendo en este mundo pero no significa que vivirás. Porque existir y vivir no es lo mismo.

El hotel Thon había sido revisado de punta a punta, en el hospital no se tenía noticias, ninguna señal en las calles, ni en las rutas. El bosque estaba siendo inspeccionado por los lobos, pero lo cierto que estaba a mucha distancia del centro para que un niño en poco tiempo se internara allí. Bernardo había preguntado a Gloria por sus visiones, pero el lobo blanco no se le había aparecido. Hasta revisamos cada parte de la nueva construcción de subtes. Nicolay podía haberse escondido sintiéndose triste y enojado. ¿Dónde? Si ya no quedaba lugar que se nos ocurriera que podía estar.

Al llegar el nuevo día la esperanza pendía de un fino hilo dando paso a una madeja de desolación que apretaba mi pecho. ¿Por qué no le dije la verdad sobre su madre? ¿Por qué no acudí a Dimitri para que me ayudara con la situación? Subestimé a Nicolay. Y subestimé la suerte y la desgracia, esa que los humanos es factible que se encuentren a la vuelta de una esquina.

Ante la desolación, se me ocurrían muchas frases y explicaciones para mi hijo. La charla que no habíamos tenido por pensar que no era necesario aún. Pero a veces los hechos tienen un justo tiempo y lugar y después es  tarde.

No deseaba preguntar nuevamente a los errantes sobre la última vez que vieron a Nicolay. No quería ser injusto y que mi furia ganara ante la razón. La verdad que viviendo en la mansión mi hijo también podría haber escuchado alguna conversación ante un descuido. Nada había sido a propósito. Ahora solo quedaba encontrarlo y estar unidos bajo el mismo imperativo de hallarlo sano y salvo. La desesperación nos embargaba a todos, aunque era el líder de los vampiros y debía sostenerme en pie.

Grigorii.

Inicié la búsqueda de Nicolay por las calles que rodeaban la manzana de su hogar. Uno de sus hogares, porque el niño convivía con sus padres adoptivos y parte del mes se quedaba en la mansión con Sebastien. Vikingo y yo preguntamos en cada negocio por si alguien había visto un niño rubio de siete años sin compañía de un adulto. Nadie me brindó datos certeros. Algunos estaban acostumbrados a ver chiquillos dando vueltas pero era algo cotidiano en ciertas calles. Claro que para ellos la ciudad no sería tan peligrosa, como lo sería para un menor como el pequeño Craig.

Al ver que sería difícil hallarlo entre tanta gente decidí partir de cero. Me dirigí a la casa de sus padres adoptivos. Encontré solo a uno de ellos, un tal Brander. Se había quedado por si el niño regresaba a su hogar asustado y arrepentido. En cuanto me abrió la puerta vi en su cara la desesperación y el miedo. Ver un oficial de la policía en la puerta en esos momentos no era un aliciente. Lo tranquilicé. Esta vez no era portador de malas noticias como aquella vez con Sebastien. Al menos por ahora. Le expliqué que necesitaba saber detalles y así guiarme donde podría haber escapado. Él me contó la escena anterior a que Nicolay escapara por la ventana. Ignoraba que su madre se había suicidado, también no sabía que el niño no había tenido ningún tratamiento psicológico.

Entré a su habitación y revisé algunas pertenencias. No había notas que hubiera dejado. Era un chico muy pequeño para pensar en mortificar y desaparecer. Creía que había sido un impulso por enojo y tristeza. Lo que no me cerraba era que al ser arrebato Nicolay hubiera ido tan lejos y por tantas horas. Generalmente los niños se arrepienten y regresan asustados. No era el caso de Nicolay. Los Craig habían buscado entre cielo y tierra.

Avancé hacia la ventana y observé a través de ella el patio contiguo. Daba a un pequeño baldío en construcción separado del apartamento por una reja de un metro. Fácilmente habría saltado la ventana y trepado hasta escapar. Brander había inspeccionado el terreno y no había hallado rastro. De todas formas busqué allí sin buen resultado. Cuando regresé recordé preguntar algo esencial. Nicolay era un niño vampiro, ¿qué tan rápido corría? Pero su padre me aseguró que era un chico normal y lo sería por varios años. Bien… No podía estar lejos… Andando a pie, claro… Porque si alguien se lo hubiera llevado en un vehículo podría estar muy lejos de aquí.

