INTRODUCCIÓN

Introducción:

Dentro de los Sami, una raza milenaria se ha mantenido en secreto. Los lobos basados en la naturaleza y el honor han logrado la supervivencia lejos del ojo humano.

La reserva es su hogar y transitaré en ella para conocer cada secreto. Es un gusto que ustedes me acompañen. Estoy segura que reirán y se emocionarán.

Por mi parte cada línea, cada párrafo sobre ellos, me ha llevado a un mundo de misterio y fascinación.

Lo siento no puedo prescindir de ellos. Ellos… también me han atrapado.

jueves, 13 de marzo de 2025

 Queridos lectores, lamento la demora en subir un nuevo capítulo. Estoy trabajando en la publicación del primer libro de los Craig, y me lleva tiempo. Pero no voy a dejar de publicar capítulos de Miel, canela, y ámbar. Solo téngame paciencia. Los quiero mucho. Gracias por estar aquí. Miles de besos. Lou.


Capítulo 63.

Boda por fin.

 

Mike.

 

Miré el reloj redondo en la mesa de luz de Kristoff. Iba un poco atrasado pero estaba seguro que a Chelle no le molestaría esperar por mí. Tampoco me hubiera importado esperar por él.

 

Cogí la sudadera negra con capucha y me vestí. Kristoff me observó sentado en la cama.

 

—¿Qué tal? ¿Luzco bien?

—Claro, eres el lindo de la familia, siempre luces como modelo.

—Calla, eres mi hermano, no exageres.

—No te preocupes no se lo diré a Chelle, aunque creo que ya debe saber que tienes a todas las hormonas de la Universidad tras de ti.

 

Reí.

 

—Tú también tienes lo tuyo, no te hagas el humilde.

—No soy feo… pero bueno, tú sabes, lo de la cadera no me hace lucir atractivo. De hecho mi chica me dejó.

—Tu chica te dejó porque es idiota, no sabe valorarte. Verás que encontrarás una loba que te haga feliz.

—No tiene por qué ser una loba, digo… Mira tú, a punto de casarte con un vampiro.

—Ey –sonreí—. No te hacía tan liberal.

—Aquí el único retrógrado es Hauk, lo sabes.

—Sí, lo sé. Le disgustan los humanos, los vampiros, y sobre todo Chelle. Pero me da igual.

 

Unos golpecitos en la puerta nos interrumpieron.

 

—¿Quién?

—Yo, mamá. ¿Puedo pasar?

—Adelante.

 

Mi madre abrió la puerta lentamente y dejó ver su maravilloso atuendo. Un vestido en negro al estilo sami, con solapas coloridas, y bordados en ocre. Su alto peinado la convertía en una dama muy distinguida.

 

—¡Mamá! Estás muy bella, ¿vas a una boda? –reí.

—Oh sí, una muy especial –avanzó sin dejar de estudiar mis jeans y sudadera de arriba a abajo—. Pero tú… ¿No te has vestido? ¡Mike! Llegarás tarde. Eres el novio.

—Oh oh… —murmuró mi hermano—. Ahora viene lo bueno.

—Mamá, ya estoy vestido. Iré así.

—¿Es una broma? Dime que estás jugando conmigo.

 

Negué con la cabeza y la abracé.

 

—Iré así. Porque así me conoció. ¿No es una idea brillante?

—Siii, es súper –rio Kristoff.

—Mike, por todos los cielos, es tu boda, mira como me he vestido. ¡Por favor! ¡Ponte algo adecuado!

—Mamá no se cambiará, lo sabes.

—Cierto, no me cambiaré.

—¡Mike! ¿Qué haré yo vestida de gala?

—Tú estás bien. Mira, Kristoff está de traje.

—¡Pero eres el novio! Creo que me va a dar un ataque de nervios. ¿Qué dirán tus amigos, tu familia, los Craig?

—Dirán, que tengo una bella madre.

—¡Por el gran Gumpe!

 

En ese instante Bua entró a la habitación.

 

—¡Guau! Mamá estás hermosa.

—Gracias, tú también. Pero tu hermano…

 

Me observó y sonreí.

 

—Mmm, ¿es como lo conociste?

—Exacto, ¿ves mamá? Ella entiende de qué va.

—¡Lo que va es un traje de boda, Mike!

—No me cambiaré, mamá. Ya soy adulto.

—¿En serio? A veces lo dudo.

—Ya mamá, déjalo. Es feliz así, es lo que importa. Ven, ya llegó Asgard y Neeja. Ven Kristoff, vamos a ubicarnos en el salón.

—Okay.

—No te demores, Mike. El novio puede arrepentirse.

—¡Graciosa! Jamás.

 

Asgard.

 

Nos sentamos junto a Bua y Gina en los bancos, cerca de un improvisado y bello altar. Mi madre conversaba con Gina y ambas parecían muy contentas. Bua encerró su mano en la mía y besó mi mejilla.

 

—¡Qué hermosa estás!

—Tú también.

 

Sus ojos se apartaron de mí para dirigirse al sector donde estaban sentados los niños. Sabía que buscaba a Elvis. Era muy protectora y excelente mamá. Lo vimos conversar y reír con varios niños. Niños lobo, sí… ¡Quién hubiera imaginado! Pude apreciar que no hallaba diferencia entre ellos y Elvis. Eran niños, simplemente eso. Salvo una niña que se destacaba con un pequeño lobo en la falda. No solo por su cabello ensortijado y cobre, sino por la forma que miraba al resto de los niños. Parecía custodiarlos con ternura. No le hubiera dado la edad que probablemente tendría. Quizás parecía un adulto, seguro de sí mismo.

 

—Es Gloria, la futura alfa de la manada –susurró Bua.

—¿En serio?

—¿Cómo lo saben?

—Largo de explicar, prometo te lo contaré regreso a casa.

—Okay, y… ¿esta boda es una reunión solo de lobos?

—Sí –giró su rostro hacia la puerta principal cuando esta se abría—. Y de vampiros.

 

Giré mi cabeza con disimulo y los vi entrar.

