INTRODUCCIÓN

Introducción:

Dentro de los Sami, una raza milenaria se ha mantenido en secreto. Los lobos basados en la naturaleza y el honor han logrado la supervivencia lejos del ojo humano.

La reserva es su hogar y transitaré en ella para conocer cada secreto. Es un gusto que ustedes me acompañen. Estoy segura que reirán y se emocionarán.

Por mi parte cada línea, cada párrafo sobre ellos, me ha llevado a un mundo de misterio y fascinación.

Lo siento no puedo prescindir de ellos. Ellos… también me han atrapado.

sábado, 18 de mayo de 2019

¡Hola chicos! Dejo el capi 15 y espero que les guste. Gracias por comentar. Quizás dentro de poco, el libro de los lobos sirva de mucha utilidad...
Un beso grande y feliz semana.


Capítulo 15.
Predestinados.

Charles.

Sebastien llegó del hotel poco después de que la lluvia torrencial cesara. Mientras quitaba su impermeable negro y lo colgaba del perchero, se acercó al bar a servirse algo fuerte. Sentado en el sofá hice a un lado el periódico del día y cogí mi whisky de la mesa de living.

—¿Hace mucho me esperas?
—No, quizás una media hora.
—Lo siento, tuve algunas cuestiones que resolver.
—¿Hablaste con él?
—Sí. Y has dicho bien, hablé. Porque lo que es Hakon solo atino a hablar monosílabos y algunas preguntas.
—Natural. No es común que se beba un café y se charle con un vampiro. Pero dime… Lo más importante… ¿Guardará nuestro secreto?
—Eso aseguró. Dio su palabra de honor a Olaf.
—¡Qué buen hombre! ¿Y le creíste?
—Sí, no me preguntes el porqué pero le creí.
—Tú sabrás. Nunca te has equivocado.

Bebió un trago y se sentó frente a mí.

—¿Has visto a Numa?
—Sí, me saludó y se encerró en su habitación. Dijo que viajaría a la Isla por la madrugada.
—Necesitaba hablar con él. Me contacté con Dimitri y me gustaría que tuvieran una conversación.
—¿Qué ocurre con Numa?
—No lo sé. Está distante, retraído. Me preocupa.
—Es joven. A veces no se sienten bien en la etapa que transitan. No olvides que su amigo está de luna de miel. Debe encontrarse perdido.
—Mmm… no sé…
—La charla con Dimitri le hará bien, has tenido una buena idea.
—Habrá que ver si acepta. Y volviendo al tema, Hakon me pidió un favor.
—No digas que quiere ser vampiro.
—No –sonrió—. Quiere que convenza a Scarlet de hablar con Petrov y decirle la verdad.
—Tu hermana está aterrada. No se lo dirá.
—Pienso lo mismo. Sin embargo, Hakon tiene razón. A la larga será lo mejor. Piensa, ella lo ama y no lo olvidará.
—Cierto… Aunque que Scarlet confiese quien es, no garantiza que Petrov la acepte.
—Lo sabemos. Pero si lo tiene que olvidar sea porque no tiene nada que hacer de su parte. De lo contrario… Siempre le quedará la amargura y frustración de ignorar que hubiera pasado.
—¿Y si él decide delatarnos?

Un ruido en la planta principal nos obligó a mirar. Ron bajaba la escalera con lentitud y pesadumbre.

—Lo siento, estaba preocupado por el encuentro en el hotel.
—No te preocupes, no lo asesinó –contesté sonriente.
—Eso suena bien –dibujó media sonrisa.
—¿Bebes con nosotros? –Invitó Sebastien—. De paso me cuentas como ves a Kathry.
—Está recuperándose.

Ron titubeó hacia el bar pero se arrepintió y se sentó junto a Sebastien.

Ante un silencio de varios segundos, retomó.

—Me gustaría saber cuál es la respuesta a la pregunta de Charles.
—¿A qué te refieres?
—Charles te preguntó qué harías si decide delatarnos.

Sebastien lo contempló unos instantes y palmeó el hombro.

—No los borraré, Ron. Si es lo que te preocupa. Tendremos que coger nuestras cosas y partir de Kirkenes.
—¿Dónde iríamos?
—Pues no lo sé. Seguramente a la Isla del Oso.
—Vamos Ron, no te preocupes por adelantado –lo tranquilicé.
—Por supuesto, quizás Scarlet no se lo diga nunca. A pesar de ello… Hakon está preocupado. Petrov no se ha sentido bien.
—La mordida –murmuré.
—Ayer ha estado mejor –agregó Ron.
—¿Tú cómo lo sabes? –Sebastien repitió—. ¿Cómo lo sabes, Ron?
—Es que… Fui a ver a Anne.
—¿Qué? Estás corriendo un riesgo mayor.
—No te preocupes. Me acerqué a su ventana, ella no salió y Grigorii no se enteró.
—Ron, ¿Desde cuándo ves a Anne en esas condiciones?
—Alguna que otra noche. ¡Juro qué nadie me ve!
—Creo que el círculo está cerrándose –aseguré— No sabemos si Anne ante la desesperación de ver a su hermano enfermo, no confiese la verdad.
—No lo hará. Pero necesitaba tranquilizarla. Está triste, inestable. ¿Pueden entenderme? Piensa en Margaret – me miró y clavó su iris rojizo en Sebastien—. Piensa en Bianca. Ustedes saben lo que es amar. No me pidan que siga de largo haciendo de cuenta que nada pasó. Está sola, ya no nos tiene a nosotros. Y su hermano… Y Grigorii no puede ayudarla en su situación.
—Puedo entenderte, Ron -lo observé con pena—. Sin embargo, un paso en falso y puedes arruinar todo. Imagínate si Petrov te ve cerca de Anne y se entera de quienes somos. Nadie le quitará de la cabeza que estamos persiguiéndolos. Eso generará miedo en él. Y si se entera de la verdad lo mejor que puede ocurrir es que entienda que seremos inofensivos.
—Eso ya no lo creerá –Sebastien bebió un trago—. Asesinamos para vivir, o por lo que sea. Va contra sus principios. Inofensivos jamás seremos para él. Creo que es mejor alertar al resto de la familia por si tenemos que huir. Sé que Bianca lo entenderá.
—Hablando de Bianca, no la he visto –pregunté.
—Después del hospital iba a la casa de su padre. Dijo que pasara por ella a las ocho.
—Ah… Su padre, cierto –refunfuñé.