Cuando llegué a la mansión para saber si los Craig tenían novedades me crucé con Scarlet. Vikingo y yo nos quedamos al pie de los portones mientras Bianca salía a nuestro encuentro. Se notaba muy angustiada y tenía razón, ya habían pasado muchas horas y el niño no aparecía.

Scarlet se acercó hasta nosotros. Se detuvo y cruzó los brazos con el ceño fruncido.

—No creo que tú, simple humano, puedas encontrarlo.

Rodee los ojos.  Era evidente que tenía mucha rabia por como habíamos terminado y las palabras que le dije.

—De todas formas colaboraré.
—No necesitamos tu ayuda. ¿No era que somos monstruos?
—Mira Scarlet, no lo hago por ti, lo hago por el niño y porque Sebastien me ha ayudado. Los Craig han tenido a Anne como si fuera de la familia.
—¡Cierto! ¿Cómo fue que no la matamos? ¿Verdad? Somos asesinos.
—Scarlet –murmuró Bianca.
—¡Qué se vaya! No lo quiero aquí. Si no encontró a Nicolay no sé que hace en nuestra casa.
—Ya me voy. No vine a hablar contigo.
—Sebastien no está en condiciones de ofrecerte un café, te imaginarás.

En ese instante Lenya salió de la casa y cruzó el parque hacia nosotros.

—Hola Petrov, hola oficial.
—Hola –respondimos Vikingo y yo.
—¿Se supo algo?
—No hay pista aún –contesté.
—Okay, gracias por molestarse.
—Es nuestro deber –dijo Vikingo—. A las órdenes. Aunque ahora debemos volver a la Jefatura, tenemos más trabajo.
—Se los agradezco –se apenó Bianca—. Ténganos al tanto.
—Así lo haremos –murmuré y partimos.

Bernardo.

Esa noche y casi entrando la mañana los lobos ya habían buscado por todas las entradas del bosque. Nadie lo había visto, con nadie de nosotros había hablado pidiendo ayuda. Era un niño muy pequeño para adentrarse entre coníferas y pinos que en la noche parecían figuras fantasmales. Lenya Craig había detenido la tormenta, pero los animales salvajes estarían revolucionados. A ellos no se los engañaba y antes del clima tormentoso y el aroma a mar revuelto que traía el viento caliente, seguramente saldrían por presas fáciles.

No quería pensar en un final trágico para los Craig. Sin embargo, Nicolay no podía estar vagando solitario sin que nadie se hubiera percatado del suceso. Cualquiera le hubiera llamado la atención y hubiera preguntado que hacía solo con siete años. Hubiera avisado a la policía y ya se tendría noticias. Pero, ¿dónde estaba el niño que nadie sabía de él?

Sabina estaba muy angustiada. Ella conocía el horrible sentimiento de la ausencia de un hijo. Hasta sugirió buscarlo en el cementerio sami. Imposible adentrarnos en tierras sagradas cuando no se tenía una finalidad coherente. El territorio estaba en el corazón del bosque, alumbrado solo por la luz de la luna. Para que Nicolay terminara perdido allí debía haber recorrido mucho camino, incluso parte por la reserva.

El aullido de los lobos se había escuchado lejano, pero no buscaban alimento ni lo habían encontrado. Era una llamada a un integrante de la manada. Como lo hacían a menudo desde hace algún tiempo. Por varias horas más buscamos siguiendo el recorrido de la cañada hasta que esta se convertía en un ancho brazo del río. Nada… Ni rastro de Nicolay.

Al otro día Anouk nos visitó. Esperó a Drank en la puerta de la cabaña. Nuestro humano había salido por la noche con su moto internándose entre el monte hasta la costa. Tampoco trajo noticias.

