INTRODUCCIÓN

Introducción:

Dentro de los Sami, una raza milenaria se ha mantenido en secreto. Los lobos basados en la naturaleza y el honor han logrado la supervivencia lejos del ojo humano.

La reserva es su hogar y transitaré en ella para conocer cada secreto. Es un gusto que ustedes me acompañen. Estoy segura que reirán y se emocionarán.

Por mi parte cada línea, cada párrafo sobre ellos, me ha llevado a un mundo de misterio y fascinación.

Lo siento no puedo prescindir de ellos. Ellos… también me han atrapado.

domingo, 26 de enero de 2020

¡Hola chicos! Espero que estén muy bien. Aquí he terminado el capi, un poco más largo que lo corriente. Pero si cortaba escenas los lectores me cortan la cabeza, jajaja.
Antes de despedirme tengo una "Fe de erratas". El capítulo anterior mencioné el Palacio de Invierno. Fue un error, es el Palacio de Verano.
Sepan disculpar.
Ahora sí, el capi todo de ustedes. Miles de besos y feliz semana.



Capítulo 28.
Hilo conductor.




Anouk.

Pasee entre las pequeñas mesas de colores vivos. Serían doce niños lobo que se entretenían en dibujar y pintar con entusiasmo. Me sentía feliz, muy feliz. Mi propia aula, mis propios alumnos. Nunca hubiera imaginado que acabaría en una escuela—guardería en una reserva de lobos. En general parecían obedientes aunque un poco inquietos, pero que niño de tres a cinco años no era así.

Aún no sabía los nombres pero estaba segura que los aprendería. Y los llamaría uno por uno y ellos terminarían por quererme.

Fui acercándome con disimulo y estudié los diferentes dibujos. La mayoría estaban concentrados en su obra de crayones pero dos de ellos alzaron la vista y sonrieron.

—¡Mire maestra! Hice un dragón.
—¡Yo hice una casa muy grande y linda!

Me incliné para verlos mejor.

—Oh, ¡qué lindos!
—El mío es más lindo que el de Caty.
—¡No! ¡Mentiraaa!
—De ninguna manera, los dos son muy lindos –refuté.
—Pero mi dragón lanza fuego y puede quemar la casa de Caty.

Cielos…

—No, porque el dragón que dibujaste es bueno y esas cosas no hace.
—¿Cómo sabe maestra que mi dragón es bueno?
—Porque… Porque… Porque le has hecho unas rayas amarillas en las crestas y los dragones que tienen crestas amarillas son buenos.

El niño miró su dibujo decepcionado.

—Además –agregué—, si el dragón quema la casa de Caty, la casa caerá sobre el dragón y lo matará.

El niño abrió la boca asustado.

—Entonces no es malo y no le va a quemar la casa.
—Me parece bien –sonreí.
—¡Maestra, quiero ir al baño! –lloriqueó una niña.
—Bueno, ven –extendí la mano y la niña corrió junto a mí.

La guié hasta el baño y la esperé en la puerta.

—¿Sabes ir sola?
—Sí, maestra ya tengo cuatro años.
—Oh, claro…

Recostada en la pared podía observar al resto de los niños en el aula. Sabía que a tan corta edad era peligroso quitarles la vista de encima. Los niños daban trabajo aunque muchas satisfacciones. Pensé en mi madre… Cinco hijos… Creo que los que más dimos dolores de cabeza fuimos Dimitri, Svetlana y yo. Sí… Los niños vampiros también merodean cerca de las hornallas de cocina, intentan trepar muros altos, y suelen desobedecer. Tal cual como los humanos.

Recordé partes de mi infancia… Quizás fue la más solitaria porque mis hermanos me llevaban muchos años. Mamá me tuvo en el año 1940. Cuando Iván, el mayor, había cumplido veinte años, y Svetlana la más pequeña, los diez.

Me dieron los gustos, me cumplieron cada capricho, siempre y cuando no hiciera daño a los demás. Pienso que el gran afectado fue el bolsillo de mi padre. Es difícil abandonar la buena vida, los lujos, las comodidades, para cualquiera. Eso me repetía Iván hasta el cansancio. Tenía razón, lo que él no entendía es que el objetivo de tu vida es lo que modifica lo difícil. No hay mucha opción si tu felicidad anida en lo austero, en lo simple, en el amor de tu vida.

Amor… Ese es el motor para que ya nada importe. Para que el dinero no tenga razón de tenencia si no sirve compartirlo con el otro. Eso fue lo que le dije a papá la noche anterior, en la boda de Dimitri.

“Ya no viviré en Moscú. Partiré en unos minutos a Kirkenes.”

Recuerdo su rostro apenado y su frase entrecortada.

“Tu madre cree que no volverás. Quizás alguna vez de visita.”

Sonreí con tristeza y contesté.

“Las madres nunca se equivocan, quizás… alguna vez de visita.”

—Maestra, estoy aquí –la niña tironeó mi blusa.
—Oh, cierto. Ven, tienes que terminar tu dibujo así se lo regalarás a tus padres.
—Ya lo terminé, se lo regalaré a mi hermana. Mis padres se fueron al cielo con la gran helada.

Detuve mi andar y la miré. Ella lucía un rostro de aceptación incapaz de sostener cualquier adulto en su situación. Los niños tenían ese don. La superación ante grandes escollos y sucesos horribles. Pienso que es porque aún creen en la magia. Esa que los adultos van olvidando con los años.

Observé por los grandes ventanales algunos padres que se acercaban. Ya era la hora de que los niños regresaran a sus hogares. No necesité mirar mi Rolex en mi muñeca. El sol había descendido hasta las ramas más bajas de los cipreses. Serían casi las cinco de la tarde.

Me dirigí a los pequeños con una orden.

—Niños, guarden su vasito y servilleta en la mochila. Los crayones y la carpeta en el cajón de su mesita. Pueden llevar su dibujo para mostrar en casa. Mañana nos volveremos a ver.

Ayudé a varios pequeños que por su corta edad aún les costaba el dominio de la mochila. Sobre todo a Andrew, que había nacido sin su brazo izquierdo por un defecto congénito.

Cuando estuvieron listos, hice que formaran una fila frente a la puerta así saldrían ordenados. Algunos chicos se los veía ansiosos por regresar con sus padres, otros reían y hablaban entretenidos entre ellos. Quizás los que no contaban con hermanos o con amigos sentía la nueva experiencia de socializar.

Al abrir la puerta, los padres se agolparon con premura. Sí, tenía que haber ordenado una fila para ellos también. Por orden cogí a cada niño de la mano y le di un beso en la mejilla, leyendo el nombre bordado en el pintorcito azul.