 

Sebastien Craig, lucía impecable con traje oscuro. Su porte lo decía todo. Un ser poderoso y seguro, tras un rostro amable y gentil. Me descubrió entre el público y sonrió con un asentimiento de cabeza. Tras él entró una joven, la había visto alguna vez. Su hermana. Bua era muy bella pero la joven no se quedaba atrás. Aunque sus rasgos no eran como mi amada. Creo que el color de sus ojos, convertían su mirada en dos glaciares. Se veía distante y definitivamente especial. Salvo, cuando dirigió sus ojos al hombre que la acompañaba. De inmediato lo reconocí. El oficial Grigorii Petrov,  mano derecha de mi amigo Vikingo. Tras ella una pareja, una joven de cabello largo y rubio. Tomada de la mano de un hombre de cabello oscuro y rasgos marcados.

 

—Ella es Liz y Lenya Craig.

 

Volví la vista a Bua.

 

—Todos vampiros, ¿verdad?

—Exacto. La pareja de Liz, la primera joven que entró, y Sebastien, son los hijos de Adrien Craig. Líder de los vampiros.

—Ah… Hay un líder… Sí, se notan diferentes.

—De Liz, puedo decirte que se habla mucho sobre sus dones.

—¿Dones?

—Sí. Dicen que domina los mares con solo su orden. De hecho, detuvo el tsunami para que no hiciera estragos en la ciudad.

—¡Caramba! ¡Qué diminuto me siento! Me preocupa si saldré vivo de aquí.

 

Rio.

 

—Descuida, hay leyes que deben cumplir. Los Craig no han permanecido centenas de años por ser descuidados. También hay alguien muy especial entre ellos. ¿Lo ves? El señor mayor que habla con Chelle.

—Oh sí. Se ve amable y sonriente.

—Es Charles, mayordomo de los Craig. Aunque lo menos que es, es un mayordomo. Es un fiel amigo de la familia. Mataría por ellos.

—Y… ya que lo mencionas, ¿lo ha hecho?

—Sí, asesinó a Christopher Saadi. Un lobo malvado que secuestro a Douglas Craig por venganza y racismo, cuando el aún era un joven ciego.

—¿Racismo? Douglas Craig es hijo de Sebastien.

—Sebastien es vampiro y la madre de Douglas es una loba. Él no admitía esa mezcla de razas no puras.

—Vaya, pensé que algunos humanos eran los únicos despreciables.

—Pues no, la maldad existe en todas las razas.

—¿Cómo recuperó la vista Douglas?

—Pero que preguntón está mi hijo, ¿no? –Neeja sonrió.

 

Reímos.

 

—Prometo contarle todo lo que necesite saber.

—Me parece bien, en una pareja no debe haber secretos. Aunque queridos míos la boda está por comenzar. Y es algo que imagino, no deberían perder detalle. Es todo tan maravilloso. El amor es maravilloso.

 

—Cierto, mamá. Aunque no ha llegado el párroco.

 

Bua rio.

 

—No hay párroco. Ayer se han casado por Civil y hoy los bendice Tim, chamán recién recibido.

—Vaya… ¿Dónde se reciben de chamanes?

—En la tribu que les pertenece por ascendientes –interrumpió mi madre.

—Neeja, ¿me contarás más sobre tu vida en la India? –Bua la miró entusiasmada.

—¡Por supuesto!

—¿Sabes? Me gustaría saludar a Sebastien y preguntar por Nicolay –me puse de pie—. Hace tiempo que no lo veo.

—Pero no te tardes, la boda debe estar por comenzar.

—No tardo.

 

Me levanté y fui haciéndome lugar entre los invitados. A medida que me acercaba al grupo de vampiros, pareció intuir mi intención. Desvió la vista hacia mí y sonrió.

 

Tiempo había transcurrido desde aquella primera vez que lo conocí. Cuando el niño Nicolay tenía una familia y un apellido diferente al que portaba. Nicolay Smirnov. Sebastien mantenía una relación muy tirante con la tía del niño. Ella lo había criado junto a dos caballeros. Uno le había dado el apellido… Y así fue como tuve la decisión más difícil. ¿Qué hacer con Nicolay? Aunque todos los casos que involucran niños son decisiones difíciles. Sientes que tienes su futuro en tus manos, y a veces… hasta la vida. Recordé por segundos a Oliversen… Se había suicidado por una mala decisión de la justicia. Cierto que no fue mi culpa. El maldito juez que reemplazó al querido Hermansen que había fallecido. Sin embargo, por mucho tiempo, sentí que podía haber hecho algo más para salvar la vida de aquel chico delincuente, que solo deseaba una nueva oportunidad.

 

—Defensor –Sebastien extendió su mano y la estreché al llegar a él.

—Señor Craig, un gusto volverlo a ver.

—Igualmente. Le presento a Scarlet y Lenya, mis hermanos. Y a sus parejas respectivas, Liz y Grigorii.

—Un gusto.

—Igualmente –respondieron.

 

Grigorii entrecerró los ojos al mirarme con media sonrisa.

 

—Cierto, lo conozco. Secuestrador de menores –rio.

—Bueno, intenté salvar a Elvis de las garras de una familia violenta.

—Lo sé, el comisario me puso al tanto.

—¿Nicolay? Prometió visitarme. Dígale que siempre lo recuerdo.

—Ha vivido últimamente en la Isla del Oso.

 

Arquee una ceja.

 

—No se preocupe, uno de mis hijos y su tía Ekaterina lo cuidaron muy bien. Kirkenes fue un peligro para su vida.

—Buen tino de su parte. ¿Sus estudios?

—Continuarán en Kirkenes. Así estará cerca de todos los que ama.

—Me parece bien. Por lo visto a limado asperezas con quienes lo criaron.

—Así es, estoy feliz de haberlo logrado, y mi esposa también. Veo que no pierde su vocación aún fuera de Tribunales –sonrió.

 

Reí.

 

—Es verdad, lo siento si parezco un policía.

—En absoluto, no me molesta. Aunque… también tengo que hacerle algunas preguntas. ¿Es posible?

—Por supuesto, ¿qué necesita saber?

 

Sus ojos se desviaron a Bua.