Sebastien rio.

—Tendrás que dominar tus celos, querido Charles.
—Nunca fui celoso.
—Pues ahora lo eres, te comunico que te destellan los ojos de rabia cada vez que Bianca comparte momentos con Eridan.
—¡Ay por favor! Se han llevado mal muchos años. No es confidente como yo con ella.
—Te recuerdo que le dio la vida.
—Te recuerdo que yo también.

Cogí el periódico y fingí leer.

—Ahora me vienes con esas de padre compinche, ¡ja! Bastante que lo ha necesitado y no ha estado allí. Yo he estado siempre desde que la conocí.
—Charles, no ha estado porque lo detuvieron y después terminó internado en un psiquiátrico. Tú mismo la ayudaste a buscarlo.
—¡Ni me lo recuerdes!

Sebastien rio.

—¿Estás hablando en serio?
—¡Claro qué no!

Bajé el periódico y sonreí.

—Sí, jajaja. Estás hablando en serio.
—Voy a cazar. Pasaré por tu casa Charles, Chelle dijo que iría conmigo. Si me necesitan estaré en unas horas de regreso –dijo Ron poniéndose de pie.
—Okay. ¿Y Khatry? ¿Lenya quedó con él?
—No, Bianca dejó algunos sedantes y las recomendaciones. Ahora duerme. Lenya fue a clase de parto.
—¿A clase de qué? –preguntamos al unísono.
—De parto. Muchos humanos machos lo hacen para acompañar a sus hembras en el momento de parir.
—¡Ay por favor! Terminará desmayado en el piso apenas vea a Liz dando a luz –protestó Sebastien.
—Bueno, para eso son las clases. Para preparar a ambos.
—Okay, solo espero que Bianca no me pida que presencie el parto porque creo que no resistiría verla sufrir.

El teléfono de línea sonó sobre la repisa del hogar a leñas.

—¡Qué extraño! Ese aparato casi nunca suena. ¿Quién será?

Me puse de pie ante el rostro consternado de Sebastien y Ron.

Descolgué el auricular y atendí la llamada.

—Buenas noches. ¿Quién habla?
“Buenas noches. Por favor, es urgente. Necesito hablar con Sebastien Craig”.
—¿De parte?

Su voz tembló.

“Dígale que soy Huan yen. Tengo conmigo a Miyo y Thashy Sherpa.”

Ekaterina.

Después que Sara y Rodion partieron con Dyre, me sentí vacía y sola. Branden y Boris estaban muy ocupados. Cierto que contaba con las visitas de Nicolay pero últimamente el colegio le llevaba mucho tiempo y Sebastien había decidido que se quedara en la mansión solo los fines de semana. Branden rendiría libre algunas materias de medicina y por lo tanto podía estar más presente durante el día.

Bianca había comenzado a trabajar, Liz y Lenya a menudo desaparecían, Rose estudiaba y se ocupaba de varias tareas de la casa, y Anouk otro tanto. Con Ron no podía contar demasiado. A pesar de ser amable nunca habíamos iniciado una relación de amigos. Lo mismo ocurría con Scarlet. En cuanto a Charles y Margaret, venían casi todos los días a la mansión pero luego regresaban a su hogar en las montañas. Ambos tenían un huésped que atender. Un tal Chelle Huiliche. Al parecer lo tenían oculto para que no lo encontrara su familia. Para ser exactas, su hermana.

Douglas aún no había regresado de su luna de miel con Marin. No significaba que si estuviera en Kirkenes me haría una visita de cortesía, justo él que me detestaba. Sin embargo hubiera sido una buena excusa para ver a Numa en la sala, ya que el joven había llegado de la Isla y permanecido en su habitación casi sin dejarse ver por nadie.

Me daba vergüenza reconocer que aquel beso que me había arrebatado en el jardín, aún seguía quemando mis labios. También, que verlo aunque fuera por segundos producía cosquillas en mis tripas. Pero eso solo lo sabía yo. Y la única persona a la que podía contarle todas las sensaciones que sentía por él, había partido a vivir a Moscú.

Después de asear la cocina me preparé un café y me senté en el taburete junto a la encimera. El silencio me rodeó, apenas interrumpido por el tic tac del reloj de pared y algún trueno lejano. A esta hora Sara bajaría para hacerle un biberón a Dyre… ¿Llovería en Moscú como aquí? Había dejado el móvil en mi habitación, seguramente ella me habría enviado un whatsapp de “buenas noches”.