Bua se había comunicado con Nilsen, el Defensor en el juicio de tenencia. Dijo que se puso a disposición y sugirió que la familia distribuyera fotos del niño en toda la ciudad. Era una forma de que cualquiera pudiera reconocerlo y dar aviso a la Jefatura o al Juzgado. Insistí con Gloria por si el lobo blanco hubiera dado una pista pero mi niña muy compungida aseguró que no se le había presentado. ¿Dónde estaba Nicolay? Lo más importante, ¿con quién?

Al segundo día de búsqueda y desesperación, Sabina y yo nos reunimos en la casona de Charles. Planearíamos nuevas rutas bordeando la costa por un sendero que iba a la reserva. Preguntaríamos a pescadores e incluso llegaríamos hasta el puerto. Lo cierto es que no nos quedaban muchas opciones pero aguardar sentados no cabía de ninguna forma.

Grigorii.

Al día siguiente Vikingo tenía el día libre, así que me dediqué de lleno a cubrir su puesto patrullando con Candy, una oficial muy competente. A la hora del almuerzo le dije que tenía que hacer unas preguntas a personas que podían haber visto al niño perdido. Me despedí aunque ella hubiera preferido pegarse a mí todo el resto de la jornada de trabajo. No ignoraba que Candy estaba enamorada de mí. Hubiera sido una pareja excelente. Era divertida, amable, e inteligente. Trataba de acompañar a Anne en sus días libres y paseaba con ella por la ciudad. Mi hermana la apreciaba, aunque nunca llegaría a tener esa adoración como la tenía por Scarlet. Tampoco podía enamorarme de Candy y pensar en formar una familia porque mi corazón… tenía dueña. Lamentablemente y para mi mal, le pertenecía a una vampiresa. Reconocer que por más monstruosidades que hubiera cometido Scarlet estaba atado a su amor no me fue fácil. Noches enteras repitiéndome a mí mismo, “Grigorii, no puedes amarla”, “Grigorii, búscate a otra”. Y es difícil hacer que tu corazón no siga sus dictados. Forzar al cerebro para que el alma entre en razón y entienda que tus ojos no quieren verla más, que el aroma de su piel no está impregnado en la tuya, que tus labios se saciarán con otros besos… Pero todo el mundo asegura… Cuando estás enamorado la mente y el corazón no intercambian palabras. No existe conexión entre el raciocinio y los sentimientos. Estás perdido en una ola de emociones desencontradas. La gran pregunta es, ¿quién ganaría?

Me sentía más perdido que Nicolay. Al menos a él tarde o temprano lo encontraríamos.

Entré al negocio de variedades y suvenires, quedaba en la esquina de la casa de los padres adoptivos del niño. Me acerqué al mostrador y exhibí la chapa identificadora.

—Oficial Petrov, buenos días. ¿Podría hacerte unas preguntas?
—Sí –el joven titubeó.
—¿En qué horario tienes abierto el negocio?
—Ah pues… Desde las siete de la mañana hasta las veintitrés. Es verano y hay muchos turistas.
—Es importante que pienses antes de responderme, por favor.

Se puso pálido.

—Oficial… yo… le juro que tengo la hierba para uso personal, jamás la vendo. No trafico, sé que es ilegal.

Arquee la ceja y negué con la cabeza.

—No vine por tu hierba.
—¿Ah no? —sonrió apenas.
—Escucha, se ha perdido un niño. Tiene alrededor de siete años y es rubio de ojos claros.
—No… No he visto ningún niño solo.
—¿Y acompañado por alguien? ¿Algo que te haya llamado la atención?

Quedó pensativo y respondió.

—No… Aquí entran turistas a los que les vendo recuerdos de Kirkenes. También gaseosas y golosinas.
—Entre los turistas que dices, nadie con un niño de esas características.
—No.
—¿Siempre estás al frente del negocio? Pregunto por si se hubiera escondido aquí y no alcanzaste a verlo.
—No. Si no estoy yo está mi madre.
—¿Puedes llamarla? Quisiera preguntarle.
—Por supuesto.

Desapareció y eché un vistazo.

Era muy difícil que Nicolay se escondiera allí. Los estantes estaban a la vista y no había rincones que no fueran visibles.