 

—Tengo entendido que la chica Fjellner y usted han comenzado una relación sentimental.

—Así es, ya hace tiempo, sí…

—Okay… Sé que siendo Defensor habrá vivido situaciones y hechos imposibles de creer.

—No tiene idea.

—Mmm… Iré al grano. He hablado con un viejo amigo, Bernardo es su nombre. Él me ha puesto al tanto de la decisión de Bua con respecto a usted. No es que seamos un montón de personas chismosas pero a esta altura, imagino que sabrá que me involucra.

—Lo sé. Puede confiar en mí. No habrá problema con su secreto.

—Créame que me asombra que lo haya tomado tan natural.

—No. No fue así al principio. Pero amo a Bua. El amor todo lo puede.

—Sí… doy fe.

—Okay, dígale a Nicolay que lo espero en casa junto a Dalila, mi perra. Le encantará el parque para jugar, y también conocerá a mi madre.  Estoy seguro que le agradará.

—Prometo llevarlo en cuanto me organice. ¿Su casa no se vio  afectada por la catástrofe?

—Nos salvamos por poco. El tsunami no llegó.

 

Movido por algún motivo, quizás agradecimiento, mis ojos fueron a la bella rubia. Su iris verde profundo se clavó en mi rostro.

 

—Cierto, el tsunami… Gracias.

 

Ella inclinó la cabeza y sonrió. Sebastien continuó.

 

—No puedo decir lo mismo de mi hogar. La lava nos alcanzó.

—Oh… ¡Cuánto lo siento! ¿Pudo recuperar algo?

—Muy poco.

—¿Y dónde viven?

—En la cabaña de un amigo. Es grande y cómoda pero estoy buscando un nuevo hogar. Si sabe de alguna propiedad en la ciudad, por favor, avíseme.

—Por supuesto. Regreso con Bua, fue un placer.

—Igualmente.

—Envíele mis cariños a Nicolay.

—Se los daré.

 

 

Chelle.

 

Nervioso es poco, aterrado no sería la palabra. Había deseado este momento con Mike. Creo que lo soñé desde que supe que lo que sentía por él era amor genuino. Genuino, sí. De lo contrario no hubiéramos ganado todas las batallas que habían surgido a nuestro paso. Pienso que la peor, fue que Mike volviera a creer en mí. Que entendiera que mi hermana, asesina de su padre, no tenía nada que ver con mi esencia. Por supuesto que también tuve que vencer el miedo a estar cerca de un lobo. Sonaría ridículo para cualquier vampiro, y aún no logro entender por qué me agobiaba ese temor. Pero quizás si no hubiera sido así, nuestro encuentro no hubiera sido tan especial.

 

Aún lo recuerdo como si fuera hoy. El aula 17… Escribía en el pizarrón una fórmula cuando escuché su “buenas tardes” seco y cortante. El aroma de lobo inconfundible, que me paralizó. Debía seguir la clase y así fue. Deseando que culminara la hora y los alumnos abandonaran el aula. Por supuesto,  partieron, todos… menos él. Justo él. Justo él y esa pregunta con sorna. “¡Qué extraño! ¿Un vampiro dando clase?” Entonces con una fuerza que no supe de donde surgió, le contesté, “también es extraño tener un lobo de alumno.” Y sonrió, levemente. Sin embargo, bastó para que temblara de pies a cabeza. No sé cuán evidente era mi malestar. De hecho, me preguntó de inmediato, “¿me tiene miedo profesor?” ¡Qué atrevido! ¡Qué insolente fue! Me enojé mucho, no sé a estas alturas si con él, o conmigo mismo por ser tan idiota.

 

Una palmada suave en el hombro me sacó de aquel recuerdo. Era Tim, el nuevo chaman y reciente amigo.

 

—¿Estás listo? –sonrió.

—Desde hace tiempo.

 

Se acercó al altar y lo seguí.

 

Recién cuando faltarían unos diez metros, lo vi… Mike estaba esperándome junto al púlpito. Lucía…increíble, como ese día. Me felicité de haberme puesto la camisa y pantalón que vestía ese día que nos conocimos. Evidentemente teníamos trasmisión de pensamiento. Pensé que le gustaría verme así, y él… Había pensado lo mismo. Éramos dos almas gemelas, no cabía duda.

 

La ceremonia que dirigió Tim fue excelente. Quizás no lo sería para los Huilliches, o para los Craig, pero sí para los lobos. Mike era uno de ellos. Y yo hace tiempo que pertenecía a esa manada, sin ser un licántropo. ¿Cómo explicarlo? No dejaría nunca de ser un vampiro, ni de pertenecer a esa estirpe tan valiosa que honraron mis padres y ancestros. Sí, aunque mi hermana lo hubiera manchado de oscuridad. Sin embargo, ese grupo de seres que vivían en la reserva de un bosque, que trabajaban para tener un futuro mejor, que vivían bajo reglas de convivencia y lealtad, me habían hecho un lugar. Entre los lobos, encontré amigos, una nueva familia, y al amor de mi vida. Sin olvidar jamás de dónde había venido, mi corazón también les pertenecía. Por gratitud y amor. Aunque habría alguno que aún no le gustaba mi presencia, por ejemplo Hauk. Pero solo el tiempo les demostraría que también era fiel a ellos, que los admiraba y los quería.

 

Si tuviera que hablar de nuestra boda fue como cualquier pareja enamorada que se casa. Salvo… Por alguna sorpresa que juro nunca hubiera esperado.

 

Cuando Tim pidió los anillos, Charles se acercó con un estuche pequeño de madera labrada. Mike la cogió y abrió. Habíamos quedado que él se encargaría de los anillos y así se fue. Dio unos pasos hacia mí y extendí la mano izquierda. Según la tradición, el anillo  se lleva en la mano derecha si estás comprometido. A partir de la boda se lleva en el dedo anular de la izquierda, cerca del corazón.

 

Observé el anillo confeccionado en piedra y madera. Un artesano había hecho una joya con materiales de la naturaleza.

 

—Me encanta –sonreí mientras Mike lo deslizaba.

—Son materiales de este bosque. De este lugar que ya es tuyo.