Bebí el café lentamente mientras la charla de Charles volvió a mi memoria.  Entonces, los pensamientos comenzaron a golpear mi cabeza con imágenes de esa infancia horrenda de Numa. Numa… Otra vez Numa…

Tantee mis bolsillos del suéter y quité la cajilla de cigarrillo y el encendedor. Había comenzado a fumar debido a mi ansiedad desbordada y un poco de esa soledad que detestas. El vicio no era una adecuada solución pero al menos sentía una imaginaria compañía. Suerte ser vampiresa y no sufrir cáncer.

Aspiré el primer humo blanco y exhalé al aire. El segundo lo tragué al escuchar la puerta de la cocina abrir y cerrarse a mi espalda. Pero no era él... Era Rose.

Tosí un par de veces mientras la joven me miraba sorprendida.

—¿Es tu primera vez?
—No –tosí otra vez—. No es que tragué el humo sin querer. No esperaba que alguien estuviera levantado.
—No puedo terminar de memorizar una lección de anatomía.
—Quizás si descansas unos minutos puedas retomar mejor.
—No hay forma –se sirvió agua fresca de la heladera—. El Sherpa está gimiendo y me desconcentra.
—Debe dolerle algo.
—No lo sé. Creo que menciona a sus hermanas.
—Pobrecillo. Ojalá las encuentren.
—Ya las encontraron. Sebastien y Lenya partieron por ellas hace una hora. El sirviente de la bruja malvada cuidó de ellas y las salvó. Algo así escuché. ¿Y tú? ¿Extrañas a Sara?
—Sí, estaba acostumbrada a cuidar al bebé. Y Nicolay ya no viene tan a menudo.
—Es verdad. Tal vez Sara no se acostumbre a Moscú y deban regresar.
—Espero que no. Rodion estaba entusiasmado.
—Siempre nosotras terminamos haciendo lo que los machos quieren, es injusto.
—Es su pareja y el padre del niño. Es su familia.
—Nosotros también lo somos… Bueno, no me hagas caso, estoy de mal humor. De todas formas no soy la única. Numa está insoportable. Apenas contestó mis “buenas noches” cuando pasé por la puerta. No entiendo porqué se va a la Isla si tanto le desagrada. Sebastien no lo obliga, podría trabajar en el hotel.

Bajé la vista y bebí un sorbo.

De pronto una moto se escuchó cada vez más cerca. Rose se acercó a la ventana y maldijo.

—Malditos muros, nos ves nada desde aquí. Igual –sonrió—, podría adivinar quién es.

La moto se detuvo y Rose enjuagó el vaso y lo guardó.

—¿Alguien viene a esta hora? –pregunté.
—Sí, me juego que es Anouk. Y…—observó el reloj—. Si no me equivocó en un minuto entrará a la sala.

Abrió la puerta de la cocina y espió al tiempo que terminaba mi café.

Lavé la taza y la coloqué boca abajo sobre la encimera.

Rose giró su cabeza y me miró.

—¡Oyee, ese beso duró mucho mas eh! –rio.

Sonreí mientras la puerta de la sala se escuchaba.

—¡Hola Anouk!

Percibí acercarse a la joven Gólubev y Rose se despidió.

—Buenas noches Ekaterina.
—Buenas noches.

Apagué las luces y subí la escalera tras las chicas que cuchicheaban divertidas.

Caminé por el pasillo de planta alta con la idea de llegar a mi habitación, pero me detuve.

La puerta de la alcoba de Douglas estaba abierta. La luz, encendida… y me acerqué con pasos sigilosos. Apenas me asomé, lo vi de espaldas, junto a la cama. Estaba de pie doblando algunas prendas y armando una maleta.

Sus hombros firmes bajo la camiseta azul se trababan y distendían en armonía con el movimiento de sus brazos. Sus piernas infundadas en los jeans gastados, levemente separadas. De esa forma soportaban el equilibrio de su cuerpo alto y musculoso mientras se estiraba para coger más prendas sobre la cama. Era perfecto para mí. No, me desdigo. No era perfecto… Era muy joven para mí.

Amagué con retirarme tan silenciosa como había llegado pero él me detuvo.

—Ni siquiera vas a decirme “buenas noches”.

Quedé muda contemplándolo. Como si mis pies hubieran estado clavados en el piso.

Levantó la vista de la maleta y giró su cabeza hasta encontrar mis ojos asustados.

—Yo… ya me iba a descansar. No quise molestarte. Ignoraba que tuvieras tan fino oído.

Continuó mirándome como queriendo indagar en mi alma.

—No te escuché. Es tu perfume el que te delata.

Mi mano derecha fue hacia mi cuello inconscientemente. En un intento ilusorio de detener el aroma a canela que desprendía mi cuerpo. Deslicé los dedos hasta unir el escote V de mi suéter.

Numa me observó y siguió el recorrido de mi mano hasta mi pecho. A los segundos me miró a los ojos. Pero no lucía una mirada libidinosa, sino de tristeza.

—Si necesitas que te ayude con la maleta –balbucee.

¿No debería haber dicho “buenas noches” y retirarme? ¿Por qué seguía allí? ¿Por qué no huía de una vez por todas a mi habitación?

—A desarmarla. A eso me puedes ayudar.
—¿Cómo dices?

Lanzó un abrigo de lana en la maleta y se acercó. Creo que retrocedí dos pasos y se detuvo.

Sus ojos entre un gris y rojizo se clavaron en mi iris. Tragué saliva, sin embargo no pude apartar la vista de él. Tampoco retrocedí esta vez cuando se acercó hasta llegar a mí.