Una señora de avanzada edad surgió tras una puerta.

—Buenas tardes oficial, mi hijo me informó de su búsqueda.
—Buenas tardes, así es. Solo quería asegurarme que no recuerda algo que pueda ayudarme.
—¡Qué pena, oficial! Me he enterado por las imágenes pegadas por la ciudad. Desde esta mañana hemos comentado entre vecinos. No he visto a ningún niño.
—¿En qué horario ha estado atendiendo el negocio?
—Creo que alrededor de las cinco reemplacé a mi hijo. Atendí unos cinco turistas de Londres y tres que venían de París. Después vinieron los sami. Les compramos tapices y cerámicas por buen dinero. Son nuestros clientes desde hace años.
—¿Las cinco de la tarde? ¿No vio si llevaban un niño?
—Los sami no son ladrones.
—No me refiero si robaron a un niño, pero los pequeños suelen mezclarse y meter las narices en todo lo que llama la atención. Pudo mezclarse entre el grupo de aborígenes. Son muy amigables. Suelen mostrar sus prendas coloridas y entonan canciones.
—Cierto. De todas formas nunca vienen caminando. Ellos se desplazan en un carruaje tirado por renos. Ya sabe, detestan contaminar y la carga que llevan es bastante para andar a pie.
—Entiendo… Gracias.

Salí a la calle y de pie en la acera pensé… Nicolay no podía haber desaparecido tan rápido a no ser…

Volví sobre mis pasos.

—Señora, una última pregunta. ¿Hacia dónde se dirigió el carruaje?

Ella salió de detrás del mostrador y se acercó a la puerta.

—Hacia allí, oficial. Derecho hasta que el asfalto termina. Cogen el sendero hacia el corazón del bosque, donde habitan. Pero ni lo piense. Jamás llevarían un extraño a su reserva aunque fuera un niño.
—Supongo… A no ser que ellos no lo supieran… Gracias, buenas tardes.

Charles.

No nos detuvimos nunca en la búsqueda de Nicolay. Aun entrando el tercer amanecer. Engorrosa tarea decirle a Sebastien que no teníamos novedades. Cada hora que pasaba para todos los Craig era una tortura, pero para él y los errantes era una agonía espantosa. Traté de tranquilizarlo y quitarle la idea de un secuestro. A esta altura ya hubieran pedido dinero por Nicolay. Solo quedaba la esperanza que no estuviera mal herido o peor… Ni siquiera quería imaginarlo.

Scarlet trató desde un primer instante visualizar a Nicolay pero eran en vano sus esfuerzos. No podía utilizar su don permanentemente, era desgastante e infructuoso. La última vez había sido por la noche y solo había visto al niño dormido pero por las señas de su alrededor no adivinábamos de qué lugar se trataba. En las primeras horas de desaparición había visto a Nicolay inmóvil, todo oscuro alrededor. Parecía estar encerrado. Después, los visualizó en un ambiente cálido iluminado por una lámpara de aceite. No había humanos alrededor que pudieran darnos una pista.

Margaret se paseaba por toda la casa, inquieta y llorosa. No podía darme ánimo porque sencillamente ella carecía de él.

Bernardo partió nuevamente para continuar la búsqueda en sus dominios, Sabina decidió quedarse así llevaría algunas fotos que le daría Margaret para esparcir por lugares públicos. Todos unidos por la desaparición de Nicolay. Vampiros, lobos, y humanos. Lo que nunca lograría la ONU, porque de hecho jamás se lo imaginaría, lo había conseguido un niño de siete años.

Petrov llegó casi rozando las veinte y treinta. El sol otra vez débil sobre el horizonte recorría en forma lineal y lenta el anochecer típico de Kirkenes. Aceptó sentarse en el sofá y beber un coñac mientras me contaba sus sospechas. Nicolay no hubiera podido desaparecer tan rápido a no ser que no fuera a pie. No cabía duda para él que había subido a un transporte. Desarrolló la hipótesis del carruaje de los sami. El niño podía haberse escondido en la parte trasera sin ser visto y quizás haber terminado en el bosque. Habría que seguir insistiendo por esos lares.