 

Sonreí y le di un beso en los labios.

 

—¡Todavía no pueden besarse! –se escuchó un grito desde los invitados.

 

Reímos.

 

De inmediato observé que no había otro anillo en el estuche. Lo miré y luego a Tim.

 

Tim susurró.

 

—¿Te olvidaste el otro anillo?

 

Mike sonrió e hizo seña a Charles. Él quitó de su bolsillo del traje otro estuche. Este era de terciopelo rojo. Pero no me lo entregó de inmediato. Lo acercó a mí y lo abrió.

 

Mi corazón se detuvo. El impacto que había producido ver la cadena y el dije fue demoledor. Fueron segundos que pasé del asombro a la felicidad. Una mezcla de sensaciones maravillosas. Mis ojos se humedecieron de emoción, sobre todo al escuchar a Charles.

 

—Ellos lo hubieran querido.

—Lo sé.

 

Mike me miró con ese amor que le salía por cada poro.

 

—¿Y? ¿Soy digno de llevarla?

—Por supuesto –reí—. Nadie mejor que tú.

 

Retiré la cadena del estuche, y el dije de la serpiente Huilliche se balanceó en el aire. Me acerqué y rodee su cuello, sintiendo ese perfume a clorofila que amaba. Lo prendí a la altura de la nuca y me alejé para observarlo.

 

—Te queda maravillosa.

—Gracias. Ahora también pertenezco a tu estirpe.

 

Un portazo fuerte se escuchó. Alguien había abandonado el salón. Sabía de quien se trataba. Y lo entendía. Algún día Hauk comprendería que yo no era como Vilu. Nadie de mi familia era como ella. Nunca hubieran aprobado su crimen. Solo esperaba que tarde o temprano ella pagara por tanto daño. ¿Yo haría justicia? Quién podría saberlo.

 

Douglas.

 

La boda de Mike y Chelle fue muy linda y emotiva. Por supuesto, no tuvo las dimensiones de lujo que estábamos acostumbrados los Craig o los Gólubev. Pero que eso que más daba. El lujo en las fiestas de casamiento, jamás indicaría seguridad en la felicidad de los contrayentes. Podía jurar que Chelle y Mike serían felices. Es cierto, uno nunca sabe que puede acontecer, pero ellos merecían ser una pareja de éxito. Tanto habían luchado para llegar a estar juntos. Hasta pudieron vencer los demonios de cada uno. Todos tenemos sombras y luces dentro de nosotros.

 

También tuve que luchar con mis demonios para llegar a Marin. Personas que intentaron separarnos y que en algún momento lograron captarnos. Sobre todo Camile. No la había visto en la fiesta. Claro que no la invitarían. Era un ser que lejos de desearte el bien, haría lo imposible por tu infortunio. También competí contra Carl…Pero Carl no se parecía a su prima. Al margen que sus aires de grandeza eran insoportables, sumado el odio hacia mí, convertían un peligroso combo.

 

Sentado junto a Marin, Anouk, Drank, y algunos lobos, giré mi cabeza para contemplarlo. Carl conversaba animadamente con Miyo Sherpa. Se habían hecho muy buenos amigos. ¿Quién lo hubiera dicho? Esa amistad seguramente habría cambiado su forma de pensar. Aunque creo, que él comenzó a reaccionar desde aquel hecho horrible en el cual quiso quitarse la vida. Lo recuerdo como si fuera hoy…Yo, su enemigo, salvándole la vida. Se habría preguntado porque me molesté en hacerlo. ¿Acaso su muerte no hubiera sido allanarme el camino? ¿Acaso no hubiera sido para mí una gran alegría? Y no, no hubiera sido una alegría. Ninguna muerte es dicha para otro ser, aunque éste sea tu rival. Uno desea luchar con armas limpias. Que él se hubiera suicidado no indicaba mi triunfo. Creo que ese día lo entendió.

 

Anouk acarició su vientre y sonrió.

 

—Estoy deseando conocer a mi bebé.

—Ya estará con nosotros en cuanto menos lo creas –dijo Drank.

—Será maravilloso –acotó Marin.

 

Iba apoyar lo dicho por mi amada pero algo me detuvo y solo sonreí. Un pensamiento no tan feliz invadió mi mente. Un lobo, una vampiresa… El niño nacería con problemas. Desee que la genética se equivocara en este caso. Porque lo había padecido. Quizás Natasha Gólubev encontraría el secreto para contrarrestar el error en la cadena de ADN. Por el momento solo cabía esperar.

 

Lenya.

 

Camino a casa los faros del coche iluminaban el camino. Iba de copiloto, Sebastien conducía. Las chicas con Charles iban en los asientos de atrás, conversando todo el tiempo sobre la sencilla pero hermosa boda de Chelle.

 

Mis ojos se desviaron a esos picos que se alzaban detrás de los pinos. El hogar de mi padre y sus guerreros. Ahora, lo cubriría un silencio perpetuo. Nadie habitaba ya las cumbres. Todos poco a poco las habían abandonado. Sin embargo, quizás, allí permanecerían los ecos de aquellas voces que alguna vez llenaron cada cueva, cada escondite de nuestra raza. Quizás… alguna que otra sombra proveniente de un espíritu recorrería con nostalgia cada rincón. ¿Cómo hubiera sido mi infancia o adolescencia en ese hogar? Nunca lo sabría. Pero lo que sí sabía, que había sido un Craig desde el primer día de mi existencia, aún en Rusia. Que mi padre me había amado con todo el corazón. Que les hice falta, al igual que a Sebastien, que a Scarlet, y a Charles. Ahora estaba con ellos. De nada servía lamentarme que Adrien Craig ya no estaba entre nosotros. Porque lo llevaba dentro del corazón.

 

Llegamos al fin a la explanada. En lo alto, tras el corto tramo que debíamos hacer a pie, la casa de Charles se veía toda iluminada, rodeada de cipreses. Bajamos del coche. El perfume a resina nos rodeaba. Las primeras nevadas ya nos habían visitado y hacía del paisaje una hermosa postal.

 

Sebastien me detuvo.

 

—Aguarda.

—¿Qué ocurre?