Podía sentir su aliento a caramelo de miel acariciando mi rostro.

—A desarmarla, dije. Con solo un pedido tuyo de que me quede y no dudaré ni un segundo.

Continué sin poder hablar. Podía haberle contestado, “¿estás loco?” O quizás decirle lo que pensaba, “te he dicho que lo nuestro no puede ser”. Pero no… no emití palabra.

Él se acercó más. Era un poco más alto que yo, así que se obligó a inclinar el rostro para que su nariz rozara la mía. Su perfume varonil antes tenue, ahora me envolvía como trampa mortal.

—Dime –susurró acariciando la mejilla con sus labios carnosos—, dime que me quede y solo haré una maleta para seguirte a donde vayas.

Cielos… Cielos… ¿Cómo poder contra esa atracción que ejercía su cuerpo cerca y sus palabras?

Cuando sus labios llegaron a mi boca temblé de ansiedad. Deseaba que me comiera con esa pasión que siempre lo desbordaba.

Es solo un beso Ekaterina, pensé.  Quítate esas ganas que tienes de besarlo y que te bese… Después él se irá y todo seguirá como antes. Pero algo de sensatez me decía que nada volvería a la normalidad si yo le correspondía. Aunque… Si Numa fuera quien me arrebatara el beso podía salir indemne de la escena. ¿Pero era justo? No, ni para él ni para mí. Hubiera sido actuar de forma sucia y tramposa. Querer enredarlo incitándolo para después lavarme las manos y actuar como ultrajada.

La mano voló a su nuca y lo aferré con fuerza. No le di tiempo a sorprenderse. Lo atraje y comí su boca como si en ese beso se fuera mi propia vida. Percibí sus músculos contraerse y separar los brazos de su cuerpo. Poco transcurrió para sentir sus manos sobre mi espalda, atrayéndome contra ese pecho duro y fibroso.

Hacía tanto tiempo que no tenía un contacto tan íntimo con un macho. Quizás fue eso, no lo sé. Lo único que podía asegurar que deseaba que apagara el fuego que ya incendiaba mis entrañas.

Su actitud no ayudó mucho a ser consciente. Cada gemido que escapó dentro de mi boca, cada caricia de su lengua palpando cada rincón, cada contacto de mis dedos en su rostro, su sexo firme contra la pelvis. No iba a poder detenerme… No iba a poder. La razón, porque simplemente no quería.

Con una mano cerró la puerta de un movimiento brusco. Podría haber sido la ocasión para detener la caliente escena. Tampoco lo hice. Solo quería que continuara, que no apartara su cuerpo excitado y hambriento de mí. Necesitaba comprobar cómo era sentirse tan querida.

Me arrastró hacia la cama sin dejar de comernos la boca. No supe cómo hizo para que en breves segundos hiciera volar la maleta de la cama y acostarme sobre ella. De rodillas en el colchón, con las piernas a cada lado de mi cuerpo, se quitó la camiseta. Mis manos que habían quedado suspendidas en el aire sin saber si tocarlo o morderme los dedos, se decidieron ante el calor que emanaban nuestros cuerpos. Lo recorrí desde los hombros hasta el ombligo, su pecho, la cintura estrecha, cada centímetro de su piel desnuda.

Se inclinó y me besó otra vez, caliente y apasionado. Hurgando bajo mi suéter hasta encontrar lo que estaba buscando. Uno de mi pecho sintió la prisión de la mano. Me arquee invitándolo a seguir mientras quitaba toda prenda superior que obstaculizaba el contacto directo. Sus gemidos eran continuos sin dejar espacio al silencio. Quizás también eran los míos. Sí, eran los míos, que escapaban de la boca sin poder contenerlos. La idea fija comenzó a invadir mi cerebro. Solo un poco más de su cuerpo, solo un poco más…

Sin embargo, todo aquel que ha estado deseando tanto tiempo el sexo con alguien podría entenderme. El “solo un poco más”, se convierte en más débil hasta desaparecer y terminar en, “mentira, lo quiero todo”. Eso fue lo que ocurrió para vernos en instantes completamente desnudos enredados en la cama.

Si hubiera habido en el diccionario alguna palabra mejor que “perfecto” para definirlo, esa hubiera sido la adecuada. Era un macho tan viril y musculoso que superaba toda expectativa de cada sueño tenido con él.

Quizás porque ahora estaba en carne y hueso. Era real. Disfrutando de su piel, de sus labios haciéndose un festín con mis pezones. De esas piernas torneadas encerrando las mías. Podía notar su juventud en cada poro, en el ímpetu por acapararme toda y no soltarme ni un segundo. No hubiera podido escapar. Hubiera sido imposible, más aún cuando su voz entrecortada pronunció mi nombre.

—Ekaterina –jadeó.

Que bello sonó mi nombre en su boca.

—Eres tan lindo –murmuré.
—Tú eres hermosa. Desde que te vi por primera vez, me vuelves loco. ¡Loco!

Nos besamos una y otra vez, con esos intervalos breves que sirven para atrapar el aire y provocar que desees nuevamente su boca en la tuya. Como imán, como trampa deliciosa que altera cada uno de tus sentidos.

Jamás había acariciado una piel tan sedosa, jamás había besado unos labios tan carnosos. Jamás… había entregado mi alma de esa forma. Porque la entregué en esa cama y en esa habitación. ¿Si sentí miedo en algún momento? Si fue así no lo recuerdo. Existimos él y yo y el mundo no importaba.