Cuando llegó Sebastien y Bianca, repitió su versión y no nos pareció descabellada. Sin embargo el bosque no era un lugar que nos tranquilizaba. Preguntó si habría posibilidad de indagar a la tribu. Una tarea dificultosa si de nosotros se trataba. Había entre los aborígenes una clara simpatía por la raza de los lobos, no así por la nuestra. Pero había que intentarlo.

Sabina se reunión en la sala junto a Margaret. Llevaba imágenes de Nicolay y se notaba su angustia por la desesperación del líder de los vampiros. En un momento rompió a llorar y abrazó a Sebastien.

—Sé cómo te sientes. Ojalá lo encuentres pronto.

Thashy, hija mayor de Agni, había escuchado parte de la conversación. Se acercó a la reunión con reparo, con esos movimientos lentos de los felinos y la mirada fija en Petrov y la loba.

—No te preocupes querida, Petrov es un amigo. Y sabina es la madre de Douglas.

Ella quedó inmóvil y sus ojos escarlata fueron al gran ventanal.

—El bosque –susurró.

Thashy tenía el don de ver el futuro en algunas ocasiones. Pero su don se había perdido desde que había estado en cautiverio en manos de la serpiente.

Sebastien avanzó hacia ella.

—Thashy, haz un esfuerzo, por favor. ¿Ves un niño en el bosque?
—No, no lo veo. Presiento el karma –volvió su vista a Sebastien y a Sabina y susurró—. El universo devuelve…

¿Qué querría decir? Nadie entendía y no podíamos perder más tiempo. Petrov prometió llevar refuerzos en las inmediaciones del monte. Nosotros nos internaríamos al corazón mismo de la naturaleza.

Sabina.

Pegué la imagen de Nicolay en el árbol y enganché el papel en la punta de una corteza saliente, así el viento no lo arrastraría. La angustia me ganaba. Un hijo perdido, un hijo ausente, y ese vacío intolerable que despedaza tu corazón. Casi tres días de buscar a Nicolay, de no saberlo vivo o muerto. La sensación que sufría Sebastien se asimilaba a lo vivido con Douglas. Aunque me habían dado la certeza que mi bebé había fallecido, yo no lo había visto. No había enterrado su cuerpo. Y ese detalle para un padre es una luz de esperanza, agónico, pero esperanza al fin. El tiempo es la única medida cruel y paciente que te hace perder las ilusiones. Tan solo dos días habían transcurrido pero ignorábamos cuanto más seguiríamos buscando a Nicolay sin encontrarlo.

Me detuve en esa cara sonriente de cabello rubio y ojos claros. Tenía un iris gris, como las nubes espesas que cargan la tormenta. Iguales a su padre y a su abuelo, Adrien Craig. Debió ser muy difícil para el niño escuchar sobre el suicidio de su madre. La muerte es desagradable para los adultos, quizás para los niños tenga un ápice de fantasía. Sin embargo por más que se la dibujemos o adornemos, la muerte es ausencia y lleva su tiempo aceptarla.

Mi vista apuntó hacia el sendero que se bifurcaba de la ruta y entraba al bosque. Más de un kilómetro hacia las entrañas del monte se hallaba el cementerio sami. Cuando parte un ser querido no entierras solo un cuerpo, también el futuro y las ilusiones. Como si arrancaran las hojas de un almanaque de los días posteriores que aún no han llegado. Y te quedas allí, inmóvil porque el tiempo se detiene para ti. Sin embargo tu alrededor continúa… El resto del mundo se levanta, va a trabajar, come, duerme… Y tú sigues allí, estático. No entiendes de estadios y dimensiones, ni de religión ni de energías. Aunque seas pastor, erudito, o catedrático. Sencillamente porque ya no te interesan explicaciones. Quizás porque sabes que no serán suficientes. La muerte se presenta y te dice, “estoy es lo que hay, te guste o no, no podrás dominarlo.” Y lo que los seres vivos no podemos dominar, nos aterra.