—Nada malo, solo que vienes tan distraído que aún no te has dado cuenta. Pero mejor. Eso quiere decir que a Charles y a Liz no se les ha escapado la sorpresa.

—¿Sorpresa?

—¿No confiabas en nosotros? –rio Liz.

—¿De qué hablan?

 

Mira el balcón, a la derecha. ¿No distingues nada?

 

Di varios pasos y me detuve. La luz de los faroles de la terraza me ocultaba parte del balcón. Aun así, pude ver una silueta apoyada en el balcón. De pronto, un grito.

 

—¡Ey! ¡Ya te olvidaste de mí!

 

Mi boca se abrió. Es cierto que el rostro no podía distinguirse, pero su voz… Su voz la hubiera reconocido entre miles.

 

—¡Rodion! ¡Por los infiernos! ¡Rodion!

 

Y corrí hacia él.

viernes, 11 de octubre de 2024

 Queridos lectores, he vuelto. Gracias infinitas por esperarme con paciencia. Les deseo un bello fin de semana. Lou.

Capítulo 62.

La mejor decisión.

 

Ekaterina.

 

Sentada en la alfombra de la sala, observé junto a Nicolay, la quinta vuelta del tren eléctrico, regalo de Numa. Era una suerte que la cabaña de Charles fuera inmensa. De lo contrario, el sonido del pitar del juguete hubiera despertado a Odette en dos segundos.

 

Numa había ido al colegio de Nicolay para interiorizarse sobre las asignaturas que debía rendir el niño para estar al día con el curso. Las clases habían comenzado a mediados de junio, no había podido asistir debido a nuestra estadía en Kirkenes. Por suerte, era muy inteligente y no tenía duda que en poco tiempo, alcanzaría a sus compañeros de escuela.

 

Bianca entró a la sala con Odette en brazos.

 

—¿Tengo que apagar el tren por mi hermana? –frunció las cejas.

 

Bianca sonrió y se sentó en el sofá.

 

—No, cariño. Odette no quiere dormir, está molesta. Debe tener algún pequeño dolor de panza, es normal.

 

La acomodó en el regazo y sus ojos se encontraron. Era muy bonita. Pero lo más importante, que era una bebé sana y tranquila. Casi nunca se la escuchaba llorar, aunque Sebastien opinaba que la causa se llamaba “Charles”, ya que al menor quejido corría a socorrerla.

 

A Bianca se la notaba triste, la razón… era justa. Su jefe y amigo, Olaf Arve, había muerto. Una desgracia para los Craig que siempre contaron con su complicidad y ayuda. Y también para los Gólubev… Pobre Ivan…

—¿Cuándo viene el abuelo Charles y la abuela Margaret?

—Pronto –contesté.

—¿Y papá? ¿Por qué tarda tanto papá? Quiero jugar con él.

—Ya estarán por llegar.

—¿Dónde fueron papá y los abuelos?

—Pues… a pasear… por la playa.

 

No podía decirle a Nicolay que habían ido al entierro de Olaf. No deseaba que recordara la muerte de mi hermana. Inventé lo primero que se me ocurrió en el momento.

 

—Hace frío para ir a la playa –contestó Nicolay mirándome fijo.

—Bueno, quizás querían ver el mar. ¿No te gusta ver el mar?

—Sí, pero no cuando hace frío.

—Tranquilo Nicolay, ya estarán por llegar –agregó Bianca—. ¿Quieres sostener un rato a tu hermanita?

—No, porque vomita en mi ropa.

 

Reímos.

 

—Quiero agregar un vagón más, ¿puedo?

—Sí, apaga el juguete. No lo hagas con el tren andando.

—Okay.

 

Bianca me miró y habló por lo bajo.

 

—Me ha llegado la notificación del nombramiento. Quieren que sea la nueva directora del hospital. Lo he pensado y aceptaré, es la mejor decisión.

—Eso es bueno, ¿verdad?

—Sí. Sin embargo, me será muy difícil saber que no lo veré más. Era un buen hombre.

—Terrible… ¿Sabes cómo está Ivan?

—Destrozado. Los Gólubev partirán en unas horas con él a Moscú.

—Pensé que ya se habían ido.

 

Nicolay se alejó buscando la caja del juguete.

 

—No, Mijaíl quiso asistir al… –bajó la voz aún más—, entierro. Sintió que debía una disculpa a Branden, aunque sonara inocua.

—Hace bien.

—¿El tío Mijaíl está en un entierro? –Nicolay nos miró a ambas.

—Ehm… —Titubee.

 

Bianca lo pensó unos segundos mientras él la miraba esperando una sincera respuesta.

 

—Sí, el de un amigo –contestó Bianca.

 

Creo que a veces a los niños, sabiamente se debe decir la verdad.

 

—¿Papá y los abuelos también?

—Sí. Después de la playa. Pero no debes preocuparte. Pronto llegarán. A veces suceden cosas tristes a personas que estimamos y hay que estar junto a ellas.

—¿Y quién se murió?

 

Por suerte el amado y salvador sonido de la moto de Douglas, se escuchó cerca.

 

—Oyeee, viene tu hermano. Podrás compartir el tren –dijo Bianca mostrando entusiasmo.

—¡Siiiii! –Nicolay dio saltos de alegría y se acercó al gran ventanal.

 

—Cariño, no salgas sin abrigo, aguarda que llegué a la puerta para abrir –Bianca y yo nos pusimos de pie.

 

En unos cuantos segundos Douglas entraba y fundió en un abrazo a su hermano.

 

—¡Holaaa! ¡Cada vez más alto! ¿Qué comes? Quiero lo mismo.

—¡Hola Douglas! Me han regalado un tren. ¿Quieres jugar?

—¡Claro qué sí! Antes voy a saludar a mamá y a la tía.

—¿Y a la bebé?

—También.

 

Me puse de pie sonriendo.

 

—Hola Douglas.

—Hola Ekaterina, hola Bianca. ¿Todo bien?

 

Nicolay tironeó de su abrigo.

 

—¡Vamos a jugar!

—Ya estoy, ya estoy, aguarda un momento –depositó un beso en la frente de Odette.