Numa tenía un gran dominio de la cama y lo que deseaba una hembra. Mentiría si por un momento una punzada de celos atravesó mi corazón. ¿Cuántas habrían disfrutado de su cuerpo y de su boca apasionada? Pero no podía haber reclamos. Ambos veníamos con pasados desconocidos, caminos separados. Hasta ahora que el destino nos había cruzado para… ¿Para qué? ¿Terminar con unas cuantas noches de pasión y agotar la lujuria? ¿O para cambiar nuestras vidas y juntos ser felices? Era una respuesta que por el momento no tendría y creo que tampoco deseaba buscarla.

Él apoyó su frente en la mía, nuestros pechos unidos respiraban entrecortado al mismo compás. Contra mis labios susurró mi nombre varias veces hasta que ahogué su débil voz con otro beso. No significaba que molestaba el sonido de sus cuerdas vocales que se deshilachaban por el placer en esa habitación. No quería quebrar ese momento único que quizás no volvería a repetirse. ¿Cómo saberlo? Si tenía tan poca información sobre mí y yo de él. Solo su infancia terrible y su lucha por superar la vida que tanto tiempo le había dado la espalda.

Entre la música de sus gemidos un falso deja vu surgió en mi mente.  Por segundos no fue el goce el motivo de su lloriqueo sino el dolor. Un niño soportando los peores maltratos nada menos que por sus propios progenitores. Porque esos desalmados no podían haberse llamado padres.

La visión hizo que apresara su cuerpo con fuerza contra el mío. Fue una suerte que él no leyera pensamientos y tomara mi acción como una más sobre la cama. No hubiera sido sencillo continuar si no hubiera logrado quitar cualquier imagen horrenda. Hubiera arruinado todo placer. Así que me sobrepuse y me hundí en su cuello perfumado y terso. Lo besé, lo lamí, y mordisquee. Tratando de pensar solo en el macho hermoso que abrazaba.

Nuestros ojos se encontraron antes que entrara en mi cuerpo. Fue como si desgarrara mi alma y la uniera al mismo tiempo. Vi sus largas pestañas ocultar el iris y mordió su labio inferior queriendo contener un grito. Éramos dos que debíamos no llamar la atención, cuestión difícil de lograr en ese estado. Odié no encontrarme en otro lugar que no fuera la mansión de los Craig. Un campo, una playa, un hotel de mala muerte, no importaba mientras hubiéramos podido gemir y gritar por tanto placer.

No supe como lo logramos, pero lo hicimos. Aunque eso no significó menos goce. Solo un poco de cordura dentro de tanto fuego y pasión. Solo besos apagando los quejidos, solo uñas clavándose en sus muslos, solo el temblor abrupto que sacudió cada célula ante el orgasmo. No pude esperarlo. Hubiera sido romántico e ideal, pero lo había deseado tanto tiempo…

A él no pareció importarle demasiado. Al contrario, dibujó una sonrisa débil mientras seguía concentrado en su trabajo de envestir. Me gustó… Me gustó haber recuperado alguno de los sentidos para poder disfrutar su placer en plena explosión hasta desmadejarse de a poco entre mis brazos.

Y así se desplomó sobre mi cuerpo. Ninguno habló palabra. Nada de esas frases típicas de, “que bueno estuvo”, ni “lo pasé genial”. Recostó su cabeza en mi pecho y cerró los ojos. Con una mano acaricié su cabello lentamente y con la otra recorrí su espalda.

Su cuerpo parecía tan poderoso aún encerrado entre mis brazos. Nuevamente pensé que ese mismo cuerpo en el pasado había sido escuálido y pequeñito. Alguna vez había sido un niño expuesto a las palizas de sus padres. Sin poder defenderse, sin tener muchos recursos que llorar y pedir auxilio. Ese auxilio que un día por fin llegó. Tarde, para mi gusto.

Una lágrima asomó y rodó por mi mejilla. Si hubiera podido estar allí… Si hubiera podido rescatarlo antes de que llegara a su vida Douglas Craig. Pero no podía cambiar el pasado. No podía borrar la pesadilla de su niñez. Tampoco iba a borrar lo recién hecho…

Levantó la cabeza y secó la humedad de mi lágrima en su frente. Me miró con temor.

—¿Por qué lloras?
—Por favor, no quiero hablar de ello –acaricié la comisura de sus labios entreabiertos.
—Me preocupa que sea por mí.
—No… Yo he querido que esto ocurriera —murmuré.
—¿Estás arrepentida?

Negué con la cabeza mientras limpiaba otra lágrima.

—¿Entonces, dime por qué? Te has puesto triste.

Se incorporó aún sudoroso apoyando el codo en el colchón. Me contempló preocupado.

—Estoy triste, sí. Pero no es por haberme acostado contigo.
—No me ocultes algo importante. Yo no lo haría.
—Es que… no tiene que ver con lo nuestro.
—¿Entonces con qué?

Suspiré y lo miré a los ojos.

—Solo que no quiero que sufras. No me preguntes porqué ese gran interés por verte bien.
—Estoy bien. Aunque… No entiendo a qué te refieres. ¿Al viaje a la Isla? Me gusta mi trabajo, no es una tortura. Solo que tú te quedarás aquí y si me pidieras que…
—Es tu pasado el que me atormenta y entristece.

Se sentó en la cama y frunció el ceño.

—¿Qué sabes tú de mi pasado?