Observé la imagen de Nicolay. ¿Se encontraría bien? ¿Le habría ocurrido algo irrevocable? El rostro del pequeño se transformó en el rostro de Douglas. Lo había imaginado tantas veces aunque debo confesar que con rasgos más parecidos a los míos… ¿Por qué me había mirado así la chica Sherpa? ¿De qué karma hablaba?


El sami.

Había llegado al atardecer a visitar a los sami, como cada quince días acostumbraba a hacerlo. Les llevé leña y un par de botas de piel que había confeccionado para el trueque. El regalo de mi amigo Drank resultaba muy útil para no cargar a los hombros la carga pesada, aunque el sidecar no podía llegar hasta el interior del bosque. Sin embargo ellos estaban atentos a mi llegada. Muy puntuales esperaban antes de la puesta de sol en el corazón del bosque.

De camino a la reserva sami, a veces entonábamos un “joik”, cántico que nos recordaba a nuestros antepasados y costumbres. Esas que ellos habían sabido mantener muy bien a pesar del progreso. Sin embargo, esta vez iban muy callados aunque se alegraron de verme como siempre. ¿Habría alguien enfermo? Se notaban preocupados.

No acostumbraba a preguntar. Ellos tampoco a mí. Sin embargo al llegar a las diez primeras “lavvu”, chozas circulares, el movimiento de rutina no era el mismo y el aire podía palparse enrarecido. No veía hembras atareadas ni machos ocupados en tareas comunes. Solo la olla de hierro hervía sobre la fogata desprendiendo un leve aroma a guisado. Era raro que no me esperaran con un “suova”, carne de reno ahumada con patatas y frutos del bosque. Quizás estarían ocupados en algo muy importante.

—¿Te quedarás a comer, “Sjernet”? –preguntó Audum, hijo mayor del chaman.

Dudé unos instantes.

—Solo si no seré una carga.
—Tú nunca serás una carga.
—Gracias… Pero… Creo que no es una buena noche para los sami –observé alrededor.

Sonrió apenas.

—No, no lo es. Aunque tú no tienes la culpa.
—Quisiera dar mi pesar si es que alguien falleció.

Esperaba que mi pregunta encubierta no cayera tan mal. La verdad que no deseaba quedarme si era un día de duelo y recogimiento. No era parte de la tribu aunque mi descendencia fuera sami.

Él depositó parte de la leña en el suelo y me miró.

—No hay muertos, aún –sus ojos color café se achinaron buscando el horizonte.
—Oh…
—Pero quizás pronto lo habrá.
—¿Quién enfermó? Puedo traer más medicina.

Negó con la cabeza. Se acercó y habló entre susurros.

—La medicina no nos salvará de la muerte si él no regresa con los suyos. Y él no quiere regresar.
—¿Él? Un “sjernet”. Audun, dime cómo puedo ayudar. ¿Necesitan que lo ahuyente de aquí?
—No… Lo haríamos si fuera un turista entrometido, pero no lo es.

De pronto, una hembra salió de un lavvu y aguardó inquieta en la puerta de la choza del chaman. Esperó a Autun, que se le unió y ambos entraron al lugar sagrado. Los renos que acostumbraban llegar con los pastores desde la pradera habían permanecido en el establo.

¿Qué diablos ocurría en la reserva sami? Abandoné la bolsa de arpillera que contenía medicina y las botas de piel. Me senté sobre un tronco y Asta se acercó sin sonreír. Encendió una pipa con tabaco. Dio dos pitadas largas y me la ofreció. Fumamos en silencio. No volví a preguntar ni él tampoco dijo palabra. El sol se había ocultado por completo y permanecería así por un par de horas. En el cielo nocturno una tormenta poco a poco se avecinaba. Parecía querer descargar una lluvia torrencial, sin embargo con el transcurso del tiempo no cayó una gota.