—Nicolay –debes esperar, Douglas recién llegó. Uno no debe ser impertinente. Ya lo hablaste con papá –ordenó Bianca.

—Pero yo quiero jugar.

—Y yo jugaré contigo, lo prometo. Solo espera que debo hablar un momento con las chicas.

—Okay…

 

Los tres nos miramos en silencio. Nuestras caras lo decían todo. No podíamos explayarnos demasiado con el niño presente. Douglas lo entendió. Además Bianca y él se entendían aunque no pronunciaran palabras.

 

—¿Sabes qué? Antes de jugar, me gustaría que te abrigues mucho así damos una vuelta en moto. Si tu mamá no se opone. ¿Te gusta la idea?

 

Nicolay abrió la boca con asombro y saltó de entusiasmo.

 

—¡Sí! ¿Puedo mamá?

—Sí, puedes. Te abrigas y busca el casco de Numa.

—¿Tengo que guardar el tren?

—No te preocupes, lo dejaremos para que juegues con tu hermano –respondí.

 

Nicolay abandonó la sala corriendo y Douglas nos miró.

 

—Bien, ¿qué novedades hay? ¿Papá no volvió?

 

Volvimos a sentarnos ya sin la presencia del niño y poder hablar con más libertad.

 

—Aún no.

—¿Sabes algo más de Ivan? –pregunté.

—En absoluto. Vengo del hotel. Hay mucho trabajo. Tengo que sumar nuevos gastos que tendrán que hacerse. Papá y los tíos contrataron una chica nueva. Una tal Beiwe.

—No te preocupes, ahora que estoy instalada en Kirkenes volveré al trabajo en el hotel. Le dije a Sebastien que mañana me reintegraré. Así será más fácil para ti –acoté.

—Gracias. Tu ayuda será bienvenida. Debo estar más tarde en la reserva. Es la despedida de soltero de Mike y Chelle.

—¡Oh es verdad! Será una pena no asistir a la boda, Odette es muy pequeña –se apenó Bianca.

—Es extraño que el abuelo Charles no se haya postulado para quedarse con ella –se burló Douglas.

—Es que él no debe faltar. Fue muy importante en la relación de los novios. Ha ayudado mucho cuando hubo peleas entre ellos, y ha contenido a Chelle desde el principio.

—Cierto, cuando papá estaba definitivamente en contra. ¿Recuerdas? Quería golpear a Mike.

—Ni lo menciones. Por suerte todo terminó bien.

—Bueno, disculpen que no sea tan optimista –agregué—. Todo terminará bien cuando esa víbora muera y ya nadie corra peligro.

—Sí… Tienes razón –Bianca me miró asintiendo.

—Por lo menos, ahora estamos unidos –agregó Douglas. Seremos más contra ella. No nos vencerá.

 

Branden.

 

Junto al cajón donde yacía mi padre, eché una mirada a la sala velatoria. Me parecía tan grande, columnas de mármol negro en cada esquina de sala y antesala, sillones esquineros en cuerina gris, mesas con tazas de café, algunas a medio terminar, y coronas de flores de partes de muchos amigos y colegas.

 

En uno de los sillones, sentado, cabizbajo, se encontraba Mijaíl Gólubev. Había tenido la decencia de acercarse a saludar. Después partirían a Moscú con Iván.

 

Ivan… A pesar de la enorme desgracia que había provocado en mi vida, no podía odiarlo. A ninguno de los Gólubev. Hace años ellos me habían acogido y ayudado mucho en mi transformación. Sabía que Ivan nunca lo hubiera hecho a propósito… Eso nunca. Pero él había asesinado a mi padre sin querer… Había sido buena idea que él no viniera al velatorio y se fuera de Kirkenes. Quizás los años curarían esta mezcla de sentimientos que me agobiaba. Por ahora… no deseaba verlo frente a mí.

 

Charles se acercó y palmeó mi hombro. Se mantuvo a mi lado en silencio.

 

Mi padre había sido un hombre muy querido y respetable. Era una enorme injusticia que ya no estuviera entre los vivos. ¿Cómo el destino nos había jugado tan mal? ¿Por qué se encontraba solo con Ivan? ¿Por qué nadie había entrado en ese instante para impedir el ataque? ¿Por qué no lo llamaron por una urgencia en ese momento? ¿Por qué? ¿Por qué?... De nada servía preguntarse el porqué.

 

Desde la otra sala escuché la voz de Boris. Preguntaba por mí. Seguramente Ekaterina le había avisado. Agradecía que quisiera estar en este horrible momento. Sin embargo, no por ser desagradecido, pero no me importaba un cuerno quien había venido y quién no. Solo quería a mi padre con vida.

 

Escuché sus pasos hasta llegar a mí. Me giré para verlo y me abrazó.

 

—Lo siento mucho.

—Lo sé. Gracias.

 

Me aparté lentamente y volví a aferrarme al cajón. Deslicé mis dedos por la madera lustrada hasta llegar a la cabecera. Acaricié su frente.

 

—Está helado –murmuré.

—Sí, es normal –dijo Charles.

—¿Normal? ¿Por cuánto tiempo? ¿Unos días? ¿Tres? –mi rostro reflejó la esperanza.

—No, no… No me refería a eso… Él dejó de existir –respondió en voz baja.

—¿Por qué no? —me exalté— ¿Quién lo asegura?

—Branden, tenemos experiencia, esto… no es lo que crees.

—¿Por qué? –insistí.

—Escucha –susurró—, su corazón dejó de latir. No hay oportunidad.

—¡Escúchame tú! ¡No cerraré el cajón ni lo enterraré hasta que esté seguro!

 

Noté que los murmullos de la sala callaron y el silencio invadió la sala. Solo se escucharon unos pasos acercándose. Era Sebastien.

 

—Branden, te traeré un café, siéntate y hablaremos.

—No quiero café, no quiero sentarme. Voy a quedarme aquí. Quizás haya una señal y…

—Branden… Entiendo tu deseo pero la realidad es otra. Ven, acompáñame.

—Dije que no. Aquí me quedo.