—Hasta mañana, Chili. Hasta mañana Bernabé. Hasta mañana Luca…

Y así sucesivamente hasta despedirme del último niño.

Las voces de padres y pequeños fueron disminuyendo, alejándose por el sendero hacia las cabañas. Frente a mí, el bosque y sus sonidos vespertinos. Cerré la puerta y giré hacia el aula. Me dispuse a ordenar las sillas y recoger algún que otro crayón perdido por el suelo.

Una congoja comenzó a invadir mi corazón. El silencio después de tanto bullicio es más silencio. Es más impactante. Al menos para mí lo fue.

Otra vez la noche en el Palacio de Verano volvió a mi memoria.

Los aplausos para Dimitri y Anoushka. Los humanos de alta sociedad que habían cosechado mis padres a lo largo de los años. El vals con mi padre, con Anthony, y mis hermanos. El cotilleo con mamá y Svetlana. La mirada comprensiva de Natasha sobre mí.

Después de despedirme de mi familia, cuestión que con mamá fue muy difícil ya que tenía miles de recomendaciones para mí, felicité a los enamorados. Mis pasos avanzaron por el gran salón dorado. Mi padre me siguió con cierta preocupación. Fue por eso que me detuve y tuvimos esa charla. Necesitaba tranquilizarlo que estaría bien, aunque me encontraría muy lejos de mi hogar y por un largo tiempo. A lo mejor lo que más le preocupaba era que no me encontraría bajo la mirada atenta de los Craig. Es que era mucho mejor quedarme algunos días de la semana en el Jardín de Infantes, así no tendría que atravesar el bosque cada día al atardecer. Traté en lo posible que no se desvelara pensando en mí. Aunque para los padres en su situación quizás era muy difícil.

—Anouk, si necesitas algo… ya sabes, me avisas por el móvil… ¿Hay señal?

Reí.

—Sí papá, hay señal en la reserva.
—Ah, igual los Craig no están tan lejos, ¿o sí?
—No papá, no es tan lejos.
—Bueno… Creo que ya es hora de que partas, no quiero que pierdas el avión –observó mi pequeño bolso de mano—. ¿No te olvidas de nada? De todas formas no te preocupes si eso ocurre te guardaremos tus cosas. Tu habitación quedará intacta y…
—Papá –mi mano encerró su mano—. No me faltará nada. Recuerda que hace tiempo vivo con los Craig.
—Lo sé, lo sé… Okay –sonrió y sus ojos brillaron bajo las luces de la gran lámpara señorial.

Lo abracé fuerte y él me imitó. Acarició mi espalda y me apartó para mirarme a la cara.

—Te extrañaremos. Prométeme solo una cosa.
—Dime –dije con los ojos húmedos.
—Sé feliz.
—Lo intentaré. Hasta pronto.
—Hasta pronto, hija.

Comencé a bajar la escalinata del bello palacio hacia los jardines. La cola de mi vestido imperial lamía los sócalos lentamente. Prendí en el cuello el único botón de mi capa y descendí uno a uno los escalones de mármol. Eché un vistazo al bosque que rodeaba más allá de los canteros floridos. Pensé que si Anastasia hubiera escapado del palacio por un amor, quizás hubiera vivido. Yo no tenía bolcheviques que quisieran asesinarme, solo quería encontrar mi felicidad. Pero de alguna forma quedarse sin el verdadero amor de tu vida, es morir un poco cada día.

Volví la vista al final de la escalera, entonces lo vi… Ivan de pie, erguido, con sus ojos púrpura en mí. Sonreí y continué mi elegante descenso. Al faltar tres peldaños me detuve y lo miré. Extendió su mano y me apoyé en ella hasta pisar el canto rodado del sendero.

No dijo nada, es que no hacía falta. El disgusto y la tristeza se reflejaba por si sola en su mirada. Me extrañaría, mucho. ¿Sentiría que me perdería? Tal vez…

—Hasta pronto –murmuré. Mientras los recuerdos de dos hermanos compinches se desdibujaban en la memoria.

A lo mejor, con el tiempo me entendería. A lo mejor…

Mi mano se desprendió de la suya, lentamente. Y las yemas de los dedos acariciaron la palma de aquel hermano mayor que siempre me había consentido y defendido, aun cuando yo no tenía razón. Mis preguntas imperiosas y agotadoras que siempre tenían su sabia respuesta. El dinero que me daba a escondida de mis padres cuando me fui de Moscú. Las canciones que cantábamos reunidos en la sala junto al árbol de Navidad. Las lecturas sobre historia en las noches invernales de Rusia. Muchos recuerdos…

Volvería a ver a mi familia, sin embargo había algo que no volvería a ser igual. Partía hacia mi destino, a ejercer mi humilde pero grandiosa profesión, y a los brazos del amor de mi vida. Un humano leñador.

Me alejé sin volver la vista atrás. Porque por más que fuera hacia mi felicidad prominente, miles de cosas me ataban a mí amada vida imperial. Y quizás me hubiera arrepentido de ser tan valiente.

El sendero sinuoso finalizaba en los altos portones. A los costados, el bosque de abedules, típico de la vegetación rusa con su corteza blanca y casi cuarenta metros de altura. Su follaje parecía un cabello rizado. Ellos también estaban allí para despedirme.

Me detuve ante la hilera zigzagueante de árboles y observé el pequeño bosque iluminado por las farolas potentes… Avancé adentrándome entre la vegetación. Era la hora de mi don dormido, ese que nunca me había interesado tanto probar. ¿Llegar en avión a Kirkenes? No… Eran muchas horas de vuelo…

Hacía más de un mes había ensayando materializarme desde mi habitación en la mansión hasta el jardín de los Craig. No lo había logrado. Pero hace una semana, intenté hacerlo desde el mismo lugar cambiando el objetivo, la parte trasera del Jardín de Infantes. Y lo había logrado. Entonces, el éxito del don lo encerraba la fuerza por estar en aquel lugar elegido.

Avancé entre abedules… paso a paso… Cerré los ojos y lo imaginé por varios segundos. Cada molécula de mi cuerpo diluyéndose, separándose de mi cuerpo, para luego unirse en aquel paisaje que comenzaba a amar tanto como a Drank.

Mientras caminaba lento mis oídos escucharon los primeros sonidos diferentes. Mis ojos se abrieron… El bosque me rodeó… Pero ya no eran abedules rusos… Los altos cipreses y pinos puntiagudos se alzaban hacia el cielo. El sonido de los búhos y los grillos a mi alrededor. Y el aullido de un lobo llamando a la manada.