Más tarde, hembras y machos nos reunimos junto a la fogata para cenar el guisado. Éramos alrededor de quince personas contando conmigo. Pero tenía buena memoria, faltaban hermanos en esa reunión. ¿Estarían en la choza del chamán? ¿O vigilando al extraño intruso? Sabía que no estaban acostumbrados a recibir visitas y formaban un círculo muy cerrado entre ellos. El significado de “sami” lo marcaba, “gente que está unida”. No solo era su ropa colorida y sus cánticos dulces y melancólicos los que lo hacía pertenecer a un mismo grupo, también su historia, sus costumbres, su amor por la naturaleza. Quizás por eso su admiración y respeto hacia los lobos. Pero ese día había algo más que les producía un temor reverencial. Autun lo había dicho… “No nos salvaremos de la muerte si él no regresa con los suyos.” ¿De quién hablaba el hijo del gran chaman?

La tormenta pareció alejarse y las estrellas fueron dueñas del cielo. Me puse de pie. No me quedaría a pasar la noche junto a la hembra que me regalaba placer, hoy no…

—Debo irme. El regalo de “Brann har” ha quedado en el bosque.
—Venn, amigo… deseamos que te quedes –dijo Asta.
—No te preocupes, el tiempo ha cambiado, no me sorprenderá la lluvia.
—No es por eso, sjernet. Ya no lloverá. Es el deseo de alguien muy poderoso.

Me pregunté quién era tan poderoso para cambiar el clima ante una tormenta inminente.

Beiwe quitó algo del bolsillo de su falda.

—Para tus lobos –ante mis ojos se balancearon tres collares de semillas.
—Gracias –los cogí sonriendo.
—Protección –agregó—. Son semillas de arce. Su cualidad, ser visionario y fuerte
—Gracias Beiwe.

Antes de alejarme giré para echar una última mirada a ese pequeño rincón del mundo que apreciaba. Iba a emprender la marcha, preocupado, intrigado. ¿Quién se encontraba entre ellos que producía ese temor? A la vez, ¿por qué resultaba ser intocable? Mi partida fue interrumpida por Autun, salió del lavvu del brujo y avanzó hacia mí.

—Mi padre quiere verte.

¿El chamán deseaba verme? No lo dudé. Mi carácter no se caracterizaba por ser sumiso sobre todo después del abandono de mi propia sangre, pero no me negaría ante un pedido de quien dirigía la tribu con sabiduría.

Al entrar al lavvu sagrado, lo vi sentado sobre un tapiz descolorido. Frente a él, un recipiente de barro despedía un humo liviano con aroma a savia. Se decía que el anciano podía hablar con los muertos. Sus manos descansaban sobre las rodillas. Tenía los ojos cerrados pero los abrió cuando me acerqué lentamente.

—Sjernet, bienvenido, como siempre. Hijo de raza pura y noble, acércate.
—Chaman… Dijeron que querías verme. ¿En qué puedo ser útil? –hablé en nuestro idioma.

Me mantuve de pie aunque me acerqué para que habláramos frente a frente.

—Sjernet, sé que vives aislado… Está noche debes esconderte o te encontrarán.
—¿Quiénes? –balbucee—. Brann har jamás me delataría.
—Él no. Pero el bosque estará alterado. Ellos lo buscarán en cada centímetro de monte, en cada rincón de esta tierra, incluso hasta el fondo de los mares. Nos descansarán hasta que regrese con ellos.

Con una inclinación de cabeza a modo de respeto murmuré.

—¿Puedo preguntar quién y por qué?

Cerró los ojos como si memorizara. Así se mantuvo por unos largos segundos. Hasta que los abrió y entristeció.

—Hace mucho tiempo, más de veinte años, un niño fue robado de la raza dueña de los bosques. Ese niño ciego debía crecer en la reserva, con su madre y con su gente. Pero fue arrancado de su destino por los seres de luz violeta. Hoy, después de tanto tiempo el karma se cobra la deuda. Un niño vampiro quiere quedarse en el bosque para no regresar con los suyos.
—¿Un niño vampiro? ¿Cómo llegó hasta aquí?

Sonrió levemente.