 

Noté en medio de tanta euforia que algunas personas se acercaron. Noté la mirada de Charles con un brillo de inquietud. Sebastien me rodeó por los hombros y no supe en cuantos segundos fui arrastrado hasta otra sala solitaria.

 

Me miró fijo y susurró, aunque con firmeza.

 

—¿Crees que si no estuviera seguro dejaría que lo entierren? Solo te diré, que no voy a permitir que mi familia y mi raza estén en peligro. Haré lo que sea. Ahora… Regresa a despedirte de tu padre y cerrar ese cajón. Olaf está muerto.

—No tienes corazón –acusé con rabia.

—Tú no estás razonando. Créeme, lo entiendo. No sabes todo lo que significó tu padre para mí. Sin embargo, mi tristeza no bloquea mi sentido común. Si persistes delante de todos que Olaf está vivo, no tardarán en llamar un enfermero e inyectarte un calmante. Y te juro que seré el primero en colaborar a que te internen.

—¡Vete al cuerno! –Exclamé, pero luego callé.

 

Me dirigí en silencio hasta la sala contigua a despedirme de mi padre. En el fondo, reconocía que ni Charles ni Sebastien permitirían que lo enterrase vivo… pero… solo me había aferrado a la única posibilidad de que todo no hubiera terminado así.

 

Sasha.

 

Sentada en la sala de espera del aeropuerto, busqué la mano de Mijaíl y la apreté suavemente.

 

Él me miró, sonrió, y observó a Ivan recostado en el gran ventanal que daba a la pista.

 

—No estés nerviosa, todo pasará.

—No lo veo bien.

—Es normal. No está pasando un buen momento. En Moscú podrá reponerse.

—No creo que desee ir a Moscú.

—No tiene muchas salidas. No puede quedarse con los Craig. Ellos no le reprocharán nada, pero nuestro hijo no se sentirá cómodo.

—Creo que está triste por partir de Kirkenes. Ahora que Anouk y él se sentían nuevamente tan unidos. Además la boda de Chelle con el chico Mike.

—No creo que le importe la boda de un lobo, Sasha.

—Bueno, Chelle es un Huilliche. No sé… quizás podría hacer nuevos amigos.

—Amigos dirás, Ivan no tiene viejos amigos que yo sepa. Siempre ha sido ermitaño y un poco complicado. Solo con sus hermanos ha mantenido lo más parecido a la camaradería.

—Es que es tan brillante e intelectual que no ha encontrado con quien compartir sus intereses.

—¿Y en la reserva de lobos lo va a encontrar?

—Mijaíl, ¿qué te ocurre? Tu no piensas así.

—Nada, no me hagas caso. Lo siento… A veces pienso que no debería haberse alejado de Rusia.

 

De pronto una señorita de uniforme se acercó a nosotros.

 

—Disculpen, ¿familia Gólubev?

 

Mijaíl y yo nos miramos sorprendidos. Mi marido le respondió.

 

—Sí, señorita. ¿Hay algún problema?

—No, señor. Hay un caballero en la entrada que desea ver a Iván Gólubev.

—Okay, ya le aviso a mi hijo. Muchas gracias.

 

Apenas se retiró me angustié.

 

—Mijaíl, ¿caballero? Busca a nuestro hijo. Debe ser el hijo del doctor, querrá matarlo por lo sucedido.

—Tranquila, Sasha. Branden no haría eso. Sebastien no lo permitiría.

—Cielos…

 

Ivan se acercó al ver la seña de su padre.

 

—¿Qué ocurre?

—Pues, alguien te busca a la entrada del aeropuerto.

—No entiendo.

—Nosotros tampoco –acoté—. De todas formas no irás solo.

 

 

Bianca.

 

Sebastien, Margaret, y Charles, habían llegado a casa. Reunidos en la gran sala, tomando café, disfrutábamos de la paz en familia. Luego de unos minutos, Ekaterina se retiró.

 

—Lo siento, mañana prometí ayudar a Douglas en las cuentas del hotel. Voy a descansar. Nicolay estuvo intenso.

—En un rato te sigo, amor –dijo Numa.

—No te preocupes, tu tranquilo, aprovecha –lo besó.

—Ekaterina, me gustaría que pasaras antes por el hospital –interrumpió Sebastien—. Es por la transfusión.

—Oh sí, no hay problema. ¿Debo preguntar por alguien?

—Sí –contesté—, pregunta por Cris. Le mentí sobre “tu anemia”. Así que no habrá problema.

—Perfecto. Buenas noches a todos.

—Buenas noches.

 

Retomamos la charla amena sobre la boda de Mike y Chelle, sobre los escarlata y su estadía en la reserva entre lobos, lo bien que parecían adaptarse a vivir fuera de las cumbres o montañas aisladas. Percibía que quizás las diferentes razas algún día podrían convivir sin resabios. Para ello los humanos también debían aceptarnos. Eso era lo más difícil de lograr. Sobre todo, si analizaba que debíamos por ahora mantener nuestro secreto.

 

El hecho peligroso, ocurrido en el sepelio de Olaf, pudo haber sido una catástrofe. Fue natural dentro de todo, que por un momento, Branden pensara que podía haber posibilidad que su padre reviviera. Por suerte, Sebastien pudo salir airoso. Nadie imaginaría que caos hubiera provocado a nuestra raza.

 

¿Nuestra raza? Sonreí… Pocos años habían pasado desde aquella vez que pisé Kirkenes. Era enero del 2015. Había celebrado la Navidad con Bernardo y mis primas. Ellas, tres jóvenes humildes y sencillas, que vivían en ese maravilloso rincón de Drobak. Pocos años habían transcurrido hasta hoy. Sin embargo eran demasiados hechos que habíamos vivido. ¡Cuántos cambios! ¡Cuántas vivencias dejadas atrás para vivir otras increíbles! Bernardo, ya no era un humano calificado como uno de los mejores fotógrafos forenses. Hoy lucía como un verdadero padre de familia, un licántropo, guía de una manada de hombres lobos que lo adoraban y respetaban. Hubo muchos cambios en él. Sin embargo, al menos había dos cosas que persistían como siempre. Era mi mejor amigo, y odiaba volar en avión –sonreí.