No podía mentirle, juro que no podía al menos mirándolo a los ojos.

—Me enteré de tu horrenda niñez.

Sus ojos sin apartarse de mí, oscurecieron. El brillo que habían lucido se apagó de un soplo e intentó decir algo. Lo interrumpí al tiempo que mi mano rozaba su mejilla.

—Hubiera querido que tu pasado…

No dejó que terminara la frase y apartó el rostro de mi contacto.

—Es por lástima que te has acostado conmigo.
—¡No! No es así.
—Sí. Todo cierra. Siempre me has rechazado anteponiendo la diferencia de edad. ¿Ahora? ¿Soy más grande qué tú? No, ¿verdad? Solo te ha movido la lástima.
—¡Numa, no!
—Vete. No quiero sentirme un desgraciado. Y si sigues aquí me recordarás las migajas que me has regalado.
—Numa… —mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Vete Ekaterina. Si quieres hacer algo bueno por mí, desaparece. Yo trataré de no cruzarte otra vez.
—¡Numa!
—Escucha, no entiendes ni entenderás como me siento. Siempre que han mejorado mi vida han sido llevados por la lástima y compasión. Douglas, Sebastien, Charles, Rose, tú… No hay otra razón para hacerme parte de sus vidas.
—Eso no es cierto. No creo que ninguno de los que mencionaste se han acercado y ayudado a ti movido por ese pobre sentimiento. Te equivocas.
—Vete… Por favor, te lo ruego.

Me vestí y salí de esa habitación llevando mi corazón hecho trizas. Lo hubiera dejado para que lo uniera trozo por trozo. Pero no estaba en condiciones de unir mi corazón si el suyo estaba destruido.

Drank.

Esa tarde aguardé ansioso que Anouk saliera del edificio donde debía terminar unos trámites impositivos para Sebastien Craig. Estacioné la moto frente a la fachada para que me viera apenas traspasara las puertas automáticas. Encendí el tercer cigarrillo y miré el reloj pulsera. Seis menos cuarto… Anouk había dicho, “quedaré libre después de las seis”.  Me di cuenta que había llegado demasiado temprano al lugar ya que hacía tres cuartos de hora que esperaba por ella. ¿Era ansioso quizás? No, estaba ansioso que es diferente.

Mi día había comenzado muy temprano trabajando bajo la lluvia con Bernardo, James, Nick, y Carl. Teníamos que terminar la reconstrucción de una cabaña que había quedado deteriorada por el tiempo. El proyecto de levantar hogares nuevos después de aquella gran helada mortal, fue sobre ruedas. Sin embargo nos quedaban algunas más que habíamos suspendido por levantar las paredes del Jardín guardería y parte del presupuesto del Estado que se había atrasado en su compromiso.

Me encantaba mi trabajo, aunque si hubiera contado con un título de ingeniero hubiera podido estar en más detalles o colaborar en los diseños. Por un instante recordé a mi padre en su última visita… “Ya no tendrás que trabajar, Drank. Podrás seguir estudiando la carrera que deseas”. Había sonado muy atrayente. Pero resulta que no era suficiente para alejarme de la reserva.

La tormenta se había disipado y el sol en el horizonte, escondido tras las casas de doble planta permanecería durante horas en su sitio a causa del verano. La noche casi era inexistente, aunque a mí no me preocupaba.  No debía ocultarme como los vampiros. Sin embargo también deseaba las horas nocturnas. Amaba mirar el cielo estrellado pero ya no me interesaba captar alguna estrella fugaz atravesando el espacio. En Drobak solo dos veces tuve esa suerte. En la primera pedí que mi madre se salvara, en la segunda… que Liz me amara como yo a ella. Ninguna resultó. Quizás porque las estrellas fugaces no se dejan ver para que pidas un deseo y cumplirlo. Simplemente te regalan esa vista, esa magia. Quizás te convierten en un ser afortunado porque debes tener suerte para verlas.

Y yo era un ser afortunado. Porque había tenido un hogar lleno de amor y cariño. Porque había conocido lo que era enamorarse de verdad, porque tenía amigos que me querían, y porque había vencido a la muerte. No importaba si había contado con la ayuda de Adrien Craig, estaba aquí, vivo.

—¡Holaaa!

La voz de Anouk me sacó de mis pensamientos y giré la cabeza hacia la entrada del edificio. Allí estaba vestida de ejecutiva de chaqueta, pantalón negro y camisa blanca. Llevaba tacones altos que cualquier chica hubiera sentido temor de hacer tres pasos sin caerse. Pero ella no. Al contrario caminó ágil y apresurada con esa sonrisa que abarcaba su rostro y hacía brillar sus ojos.

Sonreí y lancé el cigarrillo.

Mi mano se desprendió del manubrio y la extendí hacia su dirección. Ella se fundió en mi abrazo y besó mis labios sin dejar nunca de sonreír.

—Estas muy lindo. Deseaba terminar el maldito trámite para verte.
—Tú estás muy bonita vestida así pero… —la miré de arriba abajo sonriendo—. ¿Piensas subir a mi moto con tanta elegancia?
—¿Crees qué no? –hizo un guiño divertido.

De inmediato colgó su bolso pequeño en el hombro y remangó un poco los pantalones. Acto seguido trepó detrás de mí.

Reí.

—¿Has visto?
—Sí, ya he visto.
—¿Dónde iremos?
—¿Quieres beber algo?
—Sí, a ti.