—¡Hola cariño!

Reaccioné y volví al presente. Drank entró al aula con esa sonrisa que iluminaba hasta los días de tormenta.

Sonreí y guardé la caja de crayones que había olvidado un pequeño arriba de su mesa.

—¡Hola Drank!
—¿Ya se fueron los monstruos?

Reí.

—No seas malo. Recuerda que también fuiste niño.
—Pero yo fui un niño muy bueno.
—Mmm… Eso habría que preguntárselo a tu padre.
—No, mejor no –se acercó y me rodeó con sus brazos.
—¿Hay algún beso para mí? Seguramente has repartido muchos en mejillas pegoteadas de dulces golosinas.
—Sí –reí. Di un beso en los labios—.
—¿Perdón? ¿He venido de tan lejos para que me dieras ese pobre beso? ¡Qué despiadada!
—No has venido de tan lejos, tu cabaña queda un poco más de cien kilómetros –sonreí divertida.
—Es que se me ha hecho tan largo. Así que… aparte del beso apasionado que me debes, vine a hacerte una propuesta.
—¿Indecente?
—Ehm… Sí.

Mi ancha sonrisa combinó con un ligero rubor en las mejillas.

—Escucho.
—Mmm… Quisiera que aceptes mi invitación a quedarte en mi cabaña… esta noche.
—¿Estás preguntándome si quiero acostarme contigo?
—Joder con tu romanticismo –rio—. Pero sí, eso quiero decir. Sin compromiso obvio. Si no aceptas lo entenderé y…
—Sí, acepto.
—¿Dijiste qué sí?
—Sí, dije sí.

Tiró la cabeza hacia atrás con una ancha sonrisa.

—¡Genial! Pensé que iba a ser más difícil.
—¿Me estás acusando de fácil? –bromee.
—Nooo, en absoluto. Solo que para tener el honor de poseer a una princesa rusa…
—Ya no soy una princesa rusa –acaricié su rostro.

Nos miramos en silencio…

—Siempre serás mi princesa rusa, aunque vivas con los Craig o en la reserva. Mi loca y divertida princesa de familia imperial.

Inclinó el rostro buscando mis labios. Antes de posar los suyos, murmuró.

—La mágica princesa que me rescató del desamor.

Chelle.

Entré a mi clase en medio de un bullicio ensordecedor. Me detuve y la mayoría de los alumnos se percataron de mi existencia. Hubo exclamaciones de terror. Después la clase quedó en silencio.

—Vamos, que no es tan difícil.
—¿Y si nos toma el examen la próxima semana?

Sonreí y negué con la cabeza.

—La próxima semana ya estaremos aprendiendo otros temas del programa. Sean valientes y saquen un par de hojas.
—¿Un par? ¿Hay qué escribir mucho?
—¡Profesor, por favor! ¡Qué sea fácil y corto!
—Vamos chicos, no preguntaré nada de lo que no hayamos visto. Ah, las mochilas y bolsos en un rincón del aula. Lejos de ustedes. Solo las hojas en blanco y la lapicera.
—¡Profesor, no somos adolescentes!
—Por eso mismo, son más astutos y creativos para copiarse. Vamos, no pierdan tiempo. Comenzaré a dictar en dos minutos.
—¡Te jodieron, Mark!
—Cállate, imbécil. Estudié.
—Silencio… Pasaré lista.

Los alumnos en general eran bastante rebeldes, mi aula en particular, pero evidentemente conocía cuando una orden no iría a variar por más súplicas y pataleo. Así que poco a poco el silencio reinó y se acomodaron listos para escribir las preguntas. Mientras pasaba lista mis ojos se dirigían a cada chico, de esa forma en poco tiempo los conocería a todos por su cara y apellido. Hubo dos ausentes. Monak y Fjellner…

Mentiría si dijera que por un lado me alegré que ya no tuviera ese lobo problemático en la clase, pero por otro… tuve lástima por él. Realmente sus notas habían sido brillantes y ahora perdería el curso por no asistir al examen. Bueno, yo había perdido muchas cosas en la vida. Él parecía muy joven, alrededor de veintitrés o veinticuatro años. Así que tendría muchas oportunidades en el futuro.

Me dispuse a pasear entre los angostos pasillos observando a los alumnos. No pude evitar mirar hacia el par de asientos vacíos. Era una lástima no haberse presentado. De pronto, mi vista de vampiro reconoció un movimiento sospechoso. Uno de los chicos gesticulaba a otro con cierto grado de desesperación.

—Caballero, ¿puedo ayudarlo?
—Ah ehm… No es que tenía una duda.
—Pues, dígame. ¿Cuál es la duda? Quizás lo pueda ayudar.
—Sí… ehm… ¿La respuesta de la pregunta cuatro?

Todos rieron.

Sonreí e incliné la cabeza mostrando duda.

—Creo que no lo voy a poder ayudar. Y su compañera tampoco. Tenía que haber estudiado.
—Estudié, profe. Es que tengo mala memoria.
—Haga un esfuerzo. Ese tema lo repasamos antes de ayer.
—Ufa…

Comencé a transitar por el tercer pasillo y al llegar al fondo algo llamó la atención. Me acerqué a contemplar la hoja escrita.

—Estimado… ¿cómo pudo escribir dos carillas y media en tan poco tiempo?

El alumno me miró y un color granate tiño sus mejillas. Bajó la vista y titubeó.

—Las traje de casa… Perdón.

Si había silencio en la clase en ese minuto hubo mucho más. Hasta el vuelo de una mosca hubiera escuchado.

—Tendría que ponerle un “1” por la trampa. Pero… considerando que me dijo la verdad –le quité las hojas—, le voy a dar otra oportunidad. Así que saque dos hojas y vuelva a empezar. Responda lo que recuerde, al menos será digno.
—Gracias, profesor.

La hora transcurrió sin sobresaltos. Uno a uno fueron terminando el examen y dejando las hojas sobre el pupitre. Tendría trabajo al llegar a la cabaña de Charles. Mejor, conciliar el sueño últimamente era un problema.

La chica rubia que siempre me miraba con embeleso fue la última en entregar. Aprovechando el aula vacía volvió a las andadas.

—Profesor, quiero que sepa que es un bombón y estoy locamente enamorada de usted. Por supuesto no deseo que eso influya en mi examen.

Sonreí.