 

¿Y mi familia? Tía Mildri en Kirkenes, junto a mi padre, queriéndolo y cuidándolo. Marin viviendo en la reserva, junto a Douglas, su amor a primera vista. Liz, junto a su adorado vampiro perfecto y sus bebés mellizos. Y las cuatro… extrañando a Signy. Siempre la recordaríamos.

 

Mis ojos se desviaron a Charles que sentado frente a mí con gran embeleso, sostenía en brazos a Odette. Como si intuyera mis pensamientos levantó la vista y me miró. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

 

—Te dije, “mi nombre es Bianca” –murmuré.

 

Con una mueca risueña, contentó.

 

—Y yo te dije. “Bienvenida Bianca. Soy Charles, mayordomo de los Craig”.

 

Sonreímos.

 

—¿Están nostálgicos? –Sebastien guiñó un ojo.

—Algo –me acurruqué junto a él—, es lindo recordar cuando el pasado fue maravilloso.

—Bueno, taan maravilloso no sé –dijo Numa riendo—. ¿Recuerdan cuando Adrien no quería a la peligrosa “nueva humana”? No sabía si iba a guardar nuestro secreto.

—Cierto, pero lo convencí de que ella era especial –se ufanó Sebastien.

—Yo creo que el que lo convenció fui yo –retrucó Charles.

—¡Anda! No te lleves los laureles. Mi padre confiaba en la elección de mi felicidad.

—Pienso que confiaba más en su mejor amigo –sonrió Charles.

—A sí que tú dices que fuiste el que salvó a Bianca. No lo puedo creer.

—Créelo, querido. Tal cual.

—Cállense los dos. Quien influyó en Adrien, fue Douglas. Su adorado nieto –rio Margaret.

 

En ese instante Rose entró a la sala.

 

—¡Holaaa! Me encanta esta reunión de familia.

—Acércate Rose, ¿quieres café?

—Sí, pero tranquila Margaret. Yo lo traeré. ¿Saben? Estoy feliz. Me he puesto al día charlando con Anouk. Aunque está un poco triste por la partida de su familia. Ah… lo olvidaba –rio divertida—, tengo nuevas noticias. Y sé que no adivinarán.

 

Todos nos miramos y nos apresuramos a preguntar.

 

—¡Oye, cuenta! –dijo Numa.

—Vamos Rose, ¿de qué trata? –dijo Charles.

—¿Es sobre la reserva? –pregunté.

—Mmm… es sobre Ivan pero mejor, primero iré por mi café.

—¡Nooo! –exclamamos.

 

Odette se sobresaltó ante el griterío, pero al parecer siguió durmiendo.

 

Ante nuestras caras de protesta, la bella pelirroja desapareció rumbo a la cocina, y aunque nos pesara… debimos esperar.

 

Mijaíl.

 

Apenas las puertas de cristal se abrieron para darnos paso, observé alrededor. Afuera, en la acera, había mucha gente que aguardaba la llegada de sus seres queridos, otros nos esquivaban para poder entrar y presentar su billete de vuelo. Ivan se mantuvo quieto junto a Sasha, pero su vista de lince fue de derecha a izquierda y viceversa tratando de descubrir al caballero que lo buscaba.

 

No alcanzaron a transcurrir diez segundos, cuando descubrimos cuatro o cinco motos que aguardaban a diez metros, junto a la acera.

Uno de ellos, más adelantado que el resto. Por supuesto que lo reconocí. Mi yerno Drank.

 

—¡Hola Ivan! –Inclinó el rostro en señal de saludo—. Señor… señora Gólubev. Me alegro haber llegado a tiempo.

 

El resto de los lobos permanecieron como él en sus vehículos, pero cruzaron sus brazos a la altura del pecho. Como si esperaran una respuesta.

 

—¿Qué haces aquí? –mi hijo se acercó a Drank.

—Vengo a pedirte que te quedes con nosotros. En la reserva.

 

Noté que Sasha abría la boca como si fuera a decir algo, pero enmudeció. A mí también me había sorprendido la propuesta, y sinceramente si dependía de mí hubiera dicho que no.

 

—¿Qué dices? No entiendo.

—Sencillo. Sé que Anouk te necesita. Y tú también a ella. Por otra parte sería un honor para mí y para ellos –giró hacia atrás levemente y señaló a sus compañeros—. Queremos que te quedes con nosotros, en la reserva. Nadie te hará daño allí. Ni aunque un vampiro vengativo te buscara.

—No te preocupes, Branden no me hará nada malo. Yo… les agradezco la diferencia que hacen conmigo, pero mi lugar es en Moscú.

—¿En serio? –Drank sonrió de lado—. Diría que tu lugar es donde quieras estar. ¿Dónde quieres estar hoy, Ivan?

 

Ivan no contestó. Solo lo miró por largos e interminables segundos.

 

—Puedes quedarte en mi cabaña. Ya la comparto con un vampiro así que estoy acostumbrado –dijo un lobo de melena rubia.

—Vamos, vente con nosotros. Verás que te vas a divertir –dijo otro—. Además ya estás invitado a mi boda y a la de Chelle.

—Nosotros ya nos conocemos, desde el túnel –sonrió aquel lobo amigo de Drank.— Me has caído bien. Extrañarás tus amigos pero quizás ganes otros.

 

Ivan suspiró, tragó saliva. Nos miró.

 

Extrañaré al resto de mi familia, pero no tengo a nadie más a quien  extrañar.

 

Sin perder tiempo nos abrazó.

 

Sasha estaba al borde de las lágrimas, pero creo que como yo, entendimos que Ivan no haría nada que no tuviera deseos de hacer.

 

—Cuídate hijo, y llámanos a menudo –lo abracé.

—Te quiero, recuerda que siempre estaremos para ti.

—¡Gracias! Lo veré pronto, lo prometo. También llamaré a menudo.

 

Drank extendió un casco invitándolo a subir.

 

Ivan sonrió, y cogió el casco antes de subirse a la moto de Drank.

 

—Gracias, aunque no es necesario. No suelo morir con facilidad.

 

Drank rio.

 

—Tampoco yo.