La frase me tomó de sorpresa. No era la misma Anouk que había conocido un año atrás. De hecho no se le parecía en nada. No sé si con una chica cualquiera hubiera contestado, “pues vamos a mi cabaña a que me bebas todo”, pero ella no era cualquiera… Era Anouk Gólubev, virgen, y dueña de una cuarta parte de Moscú.

Debó confesar que de todas formas sus palabras produjeron en mí un cosquilleo. Sin embargo había que salir lo más elegante posible de la situación si no quería tratarla como una chica más.

—¿Estás pensando en convertirme?
—Sssh, calla. Hay transeúntes por la acera.

Reí y di arranque a la moto.

—¿Te parece que vayamos al parador?
—Es muy costoso. Podemos buscar otro lugar.
—No te preocupes. Cobré mi sueldo. Así que pienso gastarlo contigo.

La moto avanzó por la avenida unas cuatro manzanas hasta que cogí la curva hacia ese lugar soñado donde los turistas se detenían a beber un refrigerio y comprar suvenires. Gozaba de una vista maravillosa ubicado en una parte alta del monte. Entre la ciudad y la reserva. Podías disfrutar de extensas filas de cipreses y abedules que formaban un manto de varias tonalidades de verde, y hoy en particular sería un día poco concurrido debido al día lluvioso.

El parador estaba construido en madera y lustrado al natural. Su techo abarcaba casi treinta metros por veinte. Las mesas estaban ubicadas de tal forma que donde quiera que eligieras sentarte podías ver toda la ladera que subía hasta las cumbres. Las cumbres… Las misteriosas cumbres de Kirkenes.

Recuerdo la primera vez que las vi. Aquel octubre que llegué a este lugar. No había luz natural por la estación invernal que se aproximaba. Mucho frío, y soledad. Es extraño como un mismo paisaje puede hacerte sentir tan diferente. Ahora ya no percibía el escalofrío del desarraigo y desolación al contemplarlas. Y aunque estaba claro que habían sido los dominios de Adrien, hoy por hoy era parte de mí. De mi lugar en el mundo.

Lo único que no podías divisar desde esa ubicación, era el mar. Pero mejor así…

Cuando cayó la breve noche y el aroma a lluvia fue disipándose, aún estábamos disfrutando un jugo de grosellas. No escapó de mí las miradas de Anouk con esa carga de deseo que no sabría disimular. Lejos de sentirme como cualquier hombre, orgulloso y pleno, había algo que lo impedía y me hacía sentir pequeñito. Miento si dijera que no me molestaba. Pero tampoco sabía cómo evitarlo. Estaba cerca, y muy lejos a la vez.

La mayoría del tiempo que conversamos, ella me contó sobre su infancia y juventud. Sobre la búsqueda de su vocación y demás. Preguntó sobre Lost y le conté que se portaba bien. Lo cuidaba Mamina y Louk cuando yo no estaba en casa. En varias oportunidades perdí el hilo de lo que decía. No por falta de interés, sino porque mis ojos se iban a sus gesticulaciones graciosas y su alegría chispeante. Me hizo reír. Era graciosa. También sus labios creados para besar me distrajeron, por eso no dudé en ocasiones interrumpir sus relatos y adueñarme de esa boca carmesí. Puedo dar fe que a ella no le disgustó en absoluto.

Por el camino de regreso me detuve a comprar unas flores. Anouk quedó encantada con el detalle. Parecía ser una chica muy romántica y soñadora. El caso es que yo no era un príncipe azul que la llevaba en carroza dorada. Muy lejos estaba de poder brindarle una mínima parte, de lo que estaba acostumbrada. Sin embargo ella parecía feliz.

Al llegar a los altos portones de la mansión, ágilmente bajó de la moto sin perder la sonrisa.

—Las pondré en agua. Son muy bonitas. Gracias.
—De nada.


Incliné mi cuerpo hasta llegar a su boca y darle un beso.  Anouk correspondió y cuidó que las flores no se aplastaran mientras una de sus manos se apoyaba delicadamente en mi espalda.

Era muy dulce al besar. Yo trataba de seguir a su ritmo. Era como si debiera evitar que un cristal se rompiera y a la vez sentir el impulso de estrellarlo y beber cada trozo. Me gustaba, me atraía, y me aterraba…

Cuando el beso llegó a su fin, porque todo se termina, hasta los besos, ella se separó y su rostro mostró inquietud.

—¿Qué ocurre? ¿No te gustó?
—Sí, no es eso… Quería contarte algo.
—Pues, dime.
—Hablé con mi padre sobre ti.

Mi respiración se detuvo por segundos. Tragué saliva y la miré con temor.

—¿Qué te ha dicho?
—Nada malo. Ya soy mayor de edad. Solo se preocupó por lo que tú sentías hacia mí.
—¿Y qué le dijiste?
—Bueno… Estamos conociéndonos –sonrió.
—Claro…
—Dijo que me veía muy entusiasmada.

Sonreí.

—¿No le pareció mal que no fuera como ustedes?
—¿Cómo nosotros? ¿Te refieres a vampiros?
—Sí… No sé… Otras diferencias que quizás para tu familia son importantes.
—Pues no. Para él es importante que sea feliz. Y yo me siento feliz contigo. ¿Y tú?
—Yo…

Mi móvil sonó y lo cogí de la chaqueta.

—Disculpa.
—No hay problema.

Era el número de Bua.