—La respuesta simple sería que se ocultó entre la carga de víveres. Nuestra gente lo trajo sin saber que viajaba con ellos hasta el corazón del bosque. Pero no es esa la razón. Es el destino. El ida y vuelta del universo, Sjernet.
—Entonces, ¿no lo devolverán?
—Nosotros no lo retenemos, el niño no quiere partir de aquí. He decidido no forzarlo. Aunque mi tribu tenga temor.
—¿Y si cambia de opinión?
—Será libre para partir.
—Pero… es un niño… El bosque tiene peligros. Quizás no sobrevivirá.
—Quizás, como tú, hijo de la guardiana del alfa.
—Tú lo has dicho, mi madre era guardiana del alfa. Yo era un niño especial.
—Él también lo es. Lleva en su sangre el poder del líder de su raza. Es nieto del gran Thor.

Abrí mi boca y la cerré. Estaba asustado como hace mucho tiempo no sentía el miedo. Los Craig… Tarde o temprano se enterarían porque llegarían hasta aquí. No quedaría árbol en pie. Su furia desataría la devastación de toda la reserva. No quedaría nada contra los poderosos de luz violeta. Y la amiga de brann har… inundaría el valle hasta la montaña.

—Tal vez ellos son amigables –me atreví a agregar—. Entenderían que el niño quiso quedarse.
—Nadie es amigable cuando tienen algo tuyo.
—Pero no robaron, es por su voluntad. Según mis padres… —me detuve ante la nostalgia del recuerdo—. Según ellos, Thor era sabio y pacífico.
—Él ya no está entre los vivos, Sjernet. Y no he podido comunicarme con él. Está muy elevado, inalcanzable para mi conocimiento. De todas formas, los hechos están en manos de su descendencia. Y… —me miró apenado—. Tú lo sabes, del árbol que regala sombra no todos los frutos serán buenos.

Recordé a mi hermano… Fruto venenoso…

—¿Qué puedo hacer por ustedes? Son mis hermanos.
—Por nosotros nada, mi querido “venn”. Escóndete todo lo que puedas. Sería bueno que te unas a tu gente pero sé que no estás preparado.
—No me uniré a ellos. Iré por mis lobos y me quedaré aquí. Si tú lo permites.
—Esta es tu casa. Y es tu decisión.

En ese instante Runa entró en el lavvu. Llevaba de la mano un niño muy bello. Su cabello era rubio como el oro y sus ojos grises como el humo.

—Siento entrar así, gran chamán. Pero el niño insiste en no querer partir. Hay temor entre los hermanos.

El brujo lo observó acercarse. Sonrió con ternura aunque podía notar cierto resquemor.

—¿Tú eres brujo?
—Eso dicen —volvió a sonreír. Acércate, no me tengas miedo.

El niño avanzó lentamente.

—Dicen que no quieres irte de aquí. Que no quieres regresar con los tuyos.

Él negó con la cabeza. Pareció pensar y titubear antes de hablar.

—Me mintieron… Mi mamá quiso morir… No enfermó. Me dejó… Dicen que tú puedes hablar con los muertos.

El brujo arqueó una ceja.

—Sí, algunas veces.
—Quiero hablar con mi mamá.
—No es tarea muy fácil. No siempre lo logro.
—Pero yo he visto a mi abuelo, y también al mensajero de la muerte. ¿Lo conoces?
—¿En serio? No, no he tenido ese placer. Solo con mis antepasados porque ellos quieren comunicarse.
—¿Harás la prueba? Por favor.
—Niño vampiro… ¿Qué es lo que lo que los muertos pueden responderte, que los vivos no puedan decirte? ¿Sobre partir? Eso es cosa de ellos. Acepta los dos mundos… Aunque seas pequeño.
—¿Por qué me dejó? No era importante para ella. Quiero preguntarle. Por favor…
—Yo… Me retiro chamán. Permiso.
—Ve Sjernet. Que los dioses te acompañen.
—A ti también.

Regresé en busca de mis tres lobos. El cielo estaba despejado, según los sami, por alguien muy poderoso. Solo pensé que si era alguien tan poderoso para cambiar los cielos, su poder desataría la devastación. No iría con “los míos” como habría aconsejado el chamán. Porque hace ya mucho tiempo yo había dejado de ser parte “de ellos”.