—Tranquila, no influirá.
—En mi hoja le dejé mi número de móvil. Si usted quiere…
—Le agradezco infinitamente el honor que me hace. Sin embargo soy un hombre comprometido con hijos –mentí.
—¿En serio? –se decepcionó—. ¿Pero a qué edad se casó?
—Muy joven.
—Es joven.
—Pues, más joven.
—Okay… Bueno… si algún día se divorcia guarde mi número.
—Muchas gracias lo tendré en cuenta. Hasta el lunes.
—Hasta el lunes, bombonazo.

Salió, cerró la puerta, y rodee los ojos. Cielos…

Ordené las hojas sueltas y las puse en la carpeta celeste. Eché un vistazo al aula vacía por si un chico había olvidado alguna pertenencia... Todo perfecto.

Avancé hacía la puerta, la abrí y cerré dispuesto a coger el pasillo, pero lo olí y lo vi… Era el lobo hablando con una chica. Tenía su clásica sudadera negra y la capucha puesta. Al parecer estaba furioso consigo mismo y su compañera trataba de calmarlo. Me pregunté porque rayos el lobo no había llegado más tarde, entonces ya no lo habría cruzado.

En un movimiento de su rostro, sus ojos ámbar me vieron. Quedó inmóvil y yo también. No habrían pasado varios segundos que se despidió de la joven y caminó hacia mí.

Joder…

—Profesor.
—Fjellner, llegó tarde –lo interrumpí.
—Mi vida es una mierda, mi moto se pinchó, no encontraba un mecánico cerca. Tuve que arrastrarla tres manzanas. El tipo demoró una eternidad y me cobró como si fuera una moto nueva.
—Lo siento.
—No, es que usted no tiene idea lo que es mi vida, todo me sale mal, ¡todo! La vida es una mierda, el mundo está en mi contra y no me voy a amagar por abandonar el curso porque la verdad, no vale la pena. ¡Nada vale la pena! Dígame lo que quiera. Que soy irresponsable, que no me cree, que me largue de una vez y…
—¿Terminó, Fjellner?

Enmudeció y me miró fijo.

Di un empujón a la puerta del aula y la abrí.

—Pase, no pierda tiempo. Le doy media hora para hacer el examen. ¡Ni un minuto más!

Me quedó mirando. Abrió la boca y volvió a cerrarla.

—¡Vamos, Fjellner! Quisiera abandonar la Universidad antes del amanecer.

Sin perder tiempo entró al aula y lo seguí. Cerré la puerta y saqué de la carpeta negra los dos modelos de examen.

Él abandonó la mochila en el piso y se acercó al pupitre.

—Aquí tiene “TEMA 1”.

Echó un vistazo rápido a los dos modelos sobre la mesa. Era hábil y  astuto.

—Creo que me sé el tema 2, mucho mejor que el 1.
—¡Fjellner, no abuse de mi buena predisposición! Coja el tema 1 y empiece a escribir.
—Okay… Okay…
—¡Ah, y su mochila lejos de usted!
—¡No voy a copiarme!

Al ver mi cara inalterable ante el pedido, resopló. Sacó unas hojas en blanco, la lapicera, y lanzó la mochila hacia el rincón del aula.

Me senté en la silla, miento, me dejé caer en la silla extenuado. Cogí algunos exámenes y aproveché el tiempo para corregir.

De vez en cuando echaba una mirada al joven lobo. Fjellner era inteligente y probablemente no necesitaría ningún apunte pirata para responder las preguntas, pero también era cierto que lo inteligente no quita lo tramposo así que no lo descuidé.

A decir verdad no dejó de escribir y aprovechó el tiempo muy bien, salvo en dos ocasiones que se detuvo a pensar dudoso. Fijó el codo en su mesa. Sus espesas pestañas cubrieron ese color de iris tan particular y apoyó el dedo índice entre sus labios húmedos.

Bajé la vista, no era una imagen que podía seguir observando. Beto tenía una boca  tentadora y sugerente. Sinceramente, cualquier cosa que me recordara tener sexo sería una posición incómoda. Sobre todo frente a un alumno y en la Universidad.

Dicen que las vicisitudes en la vida tarde o temprano tienen fin. Al menos la media hora se cumplió y Fjellner tuvo que entregar sus hojas.

—Okay, el lunes traeré las notas. Espero le haya ido bien.
—Gracias.

No lo miré a la cara cuando se acercó. Quizás porque no deseaba que ese iris brilloso se hundiera en el púrpura mío. Me incomodaba desde lo profundo de mí ser. Era de esperar de mi parte frente a un lobo. Aún no sabía cómo había salido airoso hasta ahora. Ese temor que me acaparaba todo el cuerpo y me hacía temblar de pies a cabeza. De hecho, él lo había descubierto el primer día.

—De nada.

Recogí las carpetas y salí del aula.

—¡Profesor! –volvió a llamarme.

Giré ya resignado a ver su rostro otra vez.

—Gracias… Por la oportunidad.

Asentí levemente y partí de allí rápidamente.

Anouk.

Entré a la pequeña sala de Drank y quedé de pie cerca de la puerta. Él siguió de largo hacia la cocina y lanzó la chaqueta en el sofá.

—Haré café. Ponte cómoda.

Miré mi atuendo… sandalias bajas en terracota, y un vestido mangas tres cuartos que me cubría hasta las rodillas.

¿Ponerme cómoda? Ya estaba cómoda. ¿O se refería a otra cosa?

Se asomó por la puerta y sonrió.

—Anouk, siéntate.
—Ah, Okay, sí… Eso iba a hacer.

Apenas desapareció en la cocina me senté apresurada. Observé mis piernas… sin vello… ¡Genial! ¿Mis pies? Uñas pintadas. Me había bañado esta mañana. ¿Esta mañana? Demonios debía darme otro baño. ¿Dónde? ¿En su casa? No, bueno… sí…

—¡Drank!
—¿Sí, cariño?
—Ehm… ¡Quisiera pedirte un favor!

Se asomó con el filtro de café en sus manos.

—¿Podría darme un baño?
—Claro –sonrió—. ¿Quieres que te ayude a enjabonarte?
—Gracioso, sé bañarme.
—Lo sé –se cruzó de brazos sin dejar de sonreír—. Lo decía por si querías mi compañía bajo la ducha.
—Ehm, prefiero bañarme y luego, tú sabes…
—Okay, entonces te dejo espacio. El baño es ese de allí –señaló divertido—. Hay toallas en el armario.
—¡Oh qué bien! Es bueno contar con toallas… sí…
—Espero haber dejado el baño en condiciones cuando me duché.
—No te preocupes, es agua sobre agua. Tranquilo.
—Vale, comeré algo mientras te bañas y beberemos el café.
—Okay.

Me dirigí al baño poco más que volando. Cerré la puerta y respiré profundo.

—Calma Anouk, no es el fin del mundo –me dije a mí misma.

Tantee el móvil en un bolsillo interno del vestido y decidí llamar a quien podría salvarme en este crucial momento. A Rose.

 Entonces, me arrepentí. Mejor enviaría un whatsapp, de esa forma no escucharía Drank mi conversación.

Bajé la tapa del inodoro y me senté. Escribí todo lo rápido que pude.

“Roseeeeee, estoy con Drank, me quedaré a dormir y no sé qué hacer!!!!!” Emoticón de terror más emoticón llorando.

Esperé unos segundos y nada. Rose no tendría el móvil cerca porque la pantalla me mostraba dos triste comas grises.

Voy a morir… ¿Dónde se metió si vive con el móvil a cuestas? Joder jodeeeer.

—¿Todo bien, amor? –sus voz tras la puerta me congeló la sangre.
—¡Sí, Drank! ¡Adivina qué! ¡Encontré las canillas!

Mierda…

Me levanté y abrí el grifo, al menos parecería que estaba dándome un baño con actitud muy superada y relajada en vez de la realidad, caminando por las paredes al borde de un ataque de nervios.

De pronto, mi móvil sonó.

Nooo puedeee seeer. Me cago en la gran puta, mierda, carajo, y todas las palabras que había aprendido con los Craig.

—Rose –hablé bajito.
“Acabo de leerte. ¡Anouk! ¡Que bieeen, amiga! ¡Por fin se te dará!”
—Ssssh, Rose, escucha.
“Habla más fuerte, no te escucho bien.”
—No pueeedo hablar fuerteeee. Estoy en el baño y Drank está afuera esperando.
“Ah… Okay, okay… Tranquila, respira profundo, exhala, respira profundo…”
—¡Rose! Si no le gusto moriré.
“No seas tonta. Eres muy bella. Demasiado para un humilde humano. ¡Ay! Es tu culpa, estoy contagiándome de ti. Borra lo dicho. Son tal para cual.
“Dame con ella”

La voz lejana me pareció reconocida.

“Anouk, tranquila. Es algo muy importante para que lo arruines por tus nervios.”
—¿Natasha? ¿Qué haces en la mansión?
“Necesitaba hablar con Sebastien. Eso no importa. Escucha, sé tú misma. Él te quiere así.”
—Es que no sé qué hacer. Nunca me acosté con ningún macho.
“Todas tuvimos nuestra primera vez. Cálmate. Piensa que eres afortunada. Seguramente Drank siente lo mismo por ti.”
—Sí, sí… tengo que calmarme. No mejor salgo y le digo que Sebastien me necesita urgente y lo dejamos para otro día.
“¡Qué no! Solo prolongarás el momento. No seas cobarde.”
—Está bien… Está bien… Dile a Rose que la quiero y agradezco los consejos que me dio siempre, y que dicho sea de paso olvide todos y cada uno en este instante. Pero podré con esto, de verdad. Soy una Gólubev. Soy una Gólubev…
“Así me gusta.”
—Las dejo, ya tendría que estar bañada… Demonios. Adiós.

Corté la llamada y suspiré. Okay… Anouk sé valiente.


Charles.

Abrí la puerta sonriente e hice pasar a la inesperada visita.

—¡Natasha, qué placer tenerte en mi hogar!
—Gracias, Charles –sonrió.
—¿Cómo encontraste la cabaña?
—Rose me dio las coordenadas. En verdad –miró alrededor con discreción—, es muy bella.
—Gracias, querida. Margaret tiene impecable nuestro nido de amor. Tú sabes, a veces nos sobra tanto tiempo. En la mansión pasaban muchas más cosas que aquí.
—¿En serio? –sonrió de lado.
—Bueno, a veces –reí—. Coge asiento, te serviré un coñac.
—Gracias. ¿Qué tal vas con los Sherpa? ¿Se adaptaron?
—Bastante bien. A Khatry, le cuesta más sociabilizar. Sobre todo con las hembras.
—¿Kathry, el guerrero Sherpa? ¿Es tímido?
—No lo era. Después que Vilu lo usó y ultrajó…
—¡Maldita perra! Perdón, si me escucha mamá pondría el grito en el cielo.
—No te he preguntado el motivo del honor de tu visita. ¿Puedo ayudarte en algo? –serví dos coñac.
—Vine para hablar con Sebastien, sin embargo no estaba en la mansión. Rose me ha dicho que viajaron a Oslo con Bianca.
—Se han hecho una escapada de enamorados por un par de días. Puedo transmitirle lo que quieras, si lo deseas.
—Por supuesto. Es sobre la Isla del Oso –sus ojos se posaron en la mesa baja de living y se atragantó con el sorbo de coñac—. Perdón… Esas fotos…
—Ah, sí. Margaret las tenía guardadas. Las quitó de un baúl para mostrarle a Miyo.
—¿Puedo? –hizo seña de cogerlas.
—Claro. Son de Siberia. Sebastien las tomó en una oportunidad. Cuando comenzaba a indagar entre humanos en Kirkenes.

Las recorrió lentamente, en especial una.

—¿Quién es este anciano?
—A ver –me acerqué—. Él era Agni. Padre de Miyo y Thashy.
—Agni…
—Murió por la hambruna. ¿Por qué te llama la atención?
—Este anciano se aparece en mis sueños.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Y qué más?
—¡Natasha!
—¡Hola Margaret! –abandonó la foto en la mesa y se puso de pie aun con el shock.

Mi bella hembra entró a la sala seguida de las dos chicas y el guerrero. Pero él quedó de pie semi escondido por la puerta entreabierta.

—Paseamos un rato con los Sherpa para que vayan conociendo alrededor. Nos aventuramos a la costa. Miyo, Thashy, ella es Natasha Gólubev.
—Hola chicas –sonrió—, un honor conocerlas.

Thashy se adelantó y extendió la mano.

—El honor es mío, Natasha Gólubev.
—Holaaa, soy Miyo –saltó hacia ella y le estampó un beso en la mejilla.
—Hola –rio ante tanta simpatía.
—Y él es Khatry. Ven querido acércate.

Sus ojos fueron hacia el macho. Khatry se acercó lentamente con sus ojos rojo punzó. No sonrió, parecía temeroso de conocerla. Con un movimiento leve casi imperceptible cerró el abrigo a la altura de su cuello.

Natasha extendió la mano y sonrió.

—Hola, un gusto. Soy Natasha.
—Te conozco –murmuró muy bajo—. Tu padre te llevó a Nepal cuando eras pequeña –aceptó su mano cordialmente con algo de esfuerzo.
—No recuerdo. Pero es factible conociendo a mamá. Seguramente no habrá querido que subiera hasta el Himalaya si era pequeña.
—Sí, eso fue lo que dijo Mijaíl –volvió a sonreír.
—Bueno, que les parece si bebemos algo en la sala todos juntos –invitó Margaret.
—Por supuesto, pónganse cómodos –ordené.

…………………………………………………………………………………………….

La reunión improvisada fue haciéndose muy amena. Thashy contó a Natasha sobre su hogar en Siberia. Miyo interrumpía feliz para agregar datos de su rincón del mundo entrañable. Por supuesto agregando su experiencia reciente en la costa con Margaret.

—¡Una ola vino y mojó a Miyo! ¿Sabes que es una ola?
—Sí –rio Natasha.

De pronto descubrió las fotos y cogió la primera para mostrársela con alegría.

—Natasha, este es papá. Mi papá.
—Ah pues, lo he conocido. No en persona. Charles me ha contado que se trataba de Agni.
—Papá murió.
—Lamento que ya no esté –se compadeció Natasha.
—No, murió. Pero él está. ¿Verdad Thashy?
—Sí, hermana.
—¿Cómo es eso? –pregunté.
—Es que Miyo asegura que lo vio mientras escapábamos con Huan Yen.
—¿Quin es Huan Yen? –preguntó.
—Es quien servía a Vilu Huilliche.
—Su esclavo –aportó Margaret—. Gracias a él pudieron escapar.
—Y gracias a papá.
—Sí cariño, gracias a Agni.
—¡Cuántos misterios! –Se asombró Natasha—. Esos que nunca explicará la ciencia.
—Así es, querida.

Chelle entró a la sala con sus carpetas bajo el brazo.

—Buenas noches, Chelle. Ven, únete a nosotros. ¿Prefieres un coñac? –invité.
—Gracias –observó alrededor y reparó en la visita.
—¿A Natasha la conoces?

Natasha se puso de pie y extendió la mano.

—Hola. Visité Chile con mi padre hace más de veinte años. Y te he visto en la boda de Sebastien. Te recuerdo.
—Hola, sí. Hace mucho tiempo.
—Querido, ¿cómo te ha ido con los monstruos? –bromee.
—Bien, les he tomado examen.
—¿Monstruos? –se sorprendió Miyo.

Reímos.

Margaret la cogió de las manos con ternura.

—Es un chiste de Charles. Chelle enseña a chicos en una casa muy grande que se llama Universidad.
—Uni… verrr… si dá.
—¡Eso!
—Miyo quiere ir a la casa grande y aprender.
—Ya lo harás.
—¿Mañana?
—No, mañana no. Es muy pronto.
—¿Después de mañana?
—Bueno –sonrió Margaret—, un poco más que después de mañana.

Kathry se puso de pie y se excusó.

—Me retiro, yo… tengo cosas que hacer… buenas noches.
—Buenas noches –saludamos.
—Si es por mí te puedes quedar –dijo Chelle apesadumbrado—. Tengo que corregir.
—No, Huilliche. No es por ti. Es por mí.

Noté a Natasha seguirlo con la vista. Diría que su brillo no era de libidinosa o provocadora. Al contrario parecía intrigada. Sabía que no tardaría en preguntarme en cuanto se diera la discreta oportunidad. El caso era, ¿querría saber Natasha con lujo de detalles por lo que había pasado el guerrero en manos de la malvada de Vilu? Quizás por un lado habría cuestiones innecesarias. Sin embargo, eran la única respuesta del porqué de ese comportamiento temeroso y huidizo, y no de un desplante hacia ella.

……………………………………………………………………………………………….

La madrugada llegó. Las hembras se habían retirado a sus habitaciones. Natasha regresó a Moscú no sin antes informarme sobre el pedido a Sebastien. Creía que al líder de los vampiros le parecería muy buena idea. Sobre todo para resolver tantas incógnitas de nuestra raza.

Al cerciorarme que mi Margaret dormía como un ángel, salí al balcón terraza para contemplar la última hora de ese cielo estrellado. Chelle estaba apoyado en la baranda y su vista se perdía en la lejanía cuando lo sorprendí. El humo espeso de su cigarro dibujaba espirales que se disolvían con la brisa.

—¿Todo bien?

Giró para verme y sonrió.

—Sí, gracias. ¿Molesta si fumo?
—Oh no… Al contrario, ¿sabes qué? Me gustaría probar ese tabaco que tanto te gusta. ¿Turco, no?
—Sí –quitó rápidamente un puro y me lo ofreció.
—Muy amable.
—Es un poco fuerte si no estás acostumbrado.
—Veremos –encendió mi puro y exhalé.

Cerré los ojos y el gusto áspero abrazó mi garganta.

—¿Qué tal?
—Bueno, es un poco –tosí—, fuerte. Pero rico.

Poco a poco me acostumbré al sabor exótico y hasta lo disfruté. Permanecimos en silencio, fumando y observando el cielo. Hasta que se dio cuenta de algo. Era un buen lector de almas.

Me miró fijo.

—¿Estás triste?
—¿Yo?
—Sí, es que siempre eres muy charlatán.

Reí.

—Cierto… Quizás es una noche nostálgica.
—¿En qué piensas?
—Uf…
—Te he contado sobre mí, nobleza obliga –sonrió.
—Okay, tienes razón. Es que no tiene importancia.
—La tiene desde el instante que te has puesto así. ¿Qué te aqueja, Charles?
—Recuerdos.

El silencio se prolongó unos minutos más. Decidí romperlo porque necesitaba alguien que me escuchara sin juzgar.

—Hoy… En esta fecha… Hace muchos años… Odette fallecía.
—¿Odette?
—Mi hija. Una adolescente encantadora.
—¿Qué le ocurrió?
—Fiebre amarilla.
—¿Una vampiresa murió de fiebre amarilla?
—Era hija de una humana, como lo fue Sebastien. Pero ella era muy jovencita. Aún no gozaba de ninguna de nuestras virtudes.
—Lo siento.
—Sí, muy triste. Creo que intenté superarlo y viví con lo que me ofrecía la vida. No me quejaba. Acompañé a Sebastien al dejar el hogar paterno. Cuidé de Douglas, y los días parecían haber sanado las heridas. Pero un día llegó Bianca… Sin quererlo me adueñé de ella. Me sentí su protector. Mucho más cuando la salvé de la muerte y la convertí.
—Estoy al tanto. ¿Bianca te dio la oportunidad de sentirte padre?
—Sí… Y en meses me dará una nieta.
—¿Nieta? ¿Ya saben qué es?
—Sí. Le hicieron una ecografía antes de viajar a Oslo. Sebastien está feliz con su futura niña. Se llamará Odette.
—Buen gesto el de Bianca. Entonces, ¿por qué estás triste?
—Odette tiene su abuelo verdadero. El padre de Bianca. Se llama Eridan. Buen hombre pero siento que nunca tendré ese lugar.
—¿Por qué no? La salvaste. Le diste la vida.
—Eridan nunca lo sabrá. Y ante él debo conserva las apariencias. Lo sé, lo sé –sonreí—. Parezco un viejo estúpido y celoso.
—Nada de eso. Entiendo que te sientas así. Igual Bianca te dará el lugar, estoy seguro.
—Sí, no lo dudo de parte de Sebastien y ella seré como un abuelo para Odette. Aunque la realidad es que su único abuelo de sangre es Eridan.
—Verás que tu nieta te preferirá. No creo que haya otro abuelo como tú.
—Eres encantador, Chelle. Imagino que tus alumnos deben adorarte.
—Pongámosle que sí, menos alguno que otro rebelde y maleducado.
—Ah sí, el lobo. Olvídalo, ese no tendrá remedio –reímos.

Miró el horizonte y suspiró.

—Ya amanecerá.
—Tienes razón, vamos. De lo contrario sin bloqueador nos achicharraremos.

Drank.

Cuando entré a la cocina dispuesto hacer café me di cuenta que estaba a punto de tener un ataque de pánico. Por supuesto en todo momento me hice el superado, cuestión difícil si por producto de los nervios no encuentras ni el tarro de café que siempre estuvo en el mismo lugar. Joder… Pensaba que iba a ser fácil acostarme con Anouk… Nada más lejos.

Respiré profundo tratando de que mi voz saliera segura. Anouk no debía darse cuenta que era un perfecto imbécil seduciendo a mi pareja. Cielos…

Apenas se metió en el baño y cerró la puerta volé a la cocina. No para hacer café precisamente. Me dediqué a pasearme de lado a lado comiéndome las uñas.

—No le voy a gustar… No le voy a gustar…

Me detuve. Olí mi piel a jabón de manzana, respiré otra vez. Tantee mi incipiente barba… Parecía suave y no pinchaba. Mierda… ¿Le gustaría que me hubiera afeitado? No se lo había preguntado. Bueno, no quedaba bien mostrar tanta inseguridad. ¿Y si le decía que me dolía el estómago y mejor lo dejábamos para otra oportunidad? No… No, definitivamente.

Mierda, había vencido a la muerte y ahora temblaba por tener sexo por primera vez con una vampiresa… perfecta, sin rollos, sin grasa, esbelta y sin celulitis. Per— fec— ta. Madre mía…

Yo, un humano común y corriente. Ella, una diosa del Olimpo.

Atravesé la sala y llegué hasta la puerta del baño.

—¿Todo bien, amor?
—¡Sí, Drank! ¡Adivina qué! ¡Encontré las canillas!

¡Qué suerte que no tenía que entrar al baño porque estaba seguro que mis piernas no hubieran podido dar un paso frente a ella y su desnudez.

Volví a la cocina y traté de hacer café. Tamborileando los diez dedos contra la encimera esperé impaciente que la máquina pitara. Cogí dos tazas, volqué el líquido aromático dentro de ellas, okay… un poco en la encimera. Agregué azúcar y me apresuré a llegar a la sala y acomodarme en el sofá.

Primero me senté con las piernas abiertas en actitud relajada. Sin embargo al escuchar el grifo cerrarse, de un salto cambié de posición y crucé una pierna sobre otra. Estiré el brazo sobre el respaldo del sofá y respiré profundo otra vez.

La puerta del baño se abrió y la escuché a mi espalda.

—Ya me he duchado. Gracias por el baño.

Contesté como distraído.

—¡Oh! ¡De nada! Hice café. Ven, le puse azúcar.
—Por mí está bien.

Rodeó el sofá con la toalla blanca envuelta en ese cuerpo que seguramente yo no merecía. Sus piernas eran delgadas con la curva armoniosa en pantorrilla y comienzo de los muslos. Su vientre plano, sus pechos bajo la tela se notaban firmes sin ser exageradamente grandes.

Se sentó a mi lado y cogió la taza. Yo la imité y bebí un sorbo.

—Muy rico –murmuró.
—Gracias… Ehm… ¿Quieres que encienda la tv?
—Buena idea.
—Sí, ¿verdad? Podemos ver algo que te guste.
—Me gusta verte a ti, Drank –susurró.

Giré para mirarla a la cara y sonrió.

—Perdón, te debo parecer un idiota. Es que estoy nervioso.
—Yo también.
—¿En serio?
—Ajá…

Reímos.

—Creí que tu experiencia te otorgaría seguridad –comentó.
—No… Cuando uno tiene en frente a alguien demasiado importante… la experiencia no sirve.
—¿Soy demasiado importante para ti?
—No lo dudes.
—Me siento mejor compartiendo el miedo por no gustarte.
—Ven –sonreí—. Me puse de pie y le extendí la mano.

Sus ojos púrpura brillaron y se aferró a mi mano. La guié hasta la habitación, encendí la luz, y de pie junto a la cama la rodee entre mis brazos. Anouk se pegó a mi cuerpo y recostó su cabeza en mi hombro.

Acaricié su espalda húmeda mientras hundía mis labios en el cuello perfumado.

—Nada va a salir mal –susurré—. Porque estamos enamorados.

Ella se apartó y me sonrió. Después me echó un vistazo de arriba abajo.

—Creo que estás… muy vestido para la ocasión.

Reí.

—Cierto, tienes razón –respiré profundo y de un movimiento quité mi camiseta por encima de la cabeza.

La expresión de su iris al ver parte de mi cuerpo sin ropa, me elevó el ego a la máxima potencia. Lo suficiente para continuar con los tenis, calcetines, y los jeans.

Quedé con los brazos a los costados sin saber qué hacer. Como esperando la sentencia de un juez. Anouk paseó su mirada por mi pecho y la deslizó hacia abajo. Se detuvo en mi entrepierna y volvió a sonreír.

—Bóxer blanco, como en las revistas.
—¿Cómo…? ¿Qué revistas?

De pronto caí.

—Oh no, no soy como esos modelos –en un acto de astucia apagué la luz.
—Claro qué no. Eres mucho mejor. Eres… hermoso.

Tragué saliva. A través de la ventana, la luna nos regalaba la claridad ideal de los amantes.

—¿Te parezco hermoso? Porque tú eres… perfecta.

Se acercó y sus manos se posaron en mi cintura. Los ojos se encontraron.

No supe en qué momento nuestras bocas se buscaron y el beso fue solo el comienzo de ese abrazo, de las caricias, y de esa mecha que enciende y te prepara para el acto más maravilloso entre dos seres que se aman.

Caímos en la cama enredados. Ya no importaba si me sentía poca cosa, si yo era pobre, ella rica, o era feo para ella tan bella. Ya nada importaba. Solo la quería para mí y solo para mí. Esta, y todos las noches de mi vida.

Quité la odiosa toalla que la cubría y la abracé con todo mi cuerpo. Escuché ese primer gemido que te hace sentir tan poderoso. Sin embargo tomé en cuenta que sus tiempos no eran los míos. Era su primera vez en el sexo y no deseaba que se asustara o se viera forzada a hacer algo que no le gustara. Acaricié su mejilla y sus labios mientras le permitía recorrerme con sus manos. El tacto de sus dedos al principio fríos, pareció entibiarse. ¿Cambiaba de temperatura? ¿Sería la circulación de su sangre? ¿O se mimetizaba con mi calor? No era momento para preguntárselo. Tampoco para alguna incógnita sobre su raza. Aunque confieso que por unos segundos pensé si sus colmillos se clavarían en la yugular.

Pero tienen razón los que más saben sobre el amor. Es el único sentimiento que minimiza cualquier temor. No solo en las parejas, ocurre con los padres y sus hijos. ¿Acaso aquella ardilla que me enfrentó una mañana en la puerta de su madriguera, dio cuenta que yo era más poderoso? Quizás también sintió miedo, pero no le importó.

Cuando Anouk deslizó sus dedos por debajo del elástico de los bóxers, la ayudé en la tarea de quitármelos. Sin embargo no busqué sus ojos. ¿Por vergüenza? Sí, odiaba reconocerlo pero moría de vergüenza como si nunca hubiera estado desnudo frente a una mujer. Ella cogió mi cara y me besó. Nuestras lenguas se acariciaron a un ritmo lento, sin pausa. Entonces, esas mariposas que percibía en el estómago se detuvieron, y el fuego que crecía en el bajo vientre se disperso por cada célula endureciendo mi sexo.

Quedamos de perfil, mirándonos en la penumbra. Si estaba asustada o quería huir, lo disimuló muy bien. Quizás yo estaba tan sumido en gustarle que no lo noté. Lo cierto, que el contacto de piel con piel nos fortaleció y fue una clara invitación a seguir. Son los quejidos en sintonía formando un solo pentagrama. Es la perfección de lo cóncavo y convexo, esos latidos que se mezclan y ya no sabes distinguir cual pertenece a tu corazón o al de ella.

Hundí mis labios en su cuello y dibujé un reguero de besos hasta la clavícula. Sentí las yemas de sus dedos acariciar mis pezones. La tierna fricción encendió más la llama y mi boca audaz no pidió permiso. ¿Por qué pedirlo? Ella era mía como yo suyo. Mi mano encerró uno de sus pechos y lo guié a mi boca. Anouk se arqueó abandonándose al placer y mis oídos escucharon aquella frase inesperada.

—Te amo.

Por segundos, solo segundos, tuve ganas de detener el tiempo y contestar.

“¿Estás segura, mi amor? Porque yo si lo estoy. Me has armado en pedacitos. Soy tu obra irrompible mientras me ames como yo a ti.”

—Yo también te amo –jadee.

Cogí su mano y la llevé despacio hasta mi sexo. Cerré los ojos disfrutando de aquella caricia tímida pero persistente. No había rechazo en cada movimiento de sus dedos abriendo senderos de fuego. La habitación se llenó de ruido a besos, de gemidos y jadeos. Mis brazos, como cadenas, rodearon su cuerpo aprisionándola. Sus piernas enlazaron la cintura atrayéndome. Y el instinto… hizo el resto.

¿Qué si fui cuidadoso y precavido? Pues, no. Porque sencillamente ella no lo quiso así. Su fuerza claramente superior a la mía y las puntas filosas de dos colmillos, me convencieron que el que estaba en situación de inferioridad era yo. Sin embargo no lo llamaría peligro. Porque quien te devuelve a la vida, en el mismo instante no puede quitártela.

Anouk se subió a horcajadas y buscó mis ojos. Tenía aferrada su cintura estrecha aunque no impulsé ningún movimiento. Era suyo el dominio, del instante y de mi vida.

—Cariño —balbucee—, si quieres… si no te animas…lo dejamos y…

Sus manos se aferraron a mis hombros como garras.

—Tú estás loco –sonrió.
—Por ti –murmuré.

Creí que bajaría lentamente sobre mi sexo. Sin embargo debía saber que Anouk era imprevisible. Como sus actos o frases espontáneas desde el primer día que la conocí. ¿Por qué iría a medir consecuencias esta vez?

Confieso que me asusté al ver sus ojos asombrados y el aire escapando de su boca.

—¿Estás bien? ¿Estás bien? –repetí una y otra vez.

Quedó inmóvil y cerró los ojos.

—Solo si no sales de mí.

Sonreí y tragué saliva. No era fácil mantenerse expectante conteniendo las ganas de moverme dentro de ella. Así que lo sugerí.

—Si quieres puedes moverte… Si quieres…

Los ojos púrpura brillaron. Sus manos abandonaron los hombros y deslizó los dedos por el contorno de mi rostro, de mi boca. Le siguió mi cuello y el pecho. Como si me estudiara con fascinación. Cuando su mirada llegó a mi bajo vientre pareció disfrutar de nuestros cuerpos unidos. Entonces, cogió un ritmo lento y profundo. Sisee y me aferré a sus caderas.

—Así, cariño. No te imaginas lo que he deseado este momento.
—No más que yo, mi amor.

Pensé todo el sufrimiento que había causado en ella en toda esa larga espera en la estuve ciego. Ciego y terco. Aferrado a algo que nunca había sido mío.

Rodee mi cuerpo hasta quedar sobre ella. Nos miramos jadeantes.

—Ahora, déjame pagarte una milésima de lo has esperado por mí. De ese tiempo que te he dejado amarme en soledad.

Me moví sobre ella, entrando y saliendo de su cuerpo. Anouk me atrajo de la nuca y los besos fueron preludio de un orgasmo arrollador. Nada de mi ser quedó fuera de ese instante. La ebullición de la sangre, la contracción de cada músculo, el despertar de cada terminación nerviosa. Sexo y amor… ¿cómo explicarlo? Imposible para aquel que no haya podido vivirlo.