—Hola….. Sí, todo bien, ¿y tú?...................... Ajá……………. ¿En serio? Vaya, es una buena noticia, pero no te noto muy bien…………………. ¿Tu hermano? Oye, no te preocupes, de verdad………………….Tranquila iré para casa. Nos vemos allí.

Cuando corté levanté la vista para ver a Anouk. Ella permanecía callada observando las altas copas de los pinos que rodeaban la mansión.

—Debo irme.
—Okay.
—¿Nos vemos el fin de semana?
—Sí, por mí está bien –sonrió con tristeza—. ¿Era Bua?
—Sí. Necesita hablar sobre Mike, parece que ha tenido un problema serio.
—Entonces, nos vemos el fin de semana.

A punto de arrancar la moto me detuve.

—Escucha, quiero que sepas algo.
—Dime.

La miré a los ojos.

—No soy de esos tipos que colecciona mujeres. Tampoco juego a dos puntas. Nunca lo he hecho. Así que puedes estar tranquila que no te engañaré.
—Lo sé… Es que aún tu y yo no tenemos nada íntimo y…
—No tiene nada que ver. Bua es una amiga y puedes estar segura que no me acostaré con ella cortejándote a ti. No sirvo para eso.
—Pero sí tuviste algo con ella, ¿verdad?
—Así es –la luz de sus ojos se apagó—. Pero no volverá a pasar. Ambos no estamos interesados en eso. Lo que pasó fue por soledad, o comodidad. Como quieras llamarlo.  Sin embargo se terminó.
—¿Y para ella?
—También. Sé a quién quiere Bua y no soy yo. ¿Confías en mí?
—Sí –sonrió—. Confío.
—Ven, dame otro beso para que resista no verte hasta el sábado.

Su cara se iluminó con su típica sonrisa.

—Te lo daré. Para que me extrañes tanto como yo a ti.

Apenas cogí el último tramo del camino, divisé a Bua sentada en mi portal. A medida que me acercaba la noté meditabunda y una de sus piernas se movía en actitud de nerviosismo.

Bajé la moto y la arrastré hasta llegar a ella.

—Hola.
—Hola Drank. Siento haberte hecho venir de donde estabas. Sinceramente no me siento bien.
—No te preocupes, guardaré la moto y beberemos un café.
—Okay, entraré a prepararlo.

En el sofá, café mediante, Bua contó su preocupación por Mike. Su hermano hacía días no comía y lo notaba con los ojos llorosos. No había logrado sacarle palabra y esperaba que yo pudiera hablar con él. Le dije que sí, que lo intentaría. Quizás solo era una pelea con Kriger aunque nunca había visto a Mike descontrolarse por la relación.

Mi amiga también tenía otras noticias, al menos eran favorables. Asgard la había llamado e invitado a cenar a su casa. Tampoco había visto a Bua tan preocupada por su apariencia y por caer bien. Estaba claro que el Defensor la traía de las narices. Me pidió algunos consejos que no dudé en dar, aunque en cuestiones de amor las cosas eran demasiado personales. Nadie sabe que le gustará o no al otro hasta que vea su reacción. Los hombres éramos todos diferentes con algunas similitudes sí, pero no tenía idea de cómo era y pensaba su príncipe azul. Lo único que reafirmé es el consejo que fuera auténtica.

Ella se alegró de mi salida con Anouk. Dijo que le parecía una buena chica y que debía perder el miedo a caerle mal a los Gólubev. Después de todo lo que importaba era lo que sentía la vampiresa por mí. ¿Y yo por ella? Cuando la pregunta salió de la boca de Bua no supe que responder. Cierto que Liz ocupaba un sitio diferente en mi corazón desde algún tiempo. Sin embargo, no significaba que me enamorara hasta enloquecer. Me gustaba estar con Anouk, era bella y divertida pero… temía no poder retribuir el mismo interés desmedido que notaba. ¿Y si no podía sostener esa relación? ¿Qué diría de la noche a la mañana? “Mira, me gustas pero no tanto como para compartir mi vida contigo”. ¿Qué ocurriría con ella? ¿Destrozaría su corazón? No… Por todos los cielos… ¿Hasta cuándo la vida pondría a prueba mi fortaleza?

Un lobo aulló lejano y cortó el silencio en aquel pequeño living. Bua siguió bebiendo café y comentando lo que pensaba vestir esa noche. Pero yo no pude, ni beber el café ni escucharla. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y la visión de aquella bestia blanca en mi camino aquel día, terminó por abstraerme de la cabaña y sumergirme en el bosque. Juro que parecía estar allí, en el medio del bosque, rodeado de coníferas gigantes y follaje espeso. Mi imaginación me presentó una cañada a la izquierda, la luna grande y redonda en el cielo, y frente a mí, una manada de lobos aguardando impacientes una orden… ¿Qué orden? ¿Mi orden?

Me puse de pie y me acerqué a la ventana. Escuché la voz de Bua preguntar, “¿te sientes bien?”

—Sí –murmuré, en absoluto convencido—. ¿Por qué aulló ese lobo?
—¿Aulló un lobo?
—¿No escuchaste?
—No. De todas formas hay lobos por todas partes. Ha cesado de llover, puede que salgan de su madriguera por la noche.

El lobo se escuchó nuevamente, esta vez más cerca.

—¿Lo escuchaste?
—Sí, no es por el fin de la lluvia. Ese aullido es especial. Es un llamado. La manada está incompleta.

Ni aun cuando ella se fue la sensación extraña me abandonó. Esa noche no dormí bien. Ni esa… ni el resto de la